Esta noche volvió a aparecer. Escondida yo en la ventana, de repente, le vi, profético. Había cesado el chaparrón y se sentía el goteo constante de los restos de lluvia saltar de las cornisas a la acera. El frío lo inundaba todo, mientras se me escapaba en forma de humo el domingo y el cansancio. Y sin esperarle, allí estaba. Es sigiloso, camina ufano, resulta estremecedor. Parece gigante. Cruzó el parque y luego atravesó la carretera, caminando ligero, pegado al paso de peatones, sin intuirme, y se metió por el callejón en el que me besaron la primera vez, el que lleva al garaje en el que se suicidó su padre, con su cola sinuosa casi rozando el suelo, duplicando su tamaño.
Esta noche, como si se supiese en mis cuentos, volvió el zorro paseándose.
Esta noche, como si se supiese en mis cuentos, volvió el zorro paseándose.
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