Estática la pared que tengo al frente, como estático estoy tumbado en la cama. Por la ventana ligeramente abierta se cuelan los ruidos insignificantes de una calle residencial. Un coche que pasa discreto, pasos, ladridos de algún perro. Lo único que se mueve aquí dentro es mi pecho, subiendo y bajando cadencioso a medida que respiro, y la espigada aguja del segundero. La miro. Está en el siete. Y acompaso mi respiración a su ritmo de metrónomo mientras asciende por la esfera. Cuando llega al doce, se detiene.
Contengo la respiración un segundo, y se acompasa a mi ritmo de nuevo. La observo marcar los segundos, marchando ahora hacia atrás, volviendo al once, y al diez y al nueve. Girando en sentido invertido se mueve el reloj en mi barco a Venus.
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