Todas las noches la dejaba escaparse. Todas las noches salía la gata a maullarle a la luna. Todas las noches le dejaba yo un poco abierta la ventana, sin que Ella se enterase, por supuesto, porque me mataría; para que la pobre gata se escapase un ratito de la rutina de sus cuatro paredes, y se perdiese por los tejados, libre, sin que nadie le permitiese o le prohibiese nada.
Todas las noches se escapaba la gata, y todas las noches regresaba al ratito. Todas las noches, menos la Noche. Y yo sabía que era culpa mía. Ella lloraba y no lo entendía. Y yo miraba inquieta la ventana entreabierta, rezando en silencio, siseando bajito, llamándola callada, pero llamándola a gritos.
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