jueves, 18 de octubre de 2012

El naufrago errante

Te imagino como una sombra despeinada sentada frente al mar, en una mano la copa y en la otra el bolígrafo. Ante tus ojos, los ojos del horizonte de una bahía nicaragüense.

Te imagino deshaciéndote en un cuaderno de anotaciones desordenadas, de letras pequeñitas y frases apelotonadas. Te imagino sentado discreto, te imagino rodeado de un aura vibrante. Imagino tu mirada clavada en el devenir sempiterno de un mar en calma,  garabateando versos, narrando con tu vida las vidas de todos los que no vivimos en tus huesos.

Te imagino etéreo, mágico, brillante, lúcido, extraordinario. Aunque tu cuerpo flaco y tu mirada huidiza no te dibujen sino como terrenal, cotidiano, ordinario, normal y corriente. 

Aunque no seas divino, sino humano. Aunque tus manos sean huesudas, como las mías. Aunque tu yo verdadero no sea más que un verso de los ojos de gata que cantaban los secretos. Aunque seas vulgar en el orden natural de los días, eres el encantamiento de la metáfora perfecta. Y en tus metáforas me pierdo, mientras tropiezo constante contra tu vano correr tras lo imposible. Mientras se me clavan en el alma todos tus anzuelos, alcanzas para mi el grado de deidad infinita. 

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