Éramos cuatro, pero peleábamos como si fuésemos cientos. La vida no era fácil en los páramos, alrededor todo estaba yermo, baldío, y pasábamos más frío del que había llegado a imaginarme. Las manos amoratadas y yagas en los pies. Me dolía el estómago cien veces al día. Y aún así nos reíamos. Cuando la noche era tan oscura que más que noche era puro miedo, sentados en torno al fuego nos reíamos. Nos pasábamos el pipote y nos contábamos historias unos a otros. Tenían que oírse a kilómetros nuestras carcajadas atravesando la llanura desolada. No había ni luna, pero ahí seguíamos nosotros.
Éramos soldados. Nuestra propia Guardia de la Noche. Éramos los músicos del Titanic, tocando mientras el barco se hunde. Mordiendo, gruñendo, arañando. Éramos lobos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario