Lloraba a veces como un niño. Se encogía en sus rincones y se deshacía en llanto, en gemidos agudos e inconsolables. Lloraba de nerviosismo, de ansiedad cruel e incesante. Rompía en sollozos, musitaba lamentos, se quejaba de no saber la causa exacta de su atroz pena. Yo le acariciaba la cabeza, en silencio, sin saber muy bien qué decir la mayor parte de las veces. La ternura que su dolor me producía no era capaz, ni entonces ni ahora, de explicarla con palabras corrientes. Compré otro cuaderno. En él garabateé símbolos inventados con los que escribirle un nuevo cuento en el que ahogar su condena.
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