El poeta mata a sus víctimas sin inmutarse. Sin titubear, clava el puñal en lo más hondo, hasta sentir brotar la sangre tibia, hasta sentir el olor intenso de las entrañas. Les mira a los ojos, y, saboreando el segundo, retira con brusquedad el estilete.
Y la víctima, que aún no lo se lo cree, se desvanece. El poeta se aleja amparado por las sombras, y sólo quedan, inundando los callejones sombríos, ríos de tinta bermellón tiñendo los charcos.
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