lunes, 8 de octubre de 2012

Sanatorio, mortuorio, cautiverio

Yo llevaba un pijama blanco que me quedaba grande en tallaje y en competencias. La madre había muerto y mientras el personal cubría el cuerpo con una sábana blanca, y desbloqueaba los frenos de la camilla, la hija buscó consuelo en los ojos de todos los presentes.

Me clavó la mirada y yo, al segundo, la clavé en el suelo. Los ojos se me inundaron de lágrimas. Tuve que escaparme de allí, esconderme muy lejos. La muerte era una constante presente en cada movimiento, convirtiéndose en una rutina que me quemaba por dentro. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario