Sin poder evitar el sudor empapar las manos, el tamborilear de los pies. Miro nerviosamente hacia lo inevitable, sacando la cabeza tímidamente por fuera de la hilera. Se me encoge la boca del estómago, lo que me acuchilla por dentro se llama ansiedad, y se cristaliza de forma dolorosa por las paredes de mi esófago, en los entresijos de los pulmones, me pesa, me asfixia. Avanzo un paso más y un poco más tiemblo. Repaso de nuevo los pasos exactos que tendré que dar, sin creerme aún que vaya a darlos, tres zancadas, un salto, las palmas en el potro, los pies en el suelo. Cada vez siento menos aire, me duele cada uno de los latidos que estallan en mis oídos. Avanzo un paso más y un poco más tiemblo. Queda uno menos. Llega mi hora.
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