lunes, 18 de junio de 2012

Los gatos bajo la escalera

De tanto empujar la tablilla, la metieron hacia dentro, y los gatos se colaron bajo un peldaño, hacia el interior de la escalera. Uno llevaba bufanda, y el otro sombrero. O eso le pareció cuando abrió de repente la puerta de la entrada, a tiempo para ver con nitidez el rabo del último, introduciéndose veloz por el agujero. 

Las comidas en casa de la tía Nieve era aburridas y todo olía a verdura cocida. La cocina, el espacio a cubierto en que el, en el jardín delantero, ya se encontraba la mesa preparada, y sus manos, cuando le agarraba la cara al llegar, para obligarla a darle un beso. Se había apurado a escabullirse cuando la mandaron a lavarse las manos. -Al lavabo de arriba, no. -había ordenado la tía Nieve. -Usa el que hay bajo la escalera. 

Abrió la puerta con sigilo, esperando sorprender a los gatos bebiendo en la pila, o enredados en el papel higiénico, pero se sorprendió al encontrarse que la puerta bajo la escalera no daba a ningún lavabo. Entró y los zapatos nuevos se mojaron por la hierba húmeda. Estaba en el jardín de atrás. A alguien se le había olvidado cortar el césped, y crecían por todas partes flores de colores desordenados, muchas con espinas. Algunas gigantescas, otras diminutas.

Y en el medio del jardín, otra puerta. Solitaria, montada en su dintel como si pudiese tener su presencia allí algún sentido. Como un centinela. Como una escultura. Cerrada. Esperándola.

La pequeña protagonista se acercó dudando y, como asumiendo como impensable otra cosa, empujó la manilla, abriéndola, y cruzó al umbral. Al cerrarla a su espalda todo se oscureció durante un segundo y, al hacerse la luz de nuevo, supo que tendría que atravesar muchas más puertas para recorrer el camino que había encontrado, o para encontrar el camino de vuelta. 

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