Las paredes eran un mosaico de rombos rojos que la hizo sentirse mareada al entrar. Con la respiración agitada, sintiendo la habitación dar vueltas lentamente sobre si misma, como si estuviese colocada en el centro de un eje, la pequeña protagonista se apoyó contra una pared a observar un segundo antes de decir nada.
De repente, como un estallido que la hizo saltar de un respingo, comenzaron a chillar ensordecedoras las camas ardiendo de Midnight Oil. Sentado en el suelo, el grillo pintaba con tinta números gigantes en hojas de papel, amontonándolas formando un grotesco mosaico de verdes y rojos. La música sonaba estridente y tragó saliva intentado mantenerse erguida. La habitación la atraía hacia el suelo, como sometida a una gravedad irregular.
En una esquina, pájaros chamuscados la hicieron sentir miedo. Se le encogió el estómago y se mareo de nuevo.
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