miércoles, 25 de enero de 2012

Mi chica francesa

Tengo una chica francesa anclada en mi puerto. Me despide y aguarda mi regreso, en su ensenada tierna, con mis enseres en consigna, con sus ojos ondeando al viento, alumbrando mi retorno, bendiciendo cada una de mis partidas, limpiando mi muelle de estrellas.

Tengo una chica francesa que baila haciendo piruetas sobre lo discos que giran. Vive en su cajita de música sobre la aguja del tocadiscos. Se mueve y danza traviesa, sorteando blancas, negras y corcheas.

Tengo una chica francesa encadenada a mi cama. Desde allí me susurra palabras inventadas, que me provocan e inquietan. Me mira con sus ojos de luna, infinitos de tan grandes. Con sus ojos de gata, que son suyos y no míos. 

Tengo una chica francesa amarrada a mis pulmones. Desde ellos canta y chilla. Los muerde hasta que me duele respirar, y les insufla, cuando me falta, esquirlas de vida. No soy yo, sino ella, la que habla, la que declara y se pronuncia. Es ella la que oyes reír y llorar, e increparte, blasfemarte y romperte en trocitos. Yo soy la que esconde la cara. La que no quiere mirarte. La que abandona el puerto y parte a la deriva. La que se encierra en su desván y se tapa los oídos para no escuchar lo que el mundo llama música. La que duerme en los tejados. La que se pierde y olvida. 

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