La regaba cuidadosamente y la ponía en el alféizar por las mañanas. A mediodía, la metía en el interior para que el sol, despiadado y preciso, no la quemase con su yugo. Al anochecer la sacaba de nuevo, al relente y al fresquillo. Al cabo de los meses, floreció la histeria, y la casa se crispaba, embriagada por su aroma.
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