Le obligo a prometérmelo. Lee el periódico en la cocina con la imperturbable calma de los que viven en paz. Me acerco dubitativa, ordenando las frases en la cabeza, y dejo el tazón vacío en el fregadero. Mis sollozos no me dejan hablar como una persona normal, me expreso balbuceante.
-Quiero que me prometas, -le digo -que vas a quererme siempre. Aunque no pueda ser feliz, aunque sea así, como soy ahora, toda la vida, por favor, quiero que me prometas que vas a quererme siempre.
Y me abraza, y me dice "cómo no voy a quererte".
Me pregunto si al cerrar a mi espalda la puerta, mi infelicidad le inquieta.
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