miércoles, 19 de diciembre de 2012

El color de aquellos días

El color de aquellos días era el de los trozos de papel de regalo dibujando mosaicos sobre la alfombra. El color de aquellos días era el del brillo tintineante de las pequeñas luces que abrazaban el árbol. El color de aquellos días era el del añil nocturno a partir de las seis de la tarde. El color de aquellos días era el de la ilusión, haciéndome cosquillas. 

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Atroz pena

Lloraba a veces como un niño. Se encogía en sus rincones y se deshacía en llanto, en gemidos agudos e inconsolables. Lloraba de nerviosismo, de ansiedad cruel e incesante. Rompía en sollozos, musitaba lamentos, se quejaba de no saber la causa exacta de su atroz pena. Yo le acariciaba la cabeza, en silencio, sin saber muy bien qué decir la mayor parte de las veces. La ternura que su dolor me producía no era capaz, ni entonces ni ahora, de explicarla con palabras corrientes. Compré otro cuaderno. En él garabateé símbolos inventados con los que escribirle un nuevo cuento en el que ahogar su condena. 

Tardes violeta violento

Era violeta la tarde mientras el sol se caía, retorciéndose sobre las fachadas. Humedecía el inverno mis huesos. Era la tarde de color violeta violento, y se escurría la condensación de la tinta en los cristales. Era la tarde violeta, y dentro, luces de colores dibujaban enjambres brillantes en las paredes. En su movimiento circular uniforme, se reproducían constantes los Creedence. Yo, escribiendo con tinta negra. 

miércoles, 5 de diciembre de 2012

martes, 4 de diciembre de 2012

Mi vida, por aquel entonces

Era martes, como desde hacía tanto tiempo, todos los días de la semana.

La ciudad se encogía de frío y yo paseaba mis botas, como desde hacía tanto tiempo, todos los días de la semana, por las mismas aceras.

Las luces de colores se apelotonaban en los ventanales de la avenida principal. Yo respiraba tranquila. Me gustaba mi vida por aquel entonces. 

viernes, 30 de noviembre de 2012

Laberintos de paredes blancas

Mármol en el suelo. Laberinto de paredes blancas. Miro con impaciencia a través del ojo de buey. Sin éxito, aguanto las lagrimas. Al fondo del pasillo, la pena.

sábado, 17 de noviembre de 2012

En noviembre, el castillo

El castillo, de muros de piedra y cristales rotos, se erguía olvidado frente a la ría que nos había visto crecer y derrumbarnos. Asistió en silencio a nuestro paseo, a la lluvia asediante  y a decenas de fotos. Guardo de esa tarde un beso en primer plano. Guardo hojas amarillas y una chaqueta de cuero. Era noviembre. La vida comenzaba. Éramos jóvenes. 

Poner dos puntos y cerrar paréntesis

Qué sencillo poner dos puntos y cerrar paréntesis. Tan fácil como escribir cartas amenazantes, como acechar, asediar e inquirir, como utilizar verbos conminatorios. Qué sencillo poner dos puntos y cerrar paréntesis y pretender despedirse con una sonrisa. Pretender preocupación y amabilidad. Pretender cariño. Qué sencillo poner dos puntos y cerrar paréntesis olvidando las flechas arrojadas, ignorando las heridas que sangraron a borbotones, obviando lágrimas que fueron perennes. 

Es duro pelearse contra un muro de ladrillo, que no siente los golpes de la palabra ni del tiempo, que no se disculpa ni atiende a razones.

Qué sencillo poner dos puntos y cerrar paréntesis y reconciliarse con el mundo. No conmigo.  Conmigo jamás. Un lo siento hubiese sido antaño suficiente. Hoy ya sólo obtienes de mi lengua cortada silencios eternos. Hoy tus grafismos no encuentran reconocimiento en mi alfabeto. Hoy eres para mi un idioma muerto, una merma asumible, un borroso recuerdo. 

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Caminos empedrados

Se pasaron todas las horas de la tarde, y entró la noche firme por mi ventana, mientras yo delineaba con pulso tembloroso. Acotada entre mis cuatro paredes sólo podía pensar en mis pies descalzos sobre los caminos empedrados de la ciudad venidera. 

domingo, 4 de noviembre de 2012

La chica más triste que has conocido

Siempre seré la chica más triste que has conocido. 

Siempre seré tu sombra. Incluso en las noches de oscuro desvelo y sudor frío, aunque no salga la luna, inventaré para ti luz que reproduzca en el suelo tu silueta, y ahí me acurrucaré, a abrazar contigo tu duermevela. Siempre acunaré el sueño fatigoso, tal como lo han hecho antes las mujeres importantes, siempre te mantendré sujeto, pequeño gato de nariz fría. 

Siempre seré la chica más triste que hayas conocido. Porque siempre has sabido mantener mi paso. Tengo las rodillas despellejadas de arrastrarme por el suelo en errores cíclicos y terrores retorcidos. Y tú no te has limitado a observarme. Te has arrastrado conmigo por mi propio lodo enfebrecido. Y yo me he arrastrado en el tuyo. Todo el barro que pisamos es ahora sólo nuestro. Has matado al minotauro y devorado los miedos. No he sido yo. Yo sólo permanecía firme a tu lado.

Siempre será la chica más triste que has conocido. Para ti serán todas mis lágrimas, sólo tú has sabido entenderlas. Para ti serán siempre todas mis sonrisas, como te las prometí el primer día de todos los días de la vida que nos espera. Para ti serán siempre todos mis poemas, inacabados e imperfectos. Para ti será toda mi vida, porque sólo tú has sabido quererla. 

lunes, 29 de octubre de 2012

Pintura azul, pintura verde

Días largos, como el calor o la derrota. Días en los que la pintura verde caía a chorretones por nuestras paredes y yo caminaba despacio, por empedrados nuevos que aun no están cansados de verme. Recuerdos terribles de otras paredes, paredes antiguas, paredes azules, manchurrones de pintura por el suelo. Recuerdos terribles de soledad y amargura. Hoy, sólo recuerdos. 

Páginas en blanco

Fue aquel un año en el que arranqué de mi álbum las fotos de los momentos de los que quise olvidarme. Fue aquel un año de dejar de quereros a todos, de no llegarme el tiempo para olvidaros. Fue aquel un año de recuerdos confusos y heridas cicatrizando. Fue aquel un año que dejó tras de si muchas páginas rasgadas, muchas páginas en blanco. 

El frío de la calle

El frío de la calle es el dolor que el mundo quiere infringirme, por dejar de querer o por haber querido. El frío de la calle es el azul de la tristeza del iris, de los ojos que me juzgan, y el sufrimiento en cada exhalación, en cada movimiento. El frío de la calle es un recuerdo confuso. El frío de la calle ya ni es frío, ya ni nombre tiene.

El calor de mi hogar

El calor de mi hogar es invisible a los ojos, manuscrito en poemas de noches de noviembre, que duermen en un rincón privilegiado en mis estanterías. El calor de mi hogar es la navidad en verano, los vaqueros en la estufa, el olor a café y a discos de segunda mano. El calor de mi hogar es el quiero, luego puedo, luego tengo. El calor de mi hogar es franela. El calor de mi hogar es presente. El calor de mi hogar es tu vida. 

Días

Días en los que brillaba la vida. En los que el sudor nos corría a chorros desde la frente, empapando tu camiseta gris, y yo paseándome en pantalones cortos. Días de calles estrechas y empinadas, de barriadas infinitas. Días de cañas y carcajadas, días de comidas saladas. Días de verano para este fin de otoño. Días en los que brillaba la vida. 

viernes, 26 de octubre de 2012

Cuadros de tiza en las paredes


Seiscientas millas

En la maleta, algo de ropa y un secador. Seiscientas millas abajo y seiscientas millas arriba, y como banda sonora, los Rolling Stones. Sol, y a remojo los pies en La Caleta. La vida exprimida cada segundo, nosotros sin aliento. En las paredes desvencijadas, rezaba la tinta negra, que la libertad se agita en las entrañas del tiempo.

sábado, 20 de octubre de 2012



Faltándome vida

Pensé que si me liberaba del yugo adictivo del que me sentía esclava, desaparecerían a partes iguales la angustia y la desidia. Pensé que si respiraba hondo y me mantenía firme volverían a mi la vitalidad y la esperanza.

Pero sigue doliéndome el estómago. Sigo aburrida y cansada. Sigue faltándome vida.

jueves, 18 de octubre de 2012

El suicido de Virginia

Hay una universidad médica en Estocolmo, dicen que de las mejores del mundo, en la que científicos han relacionado en un estudio lo peor, con lo mejor de nosotros mismos.

He estado leyendo acerca del suicido de Virginia. Ojeando su nota de despedida. Repite las cosas que tú mismo repites. Me recuerdan palabras por tu boca dichas. Pienso que si te despidieses de mi, sería, seguramente, con frases parecidas. 

Así que me siento y escribo, dibujo, garabateo, coloreo, vectorizo y compongo. Pienso fuera de la caja, que la dopamina haga en mi cerebro lo que quiera. Me siento y me pierdo en mi extraña manera de canalizar mi vida. Quizá sea ésta mi enfermedad y no otra. Quizás sea mi virtud la peor de mis manías. 

Las fiestas a las que ya no me invitan

La echo de menos por muchas razones, pero más que a ella, echo de menos la forma en que la quería. Era extravagante, inquieta y volátil. A veces hablaba o se comportaba como una niña. Sin embargo, su historia la dibujaba como mucho más madura de lo que aparentaba. 

Desgastábamos el empedrado de la ciudad en zapatillas. Escribíamos con tiza en las paredes. Bebíamos licor café viendo películas antiguas. Recuerdo haberme reído como nunca en mi vida. Y aunque a ratos fui feliz, no fue mi mejor momento. En realidad, fue la peor de las peores épocas enterradas, peor incluso que los insultos y el acoso de la infancia; peor que el confinamiento adolescente, peor que la cárcel de hormigón, pladur y sangre. 

La echo de menos, pero no porque la quisiese, que la quería. La echo de menos porque yo también soy extravagante, inquieta y volátil. Su locura, su ingenuidad y su torpeza eran iguales que las mías. Nunca me cansaba de ella. 

Y aún así, la dejé escaparse. Yo ya no soy de esas personas que contestan al teléfono, o escriben cartas, o felicitan cumpleaños. Soy de esas personas que atesoran recuerdos. Que coleccionan amistades en baúles, a las que ya no les gusta salir tras la medianoche. Ahora soy uno de esos ermitaños, que prefieren los gatos a la gente.

La abracé con fuerza al verla este año, sin esperármelo, en un concierto en el que cantaron wish you were here. Y la quise como la quería, como si el tiempo o la distancia nunca hubiesen existido. Como quiero a todas las personas que he ido dejando ancladas en el olvido, alejadas de la cotidianeidad de los días. Como quiero a todas esas personas que siguen asistiendo a las fiestas a las que ya no me invitan. 

Los coletazos de la presa casi muerta

Es difícil no odiar el giro constante del mundo, cuando se vuelve y se revuelve para sacarme la lengua y burlarse de las cosas que, no hace tanto, aún hoy en pesadillas, consideré importantes. Es difícil no odiar los coletazos de la presa que casi muerta, se resiste a su destino. No es fácil olvidarse de todo, evadirse de las cicatrices, hacer como que los nombres no importan. Es difícil no odiarlo todo, no querer escupirles. Se me hace difícil, en los días de otoño, no recordar el frío que hemos pasado, y querer matarles a todos. 

Mala suerte

Solo ha sido mala suerte, me repito en un soniquete constante a fin de tranquilizarme.  No pasa nada, gata, respira. Solo ha sido mala suerte.

Entropía

El cálculo cuantitativo de mis espirales en repetición tiene un nombre que se me antoja precioso. No puede hallarse su valor en un punto concreto, pero Ana, que hoy traía un vestido de flores a juego con su rostro sereno de mujer madura, dice que es integrable, de tal forma que, estableciendo un punto en el que mi desorden sea cero, puedo calcular su  valor exacto en el instante que yo decida. 

El cálculo cuantitativo de mi tendencia al caos me tiene absorta y ocupada estos días. 

Violeta, naranja, azul marino

Soy hoy, mediado el otoño, un jardín violeta, naranja, azul marino. Intranquila, inquieta, con mis hojas desprendiéndose cadenciosas al compás del fuerte viento que mece las horas que se escurren tan rápidas que no puedo sujetarlas con firmeza. 

Soy hoy una arruga nueva, un pliegue reciente recién descubierto. Soy cada día de mi vida, de este otoño que concluye, el juego de aliteración, repetición y paronomasia desgastada y perversa. Soy cada día la misma, y cada día diferente, soy hoy un jardín violeta, naranja, azul marino, soy mi anáfora eterna, mi eterna epífora. Soy siempre la misma, pero cada día mayor, cada segundo que pasa, una nueva repetición, superpuesta, cada segundo que pasa, un poquito más vieja. 

El naufrago errante

Te imagino como una sombra despeinada sentada frente al mar, en una mano la copa y en la otra el bolígrafo. Ante tus ojos, los ojos del horizonte de una bahía nicaragüense.

Te imagino deshaciéndote en un cuaderno de anotaciones desordenadas, de letras pequeñitas y frases apelotonadas. Te imagino sentado discreto, te imagino rodeado de un aura vibrante. Imagino tu mirada clavada en el devenir sempiterno de un mar en calma,  garabateando versos, narrando con tu vida las vidas de todos los que no vivimos en tus huesos.

Te imagino etéreo, mágico, brillante, lúcido, extraordinario. Aunque tu cuerpo flaco y tu mirada huidiza no te dibujen sino como terrenal, cotidiano, ordinario, normal y corriente. 

Aunque no seas divino, sino humano. Aunque tus manos sean huesudas, como las mías. Aunque tu yo verdadero no sea más que un verso de los ojos de gata que cantaban los secretos. Aunque seas vulgar en el orden natural de los días, eres el encantamiento de la metáfora perfecta. Y en tus metáforas me pierdo, mientras tropiezo constante contra tu vano correr tras lo imposible. Mientras se me clavan en el alma todos tus anzuelos, alcanzas para mi el grado de deidad infinita. 

martes, 9 de octubre de 2012

En espirales se mueve mi mundo


Escribir mentiras

Se había hecho ya de noche y yo seguía sin conciliar el sueño. Era una circunstancia en la que me encontraba a menudo. Recorté algunos versos de ésos que amontono sueltos, y bebí manzanilla, tratando de aplacar al monstruo del estómago. Como tantas otras, también aquella noche, me senté a reciclar poesía, me senté a escribir mentiras. 

En todas mis aristas

En todas mis aristas me corto, y tengo miles. Me rasguño al resbalarme, y me destrozo los nudillos recogiendo los cascotes. En todas mis aristas desvío mi trayecto y tomo caminos con frecuencia incorrectos. 

No es mi mejor vida

No es mi mejor momento. No es mi mejor día. No es mi mejor época. No es mi mejor vida.

lunes, 8 de octubre de 2012

El blanco interno

Paseo silenciosa por las bibliotecas. Los colores me hacen guiños, y me voy deslizando entre ellos, mientras se camuflan unos con otros, formando degradados que tienen sentido en su conjunto, sintiéndome vacía al separar a uno de los colores del resto, y ver que bajo otra luz no parece suficiente. 

Paseo ahora clavando los tacones de aguja por los pasillos silenciosos. Grito algunas palabras. De las estanterías se escapan ilustraciones. No me gusta cómo dibujan mis pensamientos ninguno de todos estos tipos de letra. Me sobran y me faltan astas y brazos. Los ojales se me quedan pequeños y me asfixian. Me corto las orejas, deformo los anillos y los remates. El blanco interno se me antoja infinito. 

La navidad orquestada

La navidad era un estado de ánimo que se forjaba en las películas que hacíamos proyectarse sobre las paredes iluminadas con bombillas de colores. Su duración era prolongada, de mayo a octubre, de abril a septiembre. Se desteñía nuestra navidad orquestada sobre los meses que pintábamos con ella, convirtiendo nuestro refugio en un sentimiento de fondo que persistía, pese al resto de sucesos que acontecían, férreo en el tiempo. 

Sanatorio, mortuorio, cautiverio

Yo llevaba un pijama blanco que me quedaba grande en tallaje y en competencias. La madre había muerto y mientras el personal cubría el cuerpo con una sábana blanca, y desbloqueaba los frenos de la camilla, la hija buscó consuelo en los ojos de todos los presentes.

Me clavó la mirada y yo, al segundo, la clavé en el suelo. Los ojos se me inundaron de lágrimas. Tuve que escaparme de allí, esconderme muy lejos. La muerte era una constante presente en cada movimiento, convirtiéndose en una rutina que me quemaba por dentro. 

La bata azul de felpa

Era un edificio antiguo, rodeado por un bosque. Recuerdo las mañanas de invierno, demasiado temprano, demasiado frío, mi cara triste contra la ventana del autobús, intentando adivinar lo que me depararían las cuatro horas siguientes, mientras la silueta de la fachada se adivinaba entre la niebla. 

Recuerdo un solo nombre, el de la señora Francisca, y el color azul eléctrico de su bata de felpa. La podías encontrar a primera hora sentada en el banco del vestíbulo, o postrada, con la mañana avanzada, frente a la ventana del tercero, desde donde observaba las camillas cubiertas con sábanas blancas, que transportaban los cadáveres del día a día hacia el crematorio.

Han pasado muchos años. Supongo que la señora Francisca, como aquellos otros de los que ella llevaba diariamente la cuenta, también habrá muerto. 

domingo, 30 de septiembre de 2012


Si en función de poemas contase el tiempo

Si el tiempo lo contase en función de las veces que lloro, habría pasado hoy un siglo, y no un año. Si el tiempo lo contase en función de todo el sufrimiento que en ti he ocasionado, hoy sería tan vieja que no podrías reconocerme en mi cara. Si el tiempo lo contase en función de todas las noches que he pasado en vela, sintiéndome sola, vacía y culpable, no quedaría más tiempo que contar, ya me lo habría consumido todo.

Si contase el tiempo en poemas, la vida habría sido tan larga como en realidad ha sido. 

La vida habría sido como cada sol que nace. La vida habría sido rosa, como Desiderata. Estaría llena de cariño y dulzura, de chicas desnudas y carencia de miedo o vergüenza. La vida habrían sido rimas a veces forzadas, como las sonrisas de los últimos meses; la vida habría sido una lucha constante, como la poesía revolucionaria post-adolescente, amarilla roja y verde; la vida habría sido agria, como los versos inconexos escritos en mayúsculas, como la niña de la boca cosida, como el vientre agrio y muerto, como los chillidos y los lamentos, y los dibujos en los márgenes, convertidos en borrones. La vida habría sido  la muerte de la musa, habría sido extraña y confusa como la noche en la Ciudad de los Caballeros. La vida habrían sido pequeños fragmentos de los que sentirme orgullosa. Habría sido el error imperdonable de los reencuentros del veinticinco de julio. La vida habría sido la redención y el perdón de cada nuevo cuaderno. La vida habría sido un puñado de maullidos rimados en gallego. 

La vida habría sido tal y como fue si en función de poemas contase el tiempo.

Veintiocho de Junio. Todas las noches son noches de Martes.

Hoy lloré tres veces. Dos y media, para ser más exacta.

La primera de todas fue conduciendo camino a casa. Paré en el ceda que hay antes de mi calle, y vi a un señor esperando en la acera. Me recordó a una tarde, hace seis años, en la que vi al abuelo Ignacio mientras bajaba andando por la Plaza del Carmen. No era él. El frío me congeló al darme cuenta de que el abuelo está muerto.

La segunda vez fue con la tarde escurriéndose en el reloj, cuando apuro el segundo exacto de encenderse las farolas para el último cigarro vespertino. Se acercó despistada la gata blanca. Intenta maullar, como el gatito de Alba, pero no puede, sólo emite algo que, con dolor, parece ser un sonido. "Vuelves ahí, gata", le dije. Y se acercó a mi lado, se sentó en el suelo, y comenzó a lamerse. "Cuántas aventuras vivirás, gata... y qué sola". Y al pensar eso, lloré de nuevo.

La última vez que lloré hoy, la que hace la media, fue hace un segundo inexacto. Pero eso es demasiado triste para una noche de martes.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

La habitación de la poesía invertida

Una explosión de luz le tiñó la cara de naranja. Agazapada tras el diminuto umbral se asombró al encontrarse su habitación de niña. Acercó la cara cuanto pudo, sin atreverse a meter dentro la cabeza. La misma habitación en la que duerme ahora. Pero la de cuando era pequeña. La misma cama, los mismos muebles, los mismos libros, que no son los mismos, a primera vista algunos menos gatos. 

Se le encogió la boca del estómago hasta marearla, al imaginarse lo inquietante de Alicia cruzando el espejo. Ahogó el vómito en una inspiración profunda, y metió primero el brazo izquierdo. 

No creyó que con su tamaño fuese capaz de acceder al cuarto por aquella puerta. Tampoco quería. Tembló al imaginarse que la esperaban las garras de su propio galimatazo de poesía invertida. Su aliento fétido y sus afilados colmillos, escondido acechando, esperándola oculto encima del armario, dispuesto a abalanzarse sobre ella y enfrentarla a sus temores, haciéndole leer sus poemas frente al espejo.

La luz naranja dibujaba extrañas formas proyectando sus movimientos contra las paredes. Pero no le quedaba más remedio. Tampoco quería tener que deshacer el camino recorrido, y elegir de nuevo otra puerta en la habitación de los rombos rojos. 


Tatuados versos recortados

Recorté los versos con las tijeras. Los mezclé al azar y los extendí sobre la mesa. Con los restos de todas las desdichas, de todas las esperanzas y de todas las secuelas escribí el poema que llevo tatuado.

Cuando buscaba tus manos, vencido por el miedo / Cuando los excesos nos tuvieron presos, viajando entre lunas / Terremoto emocional sin una gota de decencia / Sin una gota de cordura, suicida incandescente.

Martis dies. Martis nox

Y el sueño se me comió los ojos. Soplé el interruptor y me acurruqué entre los libros, enroscando el rabo. Con el parpadeo cada vez más ralentizado se acababa el martes. Los martes son siempre interesantes. Y en lo que duró un suspiro dormí del tirón hasta la mañana siguiente. 

Los gatos quietos





viernes, 3 de agosto de 2012

El mundo viviendo. Yo muerta en vida

Todo el mundo viviendo, y yo muerta en vida. Sin ganas de moverme, sin ganas de pensar, de respirar, de tener que explicarme. Sin ganas de verte. Todo el mundo viviendo y yo muerta en vida, mientras se pasa el verano, como todos los veranos, caluroso y exasperante, se pasa, se pasa, se pasa, se termina y yo tiemblo, por haberlo dejado escapar, por no haber vivido. Todo el mundo viviendo, y yo muerta en vida. Encerrada y sola. Cansada y harta. Todo el mundo viviendo, y yo muerta en vida. Sin ganas de nada, sin amor y sin odio, solo vacío. Todo el mundo viviendo, y yo, muerta en vida. 

Verano

Papá y mamá se han ido a la playa. Dejaron la nevera vacía porque es tontería, ya ni siquiera como. Me animaron a levantarme antes de irse. Papá se ofreció a aparcarme el coche si decido marcharme más tarde y no sé estacionar cuando llegue. Pero no me he levantado. Llevo así días. Sin moverme. Ni siquiera para fumar en la ventana. Hasta eso me resulta agotador.

Es verano. En verano siempre muero. 

El fiel reflejo de la iniquidad y el cinismo

La odio porque es el fiel reflejo de todo lo que temo. Representa la navidad aburrida, con tu padre dándole vueltas a la comida, desganado, manteniendo él solo una conversación que nadie sigue. Representa la iniquidad y el cinismo. La crítica al hogar de los demás y el suyo roto y sucio. Los primos a los que hace siglos que no habla, y ahora tienen hijos, y los hijos lo son todo, y se le cae la baba y les habla con voz de pito y les ganchilla patucos. La odio porque se apresuró a decirle al alcalde que yo no era familia. 

La odio porque representa todos y cada uno de tus defectos. El rictus serio, el pelo rubio, las palabras crueles contra los que luego sonríe, mientras les llena el plato. La iniquidad y el cinismo. La odio porque te quiere, pero no habrá sabido hacerlo, y ahora tú no sabes querer a la gente. Tienes esa visión distorsionada de lo que es el cariño, que a mi no me basta. La odio porque me odia, aunque disimule. La odio porque odio pensar en los patucos que le ganchillaría a mis hijos, mientras a mi me llena el plato de aburridos domingos. La odio porque la odio, como lo odio todo, con motivos o sin ellos. Solo odio siento. Soy el fiel reflejo de todo lo que temo. El fiel reflejo de la iniquidad y el cinismo. 

viernes, 6 de julio de 2012

Lo que me llevo

Irse no ha sido tan difícil. Fue muchísimo peor la espera. El despertarse cada día con una nueva sombra acechando, con un nuevo tropiezo, con cicatrices eternas. Irse no ha sido tan difícil como aguantar aquí todo este tiempo. 

Me han abrazado todos. Hay quien ha llorado. Hay quien lo ha sentido. Hay quien ha dicho que puedo irme con la cabeza alta. Con orgullo, honestidad, lucha y respeto. Hoy ha sido seis de Julio. Hoy me voy,  y eso me llevo. 

viernes, 29 de junio de 2012

Personajes principales

Repasé las cajas de las películas con el dedo. Algunas ni las había visto. Otras las había visto cientos de veces. Era un ritual como otro cualquiera. Hoy no estaba ni demasiado aburrida, ni demasiado cansada, y empecé a enumerar personajes principales. 

El vendedor de discos pop que vi por primera vez en una ciudad europea perdida en los noventa. El que tiembla en el aeropuerto, el que bebe en un bar, el que no quiere dejar de autodestruirse. El que toca la trompeta en el entierro de su padre. El que acoge a la chica rusa mientras suena Cohen. El cabecilla de los dementes. El que dibujaba tonterías en el espejo mientras se lava los dientes, el que cree que tiene miedo al mar y encuentra unas escaleras. 

El que no duerme. El que se enamora de la loca y busca deshacerse por dentro en cada desgracia y en cada puñetazo, y forma un ejército. El que mientras suenan los Pixies me coge de la mano, y el mundo explota, y se derrumba. Y da vueltas de campana. 

La cuenta del tiempo

Bueno... ya que usted me pregunta con educación, y si he de decir la verdad, le diré que en realidad no, no éramos en absoluto eficientes. Pero llevar cuenta del tiempo es difícil, ¿sabe? Hace falta una metodología de trabajo estandarizada, y todo el mundo debe moverse como un suizo. Las cadenas se rompen siempre por el eslabón más débil, eso hay que tenerlo en cuenta. Y para llevar el control del tiempo, el trabajo en cadena es lo más importante.

Y nosotros, ¿pues qué decirle? Es difícil llevar la cuenta del tiempo. En un momento que usted se despiste, en un momento que va y vuelve y se tropieza, no le da tiempo. Y ¡ala!, a recoger la arena que se ha vertido, mientras empiezan a darse la vuelta los siguientes relojes, y más arena tirada en la esquina opuesta, y va usted y vuelve, y se tropieza, y ya la tenemos liada. 

Es difícil llevar la cuenta del tiempo. Hay tardes frenéticas en las que uno suda a mares, y la arena se le queda pegada a las manos, y el tiempo se ralentiza tanto que por momentos se detiene, y ni aún así es capaz uno de pillarle el ritmo. No es fácil, ¿sabe usted? Aunque eso no nos quite a nosotros, en este caso, una pizca de culpa. 

En el desván, fantasmas

Los fantasmas aguardan discretos, encerrados en el desván. No dan necesariamente miedo. Tan solo están ahí. Se sientan, recorren la pequeña estancia, fuman, ponen algún disco... Llevan siempre la misma ropa, ésa exacta que les diferencia. A veces, cuando hay que airear y quitar telarañas, sacudir el polvo y hacer sitio en el olvido inolvidable a los cachivaches que conformaron la vida y ahora van estorbando, a los trozos de vida antigua que se relegan al ático, los fantasmas desaparecen y, ellos solos, se encierran en el sótano. 

Supongo que no podrán sentir nada, o la humedad les carcomería por dentro.

Los fantasmas aguardan en mi desván discretos. Aguardan en el sótano en primavera. No dan necesariamente miedo. Inquietan con sus palabras, a veces, cuando hablan en voz alta.  Pero uno termina por acostumbrarse, termina por conocerles. Siempre dicen las mismas frases. Ésas exactas que les diferencian. 

miércoles, 27 de junio de 2012

Acepciones

Necesitaba escribir algo esperanzador, algo que me sirviese de consuelo y me diese ánimos, pero no me sentía inspirada. La semana había sido larga y sombría, y tan solo estábamos a miércoles. Aún quedaban por librar muchas batallas hasta tener que comenzar a librar las mismas de nuevo. Queriendo empezar por algún sitio, busqué esperanza en el diccionario. 

La esperanza es un estado de ánimo.

Espejos

Si soy lo que soy al mirarme al espejo, soy la arruga del entrecejo, que graba en mi rostro, en una marca heredada, todas las veces que arañar el mundo no ha sido suficiente. Si soy lo que soy en el espejo, soy el pelo asimétrico y cortado a trasquilones, que ilustra en diagonales de tijera la necesidad de sentarse, mirarse, y romperlo todo. Si soy lo que soy al mirarme al espejo, soy el tabique ligeramente torcido, los achinados ojos miopes, soy la constancia de que no somos perfectos. Si soy lo que soy al mirarme al espejo, soy sin duda también el brazo derecho. 

Girando en sentido invertido

Estática la pared que tengo al frente, como estático estoy tumbado en la cama. Por la ventana ligeramente abierta se cuelan los ruidos insignificantes de una calle residencial. Un coche que pasa discreto, pasos, ladridos de algún perro. Lo único que se mueve aquí dentro es mi pecho, subiendo y bajando cadencioso a medida que respiro, y la espigada aguja del segundero. La miro. Está en el siete. Y acompaso mi respiración a su ritmo de metrónomo mientras asciende por la esfera. Cuando llega al doce, se detiene.

Contengo la respiración un segundo, y se acompasa a mi ritmo de nuevo. La observo marcar los segundos, marchando ahora hacia atrás, volviendo al once, y al diez y al nueve. Girando en sentido invertido se mueve el reloj en mi barco a Venus.

Sin duelo

Sonaba insistente en mi cabeza, reproduciéndose en modo automático, como de forma automática se mueven mis manos entre las marchas, como de forma automática se mueven los pies en los pedales. Como de forma automática respiro y mi corazón bombea sangre. Se reproducía constante, creando un hilo musical en bucles de tres minutos cuarenta, girando dentro de todas mis espirales. 

Y si un día para mi mal, viene a buscarme la parca, empujad al mar mi barca, con un levante otoñal, y dejad que el temporal desguace sus alas blancas. Y a mi enterradme sin duelo, entre la playa y el cielo. 

martes, 26 de junio de 2012

Mientras me quede sangre

Y seguiré librando todas y cada una de las batallas. Y seguiré luchando. Pondré el pecho ante las espadas de acero, y chillaré consignas incendiarias bajo las hordas de lanzas. Seguiré luchando hasta que la guerra acabe. Mientras me quede sangre.

lunes, 25 de junio de 2012

por el camino que lleva a la presa

Me lo crucé. Venía corriendo con las manos en la espalda, y me pareció raro. Siempre me decís que no me gire a mirar a la gente, pero lo hago de igual modo. Y al girarme me di cuenta. Llevaba las manos llenas de sangre. Se me congeló algo por dentro y apuré el paso. Al llegar a la carretera general, vi un tumulto de gente que se agitaba nerviosa. Tragué saliva y me invadió esta sensación que no he podido arrancarme todavía. En una esquina, la chica acuchillada. 

viernes, 22 de junio de 2012

Y pienso y pasa. Y pasa y pienso

Y pienso y pasa. Y pasa y pienso. Tengo la manía de ir coleccionando las veces que altero mi libre albedrío, colocando en mi camino las cosas que sueño. Lo pienso y me araña, lo escribo y se olvida. Y al día siguiente, lo tengo en la puerta. Y así coleccioné animales de circo, y así maullaron los gatos y murieron los pájaros. Así se pasearon los zorros, así me miraron, así se sentaron a esperar a que llegases, y así aparecieron tumbados, tal como los había pensado, una mañana de junio. Tengo guardado un tesoro impreso, de hace ya varias eras, en el que me digo que locura también significa manía. 

Tengo la manía de ir coleccionando las veces que dibujo la realidad y la realidad ante mi se dibuja. Y así coleccioné fotos de mis pies en el suelo, y así estuve en todos los sueños. En la cima del mundo, en el castillo en ruinas, en el cuarto de baño, en todos los espejos. Y a veces, como ahora, mientras cambio de marcha y subo el volumen, mientras parece que vivo algo real, en realidad se deconstruye el mundo, y me miro las manos y las manos se hacen tinta, y ya no soy yo la que canta sino una ilustración de mi misma. 

Y pienso y pasa. Y pasa y pienso. Y tengo la manía de ir coleccionando las veces que rompo las secuencias del tiempo, las veces que la vida se transforma en mis cuentos. 

miércoles, 20 de junio de 2012

Los zorros muertos

Le quería muchísimo y aun así se me murió. Se fue quedando en los huesos, no se comía el pienso para perros. Había noches en las que no le encadenaba, aun con miedo de perderle, por si quería escabullirse y degollar gallinas. 

Le recuerdo con la correa al cuello, mojado en invierno, dando vueltas en círculos, escarbando el suelo. Le recuerdo gruñendo, enseñando los dientes. Una mañana de junio al salir, le encontré tumbado en su esquina. Aun sin acercarme, supe que estaba muerto.

lunes, 18 de junio de 2012

Los gatos bajo la escalera

De tanto empujar la tablilla, la metieron hacia dentro, y los gatos se colaron bajo un peldaño, hacia el interior de la escalera. Uno llevaba bufanda, y el otro sombrero. O eso le pareció cuando abrió de repente la puerta de la entrada, a tiempo para ver con nitidez el rabo del último, introduciéndose veloz por el agujero. 

Las comidas en casa de la tía Nieve era aburridas y todo olía a verdura cocida. La cocina, el espacio a cubierto en que el, en el jardín delantero, ya se encontraba la mesa preparada, y sus manos, cuando le agarraba la cara al llegar, para obligarla a darle un beso. Se había apurado a escabullirse cuando la mandaron a lavarse las manos. -Al lavabo de arriba, no. -había ordenado la tía Nieve. -Usa el que hay bajo la escalera. 

Abrió la puerta con sigilo, esperando sorprender a los gatos bebiendo en la pila, o enredados en el papel higiénico, pero se sorprendió al encontrarse que la puerta bajo la escalera no daba a ningún lavabo. Entró y los zapatos nuevos se mojaron por la hierba húmeda. Estaba en el jardín de atrás. A alguien se le había olvidado cortar el césped, y crecían por todas partes flores de colores desordenados, muchas con espinas. Algunas gigantescas, otras diminutas.

Y en el medio del jardín, otra puerta. Solitaria, montada en su dintel como si pudiese tener su presencia allí algún sentido. Como un centinela. Como una escultura. Cerrada. Esperándola.

La pequeña protagonista se acercó dudando y, como asumiendo como impensable otra cosa, empujó la manilla, abriéndola, y cruzó al umbral. Al cerrarla a su espalda todo se oscureció durante un segundo y, al hacerse la luz de nuevo, supo que tendría que atravesar muchas más puertas para recorrer el camino que había encontrado, o para encontrar el camino de vuelta. 

domingo, 17 de junio de 2012

Angosta y fría

Era como si, al adentrarse, la habitación se hiciese más y más larga. Al fondo seguía estático como un faro, el halo de luz que se colaba por debajo de la siguiente puerta. La pequeña protagonista dio un paso, y otro, y otro y otro y otro más, y la habitación, estrecha y húmeda como una gruta, le recordó una canción muy concreta. Poco a poco las baldosas se fueron cubriendo de grietas, y las grietas de hierba, y caminó todo el tiempo deslizando los dedos por la pared, como si pudiese sentir el puerto, como si pudiese sentir las gaviotas y los faroles, como si pudiese oler el cansancio y la derrota, hasta que llegó a la siguiente puerta.


Era pequeña, apenas un cuarto de su tamaño. Se arrodilló en el suelo y giró el pomo. Se abrió sin problemas, y una explosión de luz le tiñó la cara de naranja. 

sábado, 16 de junio de 2012

La habitación contigua

La estancia contigua era un angosto agujero sembrado de penumbra. Deslizó la mano por las húmedas paredes y achicó los ojos tratando de ver con nitidez el fino halo de luz que, a ras de suelo, parecía indicar una nueva puerta.

viernes, 15 de junio de 2012

Éramos lobos

Éramos cuatro, pero peleábamos como si fuésemos cientos. La vida no era fácil en los páramos, alrededor todo estaba yermo, baldío, y pasábamos más frío del que había llegado a imaginarme. Las manos amoratadas y yagas en los pies. Me dolía el estómago cien veces al día. Y aún así nos reíamos. Cuando la noche era tan oscura que más que noche era puro miedo, sentados en torno al fuego nos reíamos. Nos pasábamos el pipote y nos contábamos historias unos a otros. Tenían que oírse a kilómetros nuestras carcajadas atravesando la llanura desolada. No había ni luna, pero ahí seguíamos nosotros.

Éramos soldados. Nuestra propia Guardia de la Noche. Éramos los músicos del Titanic, tocando mientras el barco se hunde. Mordiendo, gruñendo, arañando. Éramos lobos. 

La habitación de rombos rojos

Las paredes eran un mosaico de rombos rojos que la hizo sentirse mareada al entrar. Con la respiración agitada, sintiendo la habitación dar vueltas lentamente sobre si misma, como si estuviese colocada en el centro de un eje, la pequeña protagonista se apoyó contra una pared a observar un segundo antes de decir nada. 

De repente, como un estallido que la hizo saltar de un respingo, comenzaron a chillar ensordecedoras las camas ardiendo de Midnight Oil. Sentado en el suelo, el grillo pintaba con tinta números gigantes en hojas de papel, amontonándolas formando un grotesco mosaico de verdes y rojos. La música sonaba estridente y tragó saliva intentado mantenerse erguida. La habitación la atraía hacia el suelo, como sometida a una gravedad irregular. 

En una esquina, pájaros chamuscados la hicieron sentir miedo. Se le encogió el estómago y se mareo de nuevo. 

martes, 12 de junio de 2012

Quemar los muertos

En las novelas que leíamos a oscuras, si no quemabas a tus víctimas, se levantaban de su sepultura y te perseguían como fantasmas, eternamente. Esta es la realidad, no es ninguna de aquellas novelas. Aquí cada uno de tus muertos te sopla en la nuca, con su aliento de ira y venganza, aunque les prendas fuego tras darles muerte. 

sábado, 9 de junio de 2012

... de ejercicio de memoria histórica

Me costó bajar la caja de lo alto del armario. Había tacos inmensos a mano, y también había muchos otros impresos, maquetados con un gusto que me hizo sentir un pinchazo de orgullo. Los había de todos los colores. Sobre todo malos. Sobre todo intensos. Me reconocí en los protagonistas cien veces. Y aunque me nombre figuraba en todos, al pie como firma, no podía recordar haber escrito ninguno.

viernes, 1 de junio de 2012

Cuéntame cómo ser optimista

Anoté en una libreta todas las veces que, entre estas paredes, he escuchado a alguien decir lo pésimos que somos, lo mal que lo hacemos. Hacerlo me llevó toda la noche. Cuando terminé, anoté todas las veces que, entre estas paredes, he visto con mis ojos lo pésimos que somos, lo mal que lo hacemos. Eso me llevó días. Así, hasta que se le acabaron las hojas. Cerré el cuaderno y le escribí el título en la portada. Cuéntame cómo ser optimista

jueves, 31 de mayo de 2012

Carta de Marta

Llegar. Tirar del freno de mano y apagar las luces. Comprobar las puertas. Arrastrar escaleras arriba el día y el cansancio. Llaves en la cerradura. Qué tal la tarde y quitarse los zapatos. Respirar y dejar el macuto en una esquina cualquiera. Un sobre con mi nombre encima de la mesa. Carta de Marta. Llorar de alegría.

martes, 29 de mayo de 2012

Yo reducida a pavesas

En mi propia hoguera ardía, braceando. Hoy soy ya sólo brasas. Pronto seré cálidas cenizas, tiñendo de negro el mundo. Yo reducida a pavesas.

La inflexión ha comenzado

He recorrido tantas veces lo últimos metros que podría definir con exactitud el sonido de cada paso. Es el tramo final, dentro de poco habré llegado a lo más alto y sólo quedará ir cuesta abajo. La inflexión ha comenzado. 

miércoles, 23 de mayo de 2012

Lo terrible de estar rota

Estar rota era terrible. No era doloroso, como podría parecer en un principio. Dolía, un poco, un dolor agudo, como los pinchazos en el pecho cuando subes corriendo los cinco pisos que llevan al abismo, sobre todo en las aristas de los trozos pequeños, pero eso no era lo más importante. Lo terrible de estar rota era el incordio que suponía ir olvidándose trocitos por todas partes. No había sitio en el que no me apoyase un momento, lugar en el que me sentase, me agazapase o me escondiese, en el que no se me olvidase algo. Se hacía muy difícil llevar la cuenta de tantas piezas, sujetarlas constantemente para que no se desencajasen, intentar mantenerlas unidas. Me dejaba trozos por todas partes. Y no siempre era capaz de recordar dónde los había visto por última vez, no siempre podía deshacer el camino y tener la suerte la encontrarlos. Perdí tantos trozos que había partes de mi de las que ya no quedaba nada. Y luego llegó el verano, y todos los trozos que tenían un canto al aire, se secaron. 

Hoy ha vuelto a pasar

Hoy ha vuelto a pasar. Durante horas respiré hondo, tratando de mantener un ritmo cadencioso y apaciguado. Abrí y cerré los puños, haciendo fluir la sangre. Me mantuve serena, y aunque la boca del estómago contraída me amenazaba con histeria en vómito, aunque la pierna derecha se descontrolaba hasta hacer tambalearse los monitores, aunque agarraba con fuerza las tijeras... ni desgarré las cortinas ni chillé enrabietada. 

Hoy ha vuelto a pasar. Antes de irme escupí veneno. Acumulé la ira y la exhalé de nuevo. La mastiqué y no supe tragármela, y la tiré con fuerza contra la pared mientras bajaba a saltos por las escaleras. Hoy ha vuelto a pasar, y aunque juré que podría, no puedo. Aunque juré que lo haría, no puedo. Aunque juré que no lo haría, no lo hago, y pese a no hacerlo, es hoy de nuevo el día en el que no puedo. 

martes, 22 de mayo de 2012

El 38 de Mayo

Era 38 de Mayo y yo dormía ya con las ventanas abiertas. Se colaban así, conmigo a oscuras tumbado boca arriba, todos los ruidos que se escapaban del patio, inundando la noche, el arresto y la estancia. 

Al escritor al que escribo

Todo lo hacemos al revés. Tú te sientas por las noches, con la puerta de la terraza abierta y las luces del puerto iluminando tus tejados, a coser con cariño las entradas de cine. Las fotos de los Beatles, las portadas de los discos, los grabados y las pizarras. Coses los gatos y los secretos, coses los lobos, las escaleras, las rosas y las risas, las lágrimas, los lagartos y todas las palabras que siempre repetimos, chica sangre y miedo, miedo meses y colores, y coses la esencia misma de todas las cosas. Y lo cosido lo resguardas en versos que en seis palabras cuentan la vida. Haces que suene tan sencillo, tan brillante y tan eterno como la tarta de ausencia y los inconclusos techos. Casi nada tiene su nombre, y sin embargo es la vida al completo, pintados todos sus detalles a dos tintas, tu poesía una imagen tan nítida y perfecta.

Y yo en el espejo, haciendo lo contrario. Estirando el trayecto anodino del aparcamiento a la puerta, estirándolo tanto que de estirarlo lo agiganto y lo ensanchezco. Y me invento todos y cada uno de los sinónimos posibles, para explicarte, en párrafos interminables de cadencia cuestionable, con todo lujo de detalles las piedras, los soles, los edificios y las aceras, las miradas de los extraños, el bullicio general y los pequeños sonidos puntuales. La puerta que se cierra, el pájaro que canta, el freno de un coche o mi desesperación chillando desatada. Yo construyendo frases eternas, dibujando con miles de colores el paisaje generalista y la inmensidad de la nada. 

domingo, 20 de mayo de 2012

Escribir lo que quiera, escribirlo cien veces

Puedo escribir lo que quiera, una y otra vez, siempre lo mismo, o enmascarado bajo cualquier argumento. Puedo escribirlo cien veces, en prosa o en verso, arrancarle los colores, pintarlo de negro. Puedo escupirlo, vomitarlo, llorarlo o encenderlo. Puedo reescribirlo y editarlo, traducirlo, invertirlo o volverlo inconexo. Puedo escribir lo que quiera, escribirlo cien veces, pero no puedo, simplemente, arrancármelo de dentro. 

Todas las noches desde aquella noche

Todas las noches, desde navidad, tengo el mismo sueño. Todas las noches. Desde aquella  cena en la que hablabas del manager de los Beatles. Aquella noche estabas más lúcido que nunca y te expresabas sonriente, haciendo aspavientos, y yo bebía ginebra, y fumaba uno de tus habanos. No fumaba desde la boda de Clara. Aquella noche nos acostamos casi al alba, y el sueño me despertó de un sobresalto rozando el mediodía, en una cama extraña. Desde aquella noche, todas las noches sueño lo mismo. Y me levanto sobresaltando, angustiado, con el corazón disparado. 

Todas las noches sueño que despierto. Que abro los ojos, y no veo. 

Agazapada entre las sombras

Soy una forma difusa agazapada entre las sombras. La desazón palpita inquieta, constante en mis sienes.

Aroma de histeria

La regaba cuidadosamente y la ponía en el alféizar por las mañanas. A mediodía, la metía en el interior para que el sol, despiadado y preciso, no la quemase con su yugo. Al anochecer la sacaba de nuevo, al relente y al fresquillo. Al cabo de los meses, floreció la histeria, y la casa se crispaba, embriagada por su aroma. 

Miedo

Llegó un momento en el que tenía miedo a todo. Sobre todo, a mi propio miedo.

viernes, 18 de mayo de 2012

Efecto Kuleshov

Mi yo impasible, y un plato de sopa de fondo. Mi yo impasible, y el día en que nos conocimos. Mi yo impasible, y todos los silencios. Mi yo impasible, y el gato que se lame. El gato que araña las cortinas. El gato que duerme en el alféizar. Mi yo impasible, y mi yo impasible de fondo. Mi yo impasible, y un café que se enfría. Mi yo impasible, y el tráfico agolparse en los semáforos. Mi yo impasible, y de fondo impasible, una radio rockera. Mi yo impasible, y las terribles mañanas. Y las noches oscuras. Y los días de playa. 

Countdown

Ya había recogido los pelícanos, y la granja parecía dormir sumida en un grave silencio. Me acerqué al calendario y grabé la fecha a fuego. Quedaban doce días. 

Laudas sepulcrales

Era un sueño extraño. Yo caminaba en silencio tratando de no pisar las lápidas. Me acercaba a la puerta pero dentro estaba tan oscuro que no llegaba a ver nada. Entraba despacio, conteniendo la respiración, mientras mis ojos se acostumbraban a la penumbra. En cuatro o cinco pasos estaba en el centro de la estancia. Él esperaba fuera. El suelo, y también las paredes, estaban cubiertos de lápidas. 

La verdad sobre los ánades reales

Agolpados frente a la guillotina, Emilio hablaba sobre la necrofilia en los ánades reales.  Los patos macho se violan unos a otros cuando mueren. O eso dice un científico holandés. Contuve la respiración un segundo, saboreando el momento, observando la hoja afilada avanzar implacable, echando de menos mi propia vida. 

martes, 15 de mayo de 2012

Los equilibristas en los tejados

Todo el mundo, por lo general, se gira a observar cuando sonrío por la calle. Los vagabundos, los trajeados, los perros. Hoy, incluso, me observan sonreír los equilibristas en los tejados. 

Feliz Navidad en Primavera

Era primavera, y los militares aprovechaban el buen tiempo para sus ejercicios en la gincana. Algunos curiosos nos agolpábamos a observarlos tras las rejas. Cada día había más tráfico, más coches subidos a las aceras, y yo apuraba el paso sorteando los obstáculos, en forma de señoras con carrito y cacas de perro. Cada día había más policía. Y entre el bullicio se tejían estampas imprevistas. En aquel momento, conmigo retirándome el pelo de la cara, que el viento incesante se encargaba de hacer bailar demente, se hizo paso a través de la calle infestada un trenecito de juguete gigante, con una chimenea brillante y tres vagones, y un rótulo a cada lado, deseando feliz navidad a los transeúntes. 

lunes, 14 de mayo de 2012

A la vieja Janis Joplin

Mi ciudad parece Cádiz, dicen los marineros. Están levantados los adoquines de la mayoría de sus calles; y sus fachadas, cubiertas de cicatrices. Mi ciudad tiene puerto, y aires de capital de provincia. En algún momento suspendido en el tiempo se creyó opulenta y elegante, y ahora vive sitiada, marchitándose por muchas de sus esquinas. Mi ciudad no es mía, como no lo fueron las anteriores; y a la vez es mía, como todas y cada una de ellas. Ahora apenas la recorro, apenas la desgasto con mi paso apurado. La vida me lleva a cruzarla rápida, pero siempre intento sonreírla. A los muchachos con las metralletas, a los gitanillos en los soportales, a la vieja Janis Joplin, que a veces canta y a veces grita, y a la anciana del primero, que pone la televisión a todo volumen, con la ventana abierta, y en el alféizar los geranios.

sábado, 12 de mayo de 2012

Alfabeto griego de madrugada

Me apetecía leer durante horas, pero no encender la luz. Así que me paseé distendida por el alfabeto griego para encontrarme en ribetes y ojales de todas las alphas, las betas y las gammas. Luego salí a la ventana. Cada vez salgo menos, porque aunque merezco mi marco cariñoso dibujar la calma de su cuadro de doble ventanal, también merezco las horas de sueño y las mañanas discretas. Me sorprendió ver un sinfín de luces encendidas. La noche no era fría, pero el viento agitaba con furia todas las presencias.

El momento de recreo pasó rápido y corrí desgastada a la cama. Después de todas las horas del día, y de todas las horas de la noche, me dormí lo que restaba al reloj, sonriendo.

viernes, 11 de mayo de 2012

Culpa par odium exigit

Quizás nunca me haya querido demasiado porque yo buscaba maneras extrañas de llamar la atención, que la ponían constantemente en un brete y la hacían pasar bochorno y vergüenza. Me pintaba la cara de azul, y pegaba a los otros niños en la escuela. Me disfrazaba y me ponía las prendas del revés, e imitaba a todos los protagonistas que en las novelas odiaban a sus padres. 

Luego crecí y no demostré ser muy listo. La suerte nunca tuvo la delicadeza de parar a sonreírme y me vi envuelto en diversas desgracias. Eso la mantenía inquieta. El trabajo me manchaba las manos de grasa y los pulmones de hollín, y apenas ganaba para el combustible y el seguro médico. Conmigo nunca pudo alardear de nada.

Tampoco supe quererla nunca. No sabía hacerla reír o hablarle de cosas interesantes. Recuerdo que otros la hacían reír. Pero no yo. Hacia mi siempre adoptaba una pose de recelo discreto. No me ignoraba delante de otras personas, pero tampoco me miraba si yo le hablaba, y me daba escueta réplica.

Canadá

La mano temblorosa en la cerradura del regreso, y en las sienes palpitando frenéticas todas las palabras que llevo horas escogiendo, imperativo el pensamiento de mantener la calma, de ofrecer una disculpa, de saber expresar que no es sólo arrepentimiento. Y girar la llave, y sujetar con firmeza las lágrimas desbocarse con sólo adivinar la silueta reflejada en los azulejos. Canadá. Paso titubeante y mirada gacha, y el tono más quedo que podría llegar a ofrecerte. Me clavas el odio, no me das chance. 

Sé que mis palabras manidas no bastarían, pero ni siquiera un segundo tengo para enseñártelas. Me ofendes, me enfadas, me da asco: me dices. Y camino lentamente, con la autocompasión descompensándose en magnitudes exageradas, y el humor en los ojos al borde mismo del abismo, y me escondo en mi rincón, a lamerme la sangre, de manera literal y metafórica. Y ya estoy en casa. 

Rota

Estoy rota, soy consciente. Y quiero que seas consciente de que no puedes recomponerme.

La que no soy yo

La que no soy yo me insulta por teléfono, se rie de mi angustia. La que no soy yo se me planta muy cerca, con actitud amenazante, clava en mis ojos sus ojos de hielo. Se vanagloria. Se carcajea. La que no soy yo me llama zorra. Me llama loca. Me envenena.

Obligarte a prometerme

Le obligo a prometérmelo. Lee el periódico en la cocina con la imperturbable calma de los que viven en paz. Me acerco dubitativa, ordenando las frases en la cabeza, y dejo el tazón vacío en el fregadero. Mis sollozos no me dejan hablar como una persona normal, me expreso balbuceante. 

-Quiero que me prometas, -le digo -que vas a quererme siempre. Aunque no pueda ser feliz, aunque sea así, como soy ahora, toda la vida, por favor, quiero que me prometas que vas a quererme siempre.

Y me abraza, y me dice "cómo no voy a quererte".

Me pregunto si al cerrar a mi espalda la puerta, mi infelicidad le inquieta.  

Hoy te quiero menos

Por cada vez que me quites algo que quiero, te quitaré el doble. Por cada vez que llore, por cada arañazo que me haga, por cada vez que no pueda soportarlo, te arrancaré algo. Por cada vez que tenga que pedir perdón porque he dejado que me desborde otra vez, por cada vez que tenga que odiarte, te odiaré de verdad. Hoy, para mi, eres un poquito menos. 

Porque sólo acudes cuando estás sin nada, porque yo comparto. Porque sólo te intereso por las circunstancias, porque estoy de paso, entre llamada y llamada, y sirvo para entretenerte un rato. Porque puedes venir, y abrir de par en par mi vida y llevarte lo que te da gana, sin devolverlo, sin valorarlo, sin pensar que me despojas de las cosas que le dan sentido a algo que no lo tiene. Hoy, para mi, eres algo un poquito más sucio, un poquito más negro. Hoy yo te quiero menos. Veremos mañana.  

Desayuno

Ya está aquí el café. Llega tarde, pero lo agradezco igualmente. Tendría que haber estado aquí a las siete, cuando la respiración agitada y los lloros entrecortados no me dejaban respirar. Tendría que haber estado aquí a las ocho menos cuarto, cuando sonó el despertador y se fraguaba la tormenta. Tendría que haber estado aquí hace una hora, conmigo desatada en mi soledad, golpeándome con firmeza la cabeza. Tendría que haber estado aquí cuando lo estaba el alfiler afilado, desgarrándome bajo mi mando tembloroso. Tendría que haber llegado antes, pero llega ahora. 

Está frío. Y apenas tiñe la leche del color de mis derrotas. 

Esperándome

Y sigo esperándome pese a que ya esperarme ni sentido tiene. Sé que no vendré, o que llegaré tan tarde, que cuando llegue, ya me habré ido. 

Amenaza

Llegará un día en el que me levante por la mañana y, como hoy, todo esto ya no me sirva. Llegará un día en el que no me basten ni las tijeras ni los nudillos. Llegará un día en el que a bofetadas no pueda aplacar la histeria. Llegará un día en el que chille y sangre de verdad, y no como chillo y sangro ahora, entre bolsas de edulcorante, entre arañazos paralelos que no se desbordan, sólo me contienen.

Llegará un día en el que nada sea nada, y todo se derrumbe. Llegará el día de cumplir amenazas. 

lunes, 7 de mayo de 2012

Empezar

Y entonces, de repente un día, sin esperarlo, sin que nada lo vaticinase, sin que hubiese indicios, ni pistas, ni señales, un día de repente, sin darme cuenta, dejé de llorar. Y sonreí de nuevo. 

domingo, 6 de mayo de 2012

Todas las noches menos la Noche

Todas las noches la dejaba escaparse. Todas las noches salía la gata a maullarle a la luna. Todas las noches le dejaba yo un poco abierta la ventana, sin que Ella se enterase, por supuesto, porque me mataría; para que la pobre gata se escapase un ratito de la rutina de sus cuatro paredes, y se perdiese por los tejados, libre, sin que nadie le permitiese o le prohibiese nada. 

Todas las noches se escapaba la gata, y todas las noches regresaba al ratito. Todas las noches, menos la Noche. Y yo sabía que era culpa mía. Ella lloraba y no lo entendía. Y yo miraba inquieta la ventana entreabierta, rezando en silencio, siseando bajito, llamándola callada, pero llamándola a gritos.

El poeta

El poeta mata a sus víctimas sin inmutarse. Sin titubear, clava el puñal en lo más hondo, hasta sentir brotar la sangre tibia, hasta sentir el olor intenso de las entrañas. Les mira a los ojos, y, saboreando el segundo, retira con brusquedad el estilete. 

Y la víctima, que aún no lo se lo cree, se desvanece. El poeta se aleja amparado por las sombras, y sólo quedan, inundando los callejones sombríos, ríos de tinta bermellón tiñendo los charcos. 

Lo prometo

Mañana cambio el mundo, lo prometo. Lo deshago, lo compongo, me lo invento. Mañana muevo el mundo, lo prometo. Sabes que no miento. Sabes que lo digo siempre y siempre lo intento. Que me levanto, lo descoloco, lo agito y lo inquieto. Sabes que me acuesto y que lo sueño. Mañana me como el mundo, lo prometo. 

Menos los ojos

Los ojos no, eso tiene que quedar claro. Del resto pueden llevarse lo que quieran. Pero los ojos no. Los ojos no se los doy a nadie. Imagínate que los regalo y luego pasa como en aquella novela, y no puedo ver más allá de la vida... Si... tienes razón, en aquella novela el esqueleto tenía un ojo de cristal, por eso veía. Me da igual, como sea. Los ojos no, eso hay que poder marcarlo en alguna parte. Lo que sea, lo regalo todo, menos los ojos. 

Cuando me preguntó

Cuando me preguntó porqué prefería estar triste no supe muy bien qué contestarle.

Perdí la mirada tras los barrotes de la ventana. Fuera se veía un jardín, muy grande, con muchos árboles. Una anciana caminaba sin rumbo fijo, lentamente, como desorientada. Dijo mi nombre con tono imperativo, y repitió la pregunta. Me miré las manos, sobre mi regazo, y pensé que odiaba aquellos pantalones de pana marrón que mamá me obligaba a ponerme, pero que eran calentitos. Y que en la habitación hacía frío.

Repitió mi nombre otra vez. -¿Por qué prefieres estar triste?

Le clavé la mirada y tragué saliva. Comencé a hablar. Y así empezó todo. 

Domingo

Comiendo moras, con las piernas balanceándose, sentada en el muro, se pasó el verano. Fue como salir de un largo sueño que sabe a poco. Como un domingo desocupado. Me dejó el enfriar de la tarde, las colas de las lagartijas, postillas en las rodillas. 

Egoísta

Dime que no he envejecido, dime que he madurado. Llámame bonita. Di que en mi sonrisa fue lo primero en lo que te fijaste. Di que echas de menos oírme reír, que echas de menos verme ilusionada. Recuérdame cómo fui feliz antes, dibújame cómo seré feliz en el futuro. Acaríciame el pelo. Llámame niña. Trátame como si fuese de cristal cuando veas que me rompo. Deja que me rompa, contra las paredes, contra los espejos, contra las tijeras y las ventanas, y recompón mis pedacitos. Con paciencia, miles de veces, todas las veces que jugaré a destrozarme. Mírame sin prisa, o, por lo menos, no esquives mi mirada. Pregúntame si te quiero y oblígame a recordártelo. Dime que me quieres de manera repetitiva y exagerada, para que no me falte nunca aire. Sonríeme, como a los gatos, como a los niños. No me sueltes la mano. No sabré compensártelo, de eso no hay duda. No sabré devolverte nunca todos los favores. Y siempre pediré más y más sin dar quizás nada a cambio. Arañaré, bufaré, me morderé una y mil veces, rugiré y lloraré, y me dolerá el estómago. Pero quiéreme un poco, tan sólo un poquito, y nunca me atreveré a irme de tu lado. 

sábado, 5 de mayo de 2012

Grietas

Las aceras grises se agrietaban, como los surcos de mi cara, con el discurrir de las estaciones.

Fotos

Por aquel entonces coleccionaba fotos de una chica que no tenía nombre. Recuerdo algunas, en las que aparecía de perfil, sentada en el alféizar, de espalda, apoyada contra los barrotes. Recuerdo sus ojos, lunares, gigantes, hipnóticos... Me asusta pensar lo mucho que se parece a Jane. Lo poco que se parece a mi. 

miércoles, 2 de mayo de 2012

Lloro

Lloro, lloro, lloro, lloro, lloro. Lloro, lloro, lloro. Lloro, lloro. Lloro, lloro, lloro, lloro. Lloro, lloro, lloro, lloro. Lloro. Lloro, lloro, lloro, lloro, lloro. Lloro, lloro, lloro. Lloro. Lloro, lloro, lloro, lloro, lloro. Lloro, lloro, lloro. Lloro, lloro. Lloro, lloro, lloro, lloro. Lloro, lloro, lloro, lloro. Lloro. Hasta que pierde su sentido. Lloro, lloro, lloro. 

martes, 1 de mayo de 2012

Renuncio

Me fui arrancando todas las plumas. Por aburrimiento, porque estaba harta de ver siempre los mismos colores, porque empezó a picarme y no podía parar. 

Estoy sola en mi palomar, no me importa tener este aspecto, no hay nadie para verme. Sólo mugre, palomina, y restos de mis plumas. Tampoco me importa no volar. 

Flores marchitas

Vi la belleza en las flores marchitas. El tiempo había pasado, nos habíamos hecho mayores.

De noche

Caminaba, empapado por el desconsuelo, con la capucha puesta y la cabeza gacha.

Mayo

Parecía recién estrenada la primavera, pero era mayo. El tiempo nos dio una bofetada en la cara. Mayo con sabor a marzo, remolcando siempre sus cuentas pendientes. Los días eran más largos, aunque no sabría precisar si eso era bueno, y como marzo se había consumido, y abril nos había dado una tregua, allí me encontraba yo, todavía, esperando paciente a que tú te decidieses. 

lunes, 30 de abril de 2012

Trozos de poesía

Trozos de poesía. A versos me desgarro. A ratos me ensombrezco. 

Círculos viciosos

Me encierro en mis propios círculos. Los recorro. Giro, giro, giro. Me paro, y vomito. Respiro y me encierro de nuevo. 

Esfuerzo

Cavé durante un rato. Al poco me dolían las manos y me sudaba la frente. Me senté en la hierba. Ni mi propia tumba merecía el esfuerzo.

jueves, 26 de abril de 2012

Pérdida

Debió de caérseme al bajarme del coche. Es extraño perder efectos personales. La cartera, la documentación, el teléfono, las llaves. Es extraño no poder entrar o salir, o arrancar. No poder identificarse o encontrarse, de repente, perdido lejos de ninguna parte, sin poder llamar a gritos a casa. Venid a buscarme. Debió de caérseme al bajarme del coche. No llevaba dentro nada demasiado importante. Sólo la fe y la esperanza. Pero a decir la verdad, los últimos meses, ya apenas las usaba. 

miércoles, 25 de abril de 2012

Mushnik

Me acerqué todo lo que pude al espejo para examinarme los ojos. Si, es posible que estuviesen un poco más amarillentos. Saqué el calibre de su funda y medí la distancia que va del párpado inferior al centro de la nariz. Del primer cajón de la cómoda saqué la agenda y la abrí por la página marcada. Anoté el resultado. Casi un cuarto de pulgada menos que la noche anterior. Me dirigí al pasillo. Descolgué el teléfono. Había llegado la hora de llamar al señor Mushnik.

martes, 24 de abril de 2012

Metamorfosis

E hice entonces lo que mejor se me daba. Dejé de llamarme presente y me convertí en recuerdo.

sábado, 21 de abril de 2012

Víctimas de abril

Los dos nacimos en abril: tú en julio y yo en noviembre. Abril siempre nos jode, es lo que tiene. Mira a tu alrededor, todo abril es azul. Azul como nuestros coches. El mío era gris y el tuyo verde. Yo cerré los ojos y me encogí, tapándome la cabeza. Tú los abriste aún más y te agarraste al techo. Estamos vivos. 

Piensa que estamos vivos si no puedes dormir. Dormir en abril me llevó algún tiempo. 

lunes, 16 de abril de 2012

Los brazos destrozados

Cuando ya no puedo sino gritar, uso las tijeras. Con ellas desgarro mi piel y mi carne. Con ellas desbordo la rabia sobre la mesa. Con ellas ahogo la frustración y la impotencia. Cuando ya nada me queda, me destrozo los brazos con las tijeras. 

Paseándose

Esta noche volvió a aparecer. Escondida yo en la ventana, de repente, le vi, profético. Había cesado el chaparrón y se sentía el goteo constante de los restos de lluvia saltar de las cornisas a la acera. El frío lo inundaba todo, mientras se me escapaba en forma de humo el domingo y el cansancio. Y sin esperarle, allí estaba. Es sigiloso, camina ufano, resulta estremecedor. Parece gigante. Cruzó el parque y luego atravesó la carretera, caminando ligero, pegado al paso de peatones, sin intuirme, y se metió por el callejón en el que me besaron la primera vez, el que lleva al garaje en el que se suicidó su padre, con su cola sinuosa casi rozando el suelo, duplicando su tamaño.

Esta noche, como si se supiese en mis cuentos, volvió el zorro paseándose. 

miércoles, 11 de abril de 2012

Jane

-Lárgate de esta ciudad, chica. -le dije -Aquí ya no te queda nada. Todos los que querías hace tiempo que se marcharon, y los que quedan nunca te han gustado. No pierdas el tiempo. No te quedes a esperar como éstos. Éstos no tienen ya nada que hacer, pero tú podrías esconderte en otra parte. Lárgate ahora que puedes, chica. Hazme caso. 

Y me miró, con sus ojos gigantes de Jane Birkin, y abrió un poco la boca, como si no lo entendiese. Como cuando llegó, como si el tiempo no hubiese pasado. 

La espera

Sin poder evitar el sudor empapar las manos, el tamborilear de los pies. Miro nerviosamente hacia lo inevitable, sacando la cabeza tímidamente por fuera de la hilera. Se me encoge la boca del estómago, lo que me acuchilla por dentro se llama ansiedad, y se cristaliza de forma dolorosa por las paredes de mi esófago, en los entresijos de los pulmones, me pesa, me asfixia. Avanzo un paso más y un poco más tiemblo. Repaso de nuevo los pasos exactos que  tendré que dar, sin creerme aún que vaya a darlos, tres zancadas, un salto, las palmas en el potro, los pies en el suelo. Cada vez siento menos aire, me duele cada uno de los latidos que  estallan en mis oídos. Avanzo un paso más y un poco más tiemblo. Queda uno menos. Llega mi hora. 

El primer gato

El primer gato negro lo trajo una tarde la mujer del Diablo.

Morir al norte

Yo también vine a morir al norte, al invierno interminable de los desterrados. También sostuvieron en sus manos mis tripas calientes los que se hacían llamar aliados, y me devoraron las fieras, también a mi me sacaron los ojos. 

Yo también vine a morir más allá del muro infinito que nos separa del mundo. También me deshice de mi vida, de mi nombre y mi pasado. También perdí mi palabra, y juré mi venganza. También vagué solo.

Yo también vi tus monstruos y peleé con tus bestias. Sudé y sangré, siempre mano a mano. Yo también fui soldado y fui cadáver. Yo también yací olvidado. Yo también vine a morir al norte. Al invierno interminable de los desterrados. 

Greta

Apilé las fichas de dominó hasta construir un castillo. Fue una gesta inenarrable que duró horas. Y al terminar, contuve la respiración un segundo. Es excitante ver como todo se desmorona. Y para finalizar Greta, desgastando sus nudillos, recogiendo cascotes. 

Sintonías para el destierro

Soñé que era yo el encargado de pulsar la tecla, que vivía encerrado dentro de la escotilla, poniendo uno tras otro los mismos discos, en un bucle infinito de sintonías para el destierro. Soñé que me dejaba barba y que navegaba. Nos soñé bailando rock and roll en la plaza del pueblo. Caía la tarde a gritos y no quedaban soportales en los que guarecerse. Soñé que bebía vermouth y llevaba un pañuelo rojo atado al cuello. Me agité sobresaltado y me hallé en mi cama. No sabría decir si en el pastoso cielo de la boca encontré algo dulce o amargo. Pero no era vermouth. Y cerré los ojos y volví a mi sueño. 

Perro sin dueño

A mi no me quieres como a los gatos. Y ya no duermo en tu garaje ni me acurruco en tu cocina. Aunque sigo maullando y afilándome las uñas contra los cartones, cada vez más bajito. No me quieres como a los motores que rugen, porque yo ya no rujo, ni tampoco acelero. No me quieres como me querías, como me quisiste, como querrías quererme. No me quieres como a las películas, no te emociono ni te embeleso. Ni como al café, no soy ya ni reposo ni reencuentro. Cada vez soy más un cajón vacío. Cada vez soy más un perro sin dueño. 

martes, 10 de abril de 2012

Azul

Azul, tal y como apuntaban las predicciones, amaneció rojo.

La hermanastra malvada

Yo no era de esas que se lo gastaban todo en sonreír. Siempre había preferido las miradas altivas y los gestos de desprecio. Quizás porque era la fea y, jugando en el patio trasero, nunca me tocaba ser la princesa, siempre la hermanastra malvada. 

sábado, 31 de marzo de 2012

Despegándose las letras

Y cuando menos lo esperaba, comenzaron a despegarse las letras de las paredes.

Fueron cayendo primero las de las líneas superiores, como si fuesen las hojas de un árbol caducifolio. Al principio me esmeré en recogerlas con cariño, apilé todos los libros de poemas que me has ido escribiendo con los años, y me subí a ellos para colocar en su sitio las capitulares, que, por su peso, fueron las primeras en besar el suelo.

Pero poco a poco comenzaron a acumularse. A despegarse por una esquina, y por la opuesta, se despegaban ya los versos que ocupan las últimas líneas, los que encabezan los poemas, y los del medio. Se caían las vocales, las consonantes, y los signos de puntuación eran de repente los únicos que vestían las líneas desnudas. 

Intenté guardarlas en los bolsillos, que no se me arrugasen, intenté que no se pegasen entre ellas, intenté que no se rompiesen...

Sudaba, y no tardó en llegar el momento en el que sentir las lágrimas ascendiendo veloces hacia la cuenca de mis ojos... Temblé al pensar que estallaría otra vez.

El resto me miraba desde una esquina, recostados, algunos ya durmiendo. ¿Para qué te molestas? Me dijeron. Los poemas se caen, se despegan, se olvidan, se mueren. ¿Qué ganas luchando por lo inevitable? 

miércoles, 28 de marzo de 2012

Dibujo letras

Me sobran y me faltan astas y brazos. Los ojales se me quedan pequeños y me asfixian. Me corto las orejas, deformo los anillos y los remates. El blanco interno se me antoja infinito. 

Subiendo

Se hace difícil no perder la cuenta de los peldaños. Subo, subo, subo, y mis pulmones alquitranados no bombean los litros de oxígeno suficientes para llegar al final de las canciones de Led Zeppelin, y tengo que parar a respirar en la ventana abierta al vacío. Subo, subo, subo y ya llego. En espirales me mareo, siempre hacia arriba, siempre subiendo. 

martes, 27 de marzo de 2012

Gajes del oficio

No vendes tu sangre, pero todo son traiciones. El fiel reflejo del mundo. La sombra diluida de todos los grandes que hemos perdido. Los sacrificios justificados y los cadáveres en el armario. Es lo cotidiano de la lucha, los días vencidos, las muertes a cuestas, los versos ganados, los ocasos sombríos. 

Cantantes de autobús

Le regalé en una sonrisa mis labios tangerine tango, y las perlas de mis dientes. Con paso apurado solté unas monedas y le miré desafiante. Llevaba el sombrero vaquero calado hasta las cejas y entoné el final de la estrofa con la mirada, y la sonrisa, clavadas con esmero. Rasgó las cuerdas, vocalizamos al unísono. In them old cotton fields back home. Me giré, y le sonreí de nuevo. Y me sentí a una milla de todas partes. 

Murciélagos en la ventana

Hoy la ventana olía a cardillo y a kiwi. Silbaban histriónicos los murciélagos, paseándose en ráfagas veloces, con sus alas afiladas.

lunes, 27 de febrero de 2012

Los días de sol

El sol de invierno, la gente cansada, la ciudad en calma, la milicia en las calles.

Bucle

Soy un bucle de dolor infinito. Nunca doy tregua. Siempre hago daño.

Estados de ánimo

Oscuros e inestables.

Lastre

Caminé por los senderos embarrados, dejando caer trocitos rotos de mis poemas inacabados, dibujando en el suelo el camino de vuelta.

Juegos de luces

Los juegos de luces me mantuvieron absorta. Escupió entre convulsiones todas y cada una de las promesas. Habló de mi mil veces, me miró a los ojos mientras mi espalda desnuda temblaba ante el sudor y el desconsuelo. Voló y volé y toqué con los ojos el cielo del teatro. A mis fantasmas y a los hijos de puta se les encogieron las entrañas. Y todo fue azul y rojo y amarillo. Y las imágenes entrecortadas por los flashes se grabaron en mi retina. Cierro los ojos y escucho su voz. Taladran mi mente todos sus poemas. Sufro. Hasta en el placer, encuentro sufrimiento. 

Purga

Y los días se convirtieron en una sucesión de páginas en blanco. Y al final terminé por emborronarlas, como siempre, con estúpida poesía. 

jueves, 9 de febrero de 2012

Y es posible

Y es posible que se me escape el tiempo en los meandros ondulantes y sinuosos de los días, en los que los colores cambian de forma a medida que la luz incide sobre ellos. Los círculos rojos, azules y verdes, transmutados en los ojos que me miran y me acechan, desde la cercanía y la distancia. 

Y es posible que se escape el tiempo a borbotones, expulsado, escupido, a gritos y a regañadientes mientras me desespero bajo los cielos estrellados, bajo todos los cielos estrellados, los de las estrellas de colores, los huérfanos de estrellas, los tiempos infinitos, el sol de otoño y la tormenta de primavera, que se desató sobre mi y me dejó oscura y vencida.

Es posible que se me escape el tiempo o que incluso que el tiempo mismo no exista. Y yo sea un ente anclado y ausente entre los estores que dibujan paisajes marineros que a veces odio y a veces quiero. Es posible que ni yo sea yo ni el tiempo, tiempo, e inconclusa e impretérita, me deslice sempiterna por mis sueños imposibles, llenos de hielo y arañas. 

Y es posible que el frío sea frío y mis llantos eternos. Y mi sonrisa descuidada y a veces abyecta, abatida e insensible, a veces olvidada. Y es posible que los gritos sean ahogados y las caras recién lavadas ni padezcan ni sientan ni mucho menos, a veces, vivan.  

Es posible que los segundos no sean exactos y se anclen y se desvanezcan. A veces, todo es eterno. Y sin embargo, todo es efímero. 

domingo, 5 de febrero de 2012

La niña que no sabía reír

Entre los montones de papeles que quizás me recogen y no recuerdo, sólo encontré de ella el título. 

La fauna de todos los días

La fauna de todos los días, aburrida a fuerza de repetirse diariamente en la misma composición mosaica, se desliza ante sus ojos. 

En los bolsillos del chaquetón verde

El frío de la noche que se abalanza sobre la ciudad le da una sonora bofetada al traspasar la puerta y pisar la calle. Se ha olvidado los guantes, así que se apresura a meter las manos en los grandes bolsillos de su chaquetón verde. Con mirada de niña, escruta a aquellos con los que se cruza camino de la parada del autobús. La navidad está cerca.

Eco

Eco odia su trabajo. Odia la monotonía de sus días estériles. Odia su pequeño apartamento, lejos de todas partes. Odia a su madre y a su monólogo incansable por teléfono una vez cada dos semanas. Odia sus amigos, sus noches de borrachera, sus ocasionales rayas de cocaína, sus fotos amontonadas en álbumes llenos de polvo, sus recuerdos de la infancia y los temores que la sobrepasan. 

En resumen, Eco odia su vida, todo lo que conoce y todo lo que tiene. 

Las chicas en invierno

Antes de conocer a la chica de los problemas mentales ya había escrito sobre una muñeca de cuento francés que viaja en autobús, odia su trabajo y esnifa cocaína. Mucho antes de ver Ameliè, mucho antes de hace tiempo, mucho, mucho antes. Supongo que los chaquetones verdes, azules, rojos, son una de las razones que hacen que me gusten las chicas en invierno. 

Deshaciendo cajones

Deshaciendo cajones, encontrando recuerdos, pasando el domingo.

Quizás porque llueve, o porque me noto envejecida, porque aunque no diga nada, pienso en mucha gente. 

martes, 31 de enero de 2012

Hormigas

Al salir del teatro, una marabunta de hormigas de colores inundaba las aceras. Me rodearon y caminé entre ellas. Cuando se disgregaron entre las calles de la ciudad, subí la cuesta y la observé desde la distancia. 

sábado, 28 de enero de 2012

Todas las horas del día

Y fue así como pasaron, dándoles yo la espalda, todas las horas del día por mi ventana.


Nació el sol tímido y el ventanal congelado abrió los ojos como platos. Me senté en la silla y hundí la cabeza en universos conceptuales, de formas orgánicas y cromatismos diversos. La luz se comió la estancia y las lágrimas de rocío corrían alegres por los cristales, con el sabor agridulce de las canciones inmensas que colapsaban la radio. Las formas se tornaron difusas y más tarde concretas, y los colores danzaron en mi caleidoscopio infinito. Y corrí las cortinas y difuminé la caída la tarde, con la habitación naranja, la ventana azul, la cabeza encerrada en mi caja de luces. Y cuando parpadeé sólo me alumbraba las manos el foco. Y los faroles a mi espalda eras gotitas rojizas reflejadas en el espejo. Y bajé la persiana a media asta. Y el degradado fue decreciendo hasta que todas las tintas del día se fundieron a negro. 


Y así fue como pasaron, dándoles yo la espalda, todas las horas del día por mi ventana. 

viernes, 27 de enero de 2012

Tiempos de ruina

Y se escurrían los días en nuestra postguerra en ruinas. Tocaban en las esquinas escuálidos acordeones los músicos callejeros. 

jueves, 26 de enero de 2012

Y de repente

Y de repente fui consciente de nuestra propia grandeza. Y me di cuenta de que también nosotros tenemos el maletero lleno de cadáveres exquisitos, trozos de papel por todas partes, llenos de escritura gradativa y caótica, pleonasmos orgásmicos, quiasmos y retruécanos. Y también nosotros cambiamos el nombre a todas las palabras.  

miércoles, 25 de enero de 2012

Mi chica francesa

Tengo una chica francesa anclada en mi puerto. Me despide y aguarda mi regreso, en su ensenada tierna, con mis enseres en consigna, con sus ojos ondeando al viento, alumbrando mi retorno, bendiciendo cada una de mis partidas, limpiando mi muelle de estrellas.

Tengo una chica francesa que baila haciendo piruetas sobre lo discos que giran. Vive en su cajita de música sobre la aguja del tocadiscos. Se mueve y danza traviesa, sorteando blancas, negras y corcheas.

Tengo una chica francesa encadenada a mi cama. Desde allí me susurra palabras inventadas, que me provocan e inquietan. Me mira con sus ojos de luna, infinitos de tan grandes. Con sus ojos de gata, que son suyos y no míos. 

Tengo una chica francesa amarrada a mis pulmones. Desde ellos canta y chilla. Los muerde hasta que me duele respirar, y les insufla, cuando me falta, esquirlas de vida. No soy yo, sino ella, la que habla, la que declara y se pronuncia. Es ella la que oyes reír y llorar, e increparte, blasfemarte y romperte en trocitos. Yo soy la que esconde la cara. La que no quiere mirarte. La que abandona el puerto y parte a la deriva. La que se encierra en su desván y se tapa los oídos para no escuchar lo que el mundo llama música. La que duerme en los tejados. La que se pierde y olvida. 

martes, 24 de enero de 2012

Ira

Le oigo reír en el piso de abajo y la ira me enloquece. Inspiro hondo, aguanto un segundo el oxígeno dentro, y exhalo con ira mi aportación contaminada a la atmósfera. Me miro en el espejo, me sonrío. Me digo sin decir nada todo lo que diría si ahora bajase las escaleras y me volviese loca. 

Haría temblar el mundo. Se derrumbaría el edificio. Se borraría tu estúpida sonrisa. Sería un día digno de ser recordado. 

Martes

Era Martes y, pese a no hacer calor, el cielo estaba despejado y te sonreía tímidamente, aunque fuese un beso gélido que se colase en tu boca con el vaho que expiras. 

Pensé en si estaba siendo un invierno igual o diferente a los inviernos anteriores y no supe decirlo. Ahora tengo más miedo que antes a la oscuridad y a los reptiles. Pero me gustan más canciones, mucho más que muchas otras antes. Y hay días en los que el café es más aromático, más reconfortante y más domingo que nunca. Y otros días en los que la leche está agria, o sale muy flojo, o sabe a cenicero. 

Era Martes y olía a salmón en la cocina, y el sol descongelaba las calzadas para darme tregua. Salí a la ventana a respirar un poco y traté de contagiarme de la vida en las aceras. Canté una canción y suspiré hondamente. Pronto sería de nuevo de noche. 

Esgrima

Y haré justicia y blandiré mi espada. Podéis comenzar a temerme, miedos irracionales que os escondéis con los monstruos que habitan en universos tenebrosos e imposibles debajo de mi cama.