viernes, 11 de mayo de 2012

Canadá

La mano temblorosa en la cerradura del regreso, y en las sienes palpitando frenéticas todas las palabras que llevo horas escogiendo, imperativo el pensamiento de mantener la calma, de ofrecer una disculpa, de saber expresar que no es sólo arrepentimiento. Y girar la llave, y sujetar con firmeza las lágrimas desbocarse con sólo adivinar la silueta reflejada en los azulejos. Canadá. Paso titubeante y mirada gacha, y el tono más quedo que podría llegar a ofrecerte. Me clavas el odio, no me das chance. 

Sé que mis palabras manidas no bastarían, pero ni siquiera un segundo tengo para enseñártelas. Me ofendes, me enfadas, me da asco: me dices. Y camino lentamente, con la autocompasión descompensándose en magnitudes exageradas, y el humor en los ojos al borde mismo del abismo, y me escondo en mi rincón, a lamerme la sangre, de manera literal y metafórica. Y ya estoy en casa. 

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