Estar rota era terrible. No era doloroso, como podría parecer en un principio. Dolía, un poco, un dolor agudo, como los pinchazos en el pecho cuando subes corriendo los cinco pisos que llevan al abismo, sobre todo en las aristas de los trozos pequeños, pero eso no era lo más importante. Lo terrible de estar rota era el incordio que suponía ir olvidándose trocitos por todas partes. No había sitio en el que no me apoyase un momento, lugar en el que me sentase, me agazapase o me escondiese, en el que no se me olvidase algo. Se hacía muy difícil llevar la cuenta de tantas piezas, sujetarlas constantemente para que no se desencajasen, intentar mantenerlas unidas. Me dejaba trozos por todas partes. Y no siempre era capaz de recordar dónde los había visto por última vez, no siempre podía deshacer el camino y tener la suerte la encontrarlos. Perdí tantos trozos que había partes de mi de las que ya no quedaba nada. Y luego llegó el verano, y todos los trozos que tenían un canto al aire, se secaron.
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