El castillo, de muros de piedra y cristales rotos, se erguía olvidado frente a la ría que nos había visto crecer y derrumbarnos. Asistió en silencio a nuestro paseo, a la lluvia asediante y a decenas de fotos. Guardo de esa tarde un beso en primer plano. Guardo hojas amarillas y una chaqueta de cuero. Era noviembre. La vida comenzaba. Éramos jóvenes.
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