Era primavera, y los militares aprovechaban el buen tiempo para sus ejercicios en la gincana. Algunos curiosos nos agolpábamos a observarlos tras las rejas. Cada día había más tráfico, más coches subidos a las aceras, y yo apuraba el paso sorteando los obstáculos, en forma de señoras con carrito y cacas de perro. Cada día había más policía. Y entre el bullicio se tejían estampas imprevistas. En aquel momento, conmigo retirándome el pelo de la cara, que el viento incesante se encargaba de hacer bailar demente, se hizo paso a través de la calle infestada un trenecito de juguete gigante, con una chimenea brillante y tres vagones, y un rótulo a cada lado, deseando feliz navidad a los transeúntes.
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