Era como si, al adentrarse, la habitación se hiciese más y más larga. Al fondo seguía estático como un faro, el halo de luz que se colaba por debajo de la siguiente puerta. La pequeña protagonista dio un paso, y otro, y otro y otro y otro más, y la habitación, estrecha y húmeda como una gruta, le recordó una canción muy concreta. Poco a poco las baldosas se fueron cubriendo de grietas, y las grietas de hierba, y caminó todo el tiempo deslizando los dedos por la pared, como si pudiese sentir el puerto, como si pudiese sentir las gaviotas y los faroles, como si pudiese oler el cansancio y la derrota, hasta que llegó a la siguiente puerta.
Era pequeña, apenas un cuarto de su tamaño. Se arrodilló en el suelo y giró el pomo. Se abrió sin problemas, y una explosión de luz le tiñó la cara de naranja.
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