Una explosión de luz le tiñó la cara de naranja. Agazapada tras el diminuto umbral se asombró al encontrarse su habitación de niña. Acercó la cara cuanto pudo, sin atreverse a meter dentro la cabeza. La misma habitación en la que duerme ahora. Pero la de cuando era pequeña. La misma cama, los mismos muebles, los mismos libros, que no son los mismos, a primera vista algunos menos gatos.
Se le encogió la boca del estómago hasta marearla, al imaginarse lo inquietante de Alicia cruzando el espejo. Ahogó el vómito en una inspiración profunda, y metió primero el brazo izquierdo.
No creyó que con su tamaño fuese capaz de acceder al cuarto por aquella puerta. Tampoco quería. Tembló al imaginarse que la esperaban las garras de su propio galimatazo de poesía invertida. Su aliento fétido y sus afilados colmillos, escondido acechando, esperándola oculto encima del armario, dispuesto a abalanzarse sobre ella y enfrentarla a sus temores, haciéndole leer sus poemas frente al espejo.
La luz naranja dibujaba extrañas formas proyectando sus movimientos contra las paredes. Pero no le quedaba más remedio. Tampoco quería tener que deshacer el camino recorrido, y elegir de nuevo otra puerta en la habitación de los rombos rojos.
La luz naranja dibujaba extrañas formas proyectando sus movimientos contra las paredes. Pero no le quedaba más remedio. Tampoco quería tener que deshacer el camino recorrido, y elegir de nuevo otra puerta en la habitación de los rombos rojos.
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