La echo de menos por muchas razones, pero más que a ella, echo de menos la forma en que la quería. Era extravagante, inquieta y volátil. A veces hablaba o se comportaba como una niña. Sin embargo, su historia la dibujaba como mucho más madura de lo que aparentaba.
Desgastábamos el empedrado de la ciudad en zapatillas. Escribíamos con tiza en las paredes. Bebíamos licor café viendo películas antiguas. Recuerdo haberme reído como nunca en mi vida. Y aunque a ratos fui feliz, no fue mi mejor momento. En realidad, fue la peor de las peores épocas enterradas, peor incluso que los insultos y el acoso de la infancia; peor que el confinamiento adolescente, peor que la cárcel de hormigón, pladur y sangre.
La echo de menos, pero no porque la quisiese, que la quería. La echo de menos porque yo también soy extravagante, inquieta y volátil. Su locura, su ingenuidad y su torpeza eran iguales que las mías. Nunca me cansaba de ella.
Y aún así, la dejé escaparse. Yo ya no soy de esas personas que contestan al teléfono, o escriben cartas, o felicitan cumpleaños. Soy de esas personas que atesoran recuerdos. Que coleccionan amistades en baúles, a las que ya no les gusta salir tras la medianoche. Ahora soy uno de esos ermitaños, que prefieren los gatos a la gente.
La abracé con fuerza al verla este año, sin esperármelo, en un concierto en el que cantaron wish you were here. Y la quise como la quería, como si el tiempo o la distancia nunca hubiesen existido. Como quiero a todas las personas que he ido dejando ancladas en el olvido, alejadas de la cotidianeidad de los días. Como quiero a todas esas personas que siguen asistiendo a las fiestas a las que ya no me invitan.
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