Le quería muchísimo y aun así se me murió. Se fue quedando en los huesos, no se comía el pienso para perros. Había noches en las que no le encadenaba, aun con miedo de perderle, por si quería escabullirse y degollar gallinas.
Le recuerdo con la correa al cuello, mojado en invierno, dando vueltas en círculos, escarbando el suelo. Le recuerdo gruñendo, enseñando los dientes. Una mañana de junio al salir, le encontré tumbado en su esquina. Aun sin acercarme, supe que estaba muerto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario