domingo, 30 de septiembre de 2012

Veintiocho de Junio. Todas las noches son noches de Martes.

Hoy lloré tres veces. Dos y media, para ser más exacta.

La primera de todas fue conduciendo camino a casa. Paré en el ceda que hay antes de mi calle, y vi a un señor esperando en la acera. Me recordó a una tarde, hace seis años, en la que vi al abuelo Ignacio mientras bajaba andando por la Plaza del Carmen. No era él. El frío me congeló al darme cuenta de que el abuelo está muerto.

La segunda vez fue con la tarde escurriéndose en el reloj, cuando apuro el segundo exacto de encenderse las farolas para el último cigarro vespertino. Se acercó despistada la gata blanca. Intenta maullar, como el gatito de Alba, pero no puede, sólo emite algo que, con dolor, parece ser un sonido. "Vuelves ahí, gata", le dije. Y se acercó a mi lado, se sentó en el suelo, y comenzó a lamerse. "Cuántas aventuras vivirás, gata... y qué sola". Y al pensar eso, lloré de nuevo.

La última vez que lloré hoy, la que hace la media, fue hace un segundo inexacto. Pero eso es demasiado triste para una noche de martes.

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