martes, 22 de mayo de 2012

Al escritor al que escribo

Todo lo hacemos al revés. Tú te sientas por las noches, con la puerta de la terraza abierta y las luces del puerto iluminando tus tejados, a coser con cariño las entradas de cine. Las fotos de los Beatles, las portadas de los discos, los grabados y las pizarras. Coses los gatos y los secretos, coses los lobos, las escaleras, las rosas y las risas, las lágrimas, los lagartos y todas las palabras que siempre repetimos, chica sangre y miedo, miedo meses y colores, y coses la esencia misma de todas las cosas. Y lo cosido lo resguardas en versos que en seis palabras cuentan la vida. Haces que suene tan sencillo, tan brillante y tan eterno como la tarta de ausencia y los inconclusos techos. Casi nada tiene su nombre, y sin embargo es la vida al completo, pintados todos sus detalles a dos tintas, tu poesía una imagen tan nítida y perfecta.

Y yo en el espejo, haciendo lo contrario. Estirando el trayecto anodino del aparcamiento a la puerta, estirándolo tanto que de estirarlo lo agiganto y lo ensanchezco. Y me invento todos y cada uno de los sinónimos posibles, para explicarte, en párrafos interminables de cadencia cuestionable, con todo lujo de detalles las piedras, los soles, los edificios y las aceras, las miradas de los extraños, el bullicio general y los pequeños sonidos puntuales. La puerta que se cierra, el pájaro que canta, el freno de un coche o mi desesperación chillando desatada. Yo construyendo frases eternas, dibujando con miles de colores el paisaje generalista y la inmensidad de la nada. 

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