Si el tiempo lo contase en función de las veces que lloro, habría pasado hoy un siglo, y no un año. Si el tiempo lo contase en función de todo el sufrimiento que en ti he ocasionado, hoy sería tan vieja que no podrías reconocerme en mi cara. Si el tiempo lo contase en función de todas las noches que he pasado en vela, sintiéndome sola, vacía y culpable, no quedaría más tiempo que contar, ya me lo habría consumido todo.
Si contase el tiempo en poemas, la vida habría sido tan larga como en realidad ha sido.
La vida habría sido como cada sol que nace. La vida habría sido rosa, como Desiderata. Estaría llena de cariño y dulzura, de chicas desnudas y carencia de miedo o vergüenza. La vida habrían sido rimas a veces forzadas, como las sonrisas de los últimos meses; la vida habría sido una lucha constante, como la poesía revolucionaria post-adolescente, amarilla roja y verde; la vida habría sido agria, como los versos inconexos escritos en mayúsculas, como la niña de la boca cosida, como el vientre agrio y muerto, como los chillidos y los lamentos, y los dibujos en los márgenes, convertidos en borrones. La vida habría sido la muerte de la musa, habría sido extraña y confusa como la noche en la Ciudad de los Caballeros. La vida habrían sido pequeños fragmentos de los que sentirme orgullosa. Habría sido el error imperdonable de los reencuentros del veinticinco de julio. La vida habría sido la redención y el perdón de cada nuevo cuaderno. La vida habría sido un puñado de maullidos rimados en gallego.
La vida habría sido tal y como fue si en función de poemas contase el tiempo.
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