lunes, 19 de diciembre de 2011

Impacto

Firme. Seco. Drástico. Así es el impacto. Y en un segundo millones de pensamientos. En un instante: historias, recuerdos, ideas, deseos, lágrimas. El duro metal y el cuerpo tembloroso. Ansiedad, angustia, alivio, confusión, enfado. Es espirales cíclicas. De repente el día gira y se mueve en sentido contrario. Las cosas sin sentido lo tienen de nuevo, y la lógica muere aplastada. Terrible, dramático, angustioso. Perdura más allá de lo perdurable. Deja secuelas y te recuerda el camino. Así es el impacto. 

martes, 13 de diciembre de 2011

Luna

Hoy me asustó la luna. Era gigante, naranja, desmesurada. Tiñó la noche de un relente estremecedor.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Diciembre

Pronto será Navidad. No habrá nada más bonito que ver sonreír a la abuela. Ni nada más triste que descubrirla un segundo, sintiendo nostalgia. 

jueves, 1 de diciembre de 2011

Días

Y subí y bajé. Y entré y salí. Y repletos de escaleras, de paredes, de laberintos, de humo, de asfalto, de césped, se fueron pasando los días. Y me sentí viva.

martes, 22 de noviembre de 2011

El zorro

Y así, tranquilamente, se paseaba el zorro por la calle, ajeno a mi mirada acechante.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Ciertas señales

Hay ciertas señales que advierten que las cosas marchan bien. Camino por una calle cualquiera y suena REM. Doblo una esquina y Armelia grita verdades. Hay un barrendero de película de dibujos animados observando con atención como la gente se manifiesta exigiendo libertades. Al fondo de la calle, un refugio con grandes ventales y un arpa. Acompaño con trabajo el café. Hay ciertas señales que advierten que las cosas marchan bien.

viernes, 11 de noviembre de 2011

La ciudad ya no es la misma

Las luces, bajas. La música, ambiental. Siempre hay un agujero, un callejón, una cantina en la que resguardarse. Una de las canciones de nuestra época, aquella en la que no entendíamos las canciones, decía que el infierno es el mejor lugar para encontrarnos aquellos como nosotros, villanos, maleantes, canallas, que vivimos con mirada inquieta y el dedo en el gatillo. Me pregunto si es cierto, o sólo un consuelo. Apuras el trago y el mesero tiene ya otro esperando. Hablamos de los que resisten y de los que se han ido, de lo viejo y de lo nuevo, de lo que ya será viejo o nuevo, y nosotros ignoramos. De días que parecen meses, y años que parecen eras. De la ciudad, que ya no es la misma. 

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Pueblo

Me gusta mi pueblo, sus plazas, sus callejas, sus escondites. Me gusta el cuadro que se abre ante mi ventana, los gatos que se esconden, el perro que ladra, los niños en los columpios. Lo único que no me gusta es la chica morena, con su coleta y su escoba, vestida con su uniforme de peón, azul y amarillo, preciosa, barriendo la alfombra de hojas secas en el empedrado de mis aceras. 

Circo

De todos, el más tonto, es el domador. Se ríe como un energúmeno, muahahahahahaaa, con un chillido atronador y agudo, propio de las hienas. La gente carraspea y tose por lo bajo. Para desquitarse, zssssss, atiza el látigo frente a nuestras narices. Y los leones saltamos desganados de una plataforma a otra, con movimientos lentos, ensayados, por el bien del espectáculo, pero sin entusiasmo alguno.

Desde donde los observo, el resto de los integrantes del carromato de la farándula son de la misma especie babieca. Gentes dispersas, enterradas en otros lugares, vagabundos, trotamundos, golfantes. Los trapecistas en su élite de columpios en las nubes, provocando asombro con sus piruetas, tratados con deferencia. El payaso, el arlequín, el contorsionista y la polichinela, que son siempre diferentes y siempre los mismos, que hacen su  actuación y se van, y vuelven, con otras caras, y el mismo nombre. La mujer barbuda, eterna y amargada, fumando en la esquina en la que perdió los sueños, mesándose la chiva, exhalando el humo por las orejas.

Y al fondo, en la jaula, nosotros, los leones. Agazapados y esqueléticos, esperando que salga el sol. Nos abren la puerta, nos tratan como a bestias, nos paseamos como bobos, saltamos dos o tres veces y hacemos alguna pirueta, como si la ordenase la vara de mando, y no nosotros a ella. Y volvemos a nuestras jaulas, el paso marcado con el vaivén cadencioso de nuestra cola peluda, tranquilos y despreocupados, ajenos a todo, para disfrutar lo único que merece la pena, los rayos de sol, a través de las rejas. 

lunes, 7 de noviembre de 2011

1984

Me detuve frente al pelotón, con sus gorras caladas y sus uniformes de camuflaje. A la orden en grito, hincaron rodilla en el suelo y me apuntaron con las ametralladoras. El sol me daba de frente, dibujando una extraña sonrisa cegada en mi cara. Me sentí en Saigón durante algo más de unos segundos. Seguí caminando. Sobrevolaron el cielo ejércitos de palomas. El olor a café inundaba las calles y, estridente, sonaba el chillido de acordes del Partido, como un hilo musical atronador y fuera de contexto. Algunos mendigos fumaban caballo en la plaza del Ayuntamiento. Feliz 1984, rezaban las paredes. 

sábado, 5 de noviembre de 2011

Tormenta de ideas para sábados de lluvia

Ver películas de vaqueros en las que uno tiene la pistola y el otro cava. Tijeras amigas. Estilismos imposibles. Enseñarte todos los libros que te conocen, aunque tú no a ellos. Fotografiar el bigote, y los bichos, y otras cosas que se mueren. Enseñarte los rincones de mi pueblo y de mi cuarto. Hacer bocetos mientras los Beatles me miran con sus sombreros de torero, y hablar sobre ver cantar de rodillas al hombre delgado. Viajar, con cierto miedo de retrovisor en los adelantamientos. Leer cuentos en voz alta. Repasar con los dedos nuevos vinilos viejos. Muchos tesoros de pasado y playa que enseñarte. Ver caer las hojas para descubrir los barcos inmensos de fondo. Probar arroces que tengan verduras. Planes de futuro y sábados de lluvia. 

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Te cambio el tiempo

Te cambio tu tiempo aburrido, en el que me miro los zapatos. Te cambio el tiempo que espero mientras se enciende el piloto verde, mientras la máquina arranca y se mueve el mundo. Te cambio el tiempo que perdemos masticándonos frases en idiomas diferentes, te cambio el ratito de pena, las horas de llanto. Te cambio el rato del café caliente y obligatorio. Te cambio incluso el del café frío con sabor a esparcimiento, conmigo sola, perdida y escapada, tras el cristal de mi pecera, lejos del mundo. Te lo cambio todo por tener tiempo. Y leer Ubik, y ver películas de vaqueros, y perderme en un cine, en un tejado, en un cuento. 

viernes, 28 de octubre de 2011

Tijeras

Cuando la vi reflejada en el espejo, a mi espalda, esgrimiendo las tijeras, sonriente... cerré los ojos y sentí el mundo tambalearse durante un momento.

jueves, 27 de octubre de 2011

miércoles, 26 de octubre de 2011

Lo peor

Hoy llovió mucho. Diluviaba. Caía agua en trombas continuas, golpeando la chapa del tejado, retumbando, zumbando el viendo, desatado. Pero no fue la lluvia lo peor de la tarde. 

martes, 25 de octubre de 2011

Sin motivo

Llueve a cántaros. Parezco salida de la ducha, el pelo goteando, las botas empapadas, la chaqueta teñida de un color imposible. Se oyeron los truenos y se desató sobre mi la catástrofe, sin darme tregua para guarecerme. Y al llegar a mi destino, el trabajo de la noche pasada resultó infructuoso. Y ni siquiera eso consiguió borrar mi sonrisa. No sé qué me pasa, que soy feliz sin motivo. 

domingo, 23 de octubre de 2011

La niña del camión

La niña del camión es roja, rosa, púrpura. Es una muñeca. Con su cuerpecito menudo y sus ojos como lunas. Lleva bragas de encaje y tiene la piel pintada con tinta, vello en las axilas y la expresión más dulce que puede tenerse. 

La niña del camión lleva las piernas envueltas en rejilla y un sombrero gigante, que me recuerda a Linda Perry en los noventa. Vive en su fábula punk, y se pierde en las espirales de su habitación de espejos, en sus cortinas de lunares, en los azulejos que alicatan sus sueños rosas y negros.

La niña del camión es preciosa. Y abre la boca y se escapan por ella las bandadas de pájaros que tiene en la cabeza. La niña del camión es una muñeca que ríe, llora e ingenia quimeras. Que cruzó el océano, que atravesó, seguro, valles y selvas. Que escribió poesía, hizo el amor y comió setas. Que vive libre, y no sólo sueña. 

viernes, 21 de octubre de 2011

Octava casilla

Y no llegaré jamás. Moriré desfallecida a medio camino. Los pulmones encharcados, las piernas agarrotadas, el sudor que se escapa a borbotones, en forma de lágrimas, seco de tanto derramarlo. No llegaré jamás a la octava casilla. Y el tablero es una escalera que no se termina. Y me pesa la mochila, y la pena, y el cansancio y el hastío. Y me pesan los besos que no tengo, y los que regalo, y me pesa todo y no me pesa nada.

Y subo y subo y subo, y no llego al descansillo.

Y aunque llegue, que no llego, que sé que muero ahora, justo ahora, a medio camino; aunque llegue con la lengua pastosa y el corazón en llamas, aunque lo consiguiese y lograse pensar: éste justo es el segundo antes.... Lo estropearía. Y no elegiría ser reina. Sería alfil, o caballo, o una estúpida torre lineal y predecible. Fuese lo que fuese, me equivocaría.

Pensar que lo estropearía me anima a seguir, sabiendo que no llegaré jamás a la octava casilla.

jueves, 20 de octubre de 2011

Carmín


Hoy quise ser un poco más esa persona que me gustaría y que no soy, o que soy y no sé. Como hacías tú cuando te llamaba mentiroso. Y me pinté los labios de rojo. En la Plaza de Armas, Armelia cantaba a gritos una canción de Extremoduro. 

martes, 18 de octubre de 2011

Abracadabra

Llevaba días intentando encontrar la palabra. La busqué en el diccionario, y no venía. Intenté cantarla en las canciones, leerla en los versos, escribirla en los muros.

Se hizo la escurridiza. Se escondía en callejones, y se camuflaba entre la vegetación, cada vez más seca en este otoño veraniego de termómetros que se disparan.

Intenté silbarla, soñarla, invocarla y definirla. No supe. No pude. Pero ella sola apareció un buen día. Redonda, gigante, decisiva.

Abracadabra.

Alquitrán negro

Pegajoso y duro al tacto. Alquitrán negro que se pega a tus venas. Las tupe, las compacta, las cierra, las tapona. Te hace llorar plata. Me hace gritar en silencio.

domingo, 9 de octubre de 2011

Cosas que no entiendo

Pasan todo el tiempo cosas que no entiendo. Chillas. A mi y a todo el mundo. Me llamas zorra, y sólo estoy intentando mediar entre tus gritos, los portazos y las crisis de ansiedad. Y te ríes. Como si fueses la reina de corazones y todos tuviesen que hacerte caso. Eres déspota, soberbia y cruel. Me clavaste las uñas y me sangró la mano. Te hubiese partido la cara de haber podido.

Luego subí, y lloré. Porque vi que no hace tanto la que eres tú ahora, ésa, era yo.

3000 pasos

Caminaba contando sus pasos, con las pupilas clavadas en el suelo, como tratando de atravesar la superficie adoquinada por la que regresábamos, fracasados.

Cuando llegó a tres mil, le interrumpí.

-Córtate la melena y punto. -Sentencié. -No me gusta ver que te comportas como un crío.

A la mañana siguiente, con la mirada perdida, recorrió el pasillo arrastrando los pies, sujetando firmemente los mechones mutilados en una mano.

En la otra, las pruebas de su desgracia. Su cuaderno de notas con todos los nombres, con todos los mechones secos embalsamados, y las fechas de las catástrofes anotadas a bolígrafo, al lado de los titulares impresos en rotativa. Me las tendió sin mediar palabra, para que pudiese ver la certeza con mis propios ojos.

El primero se había quedado sin voz, el segundo sin cuerpo, y el tercero sin nada. Me estremecí al ver los mechones de pelo y las extrañas coincidencias, el diario de una peluquería macabra. Y me senté a escribir banalidades muerto de miedo.

No había duda, yo era el cuarto. 

Las mañanas en las que no se madruga

Explotan bombas en el pasillo. Al fondo la cocina se intuye como un oasis, con la música de la radio tratando de extenderse a través del estruendo de balas escupidas en ráfaga y de la larga alfombra de anillas de las granadas.

Entre el olor a cerrado, a pólvora y a desodorante, puedo intuir el del café, sutil pero intenso, que me susurra acobardado por mis voceríos, llamándome a la calma.

Me cruzo contigo y ni me miras, ni me hablas. Prefiero escurrirme debajo del suelo, deslizarme por las cañerías, sigilosa, con mis ojos miopes de soldado vietnamita.

Es mi guerra perdida. Mi mal humor matutino. El domingo estalla en llamas.

Odio las mañanas en las que no se madruga.

sábado, 8 de octubre de 2011

Mi casa

Mi casa aún no es mi casa. Subir me deja sin aliento, y bajar, sin aire. Salir es lo primero que hago cuando entro. Mi casa es un trozo de casa, pequeña, que sólo contiene lo que cabe dentro. Me encanta.

Mi casa, encima del mundo, es un universo.

jueves, 6 de octubre de 2011

Alberto

Hoy le pedí a Alberto que leyese uno de sus poemas, y se puso nervioso. No quiso. No es ningún acto de cobardía. Yo leía por encima, al pedírselo, sus cientos de cadáveres escritos en folios, descuartizados, huérfanos y hermosos; y tampoco me atreví a leer ninguno.

Alberto es gracioso cuando está nervioso. Es tierno, como un abuelo, o como un niño. Basta un segundo para que desaparezca el brillo de lucidez y sarcasmo de sus ojos, y aparezca de pronto, gigante, el pequeño ratón asustado que intenta guardar para sus adentros. Y hace un gesto muy raro con la boca, una especie de risa contenida, que no es risa, sino miedo, y se enciende un cigarrillo. Yo no fumo, dice. 

Alberto se vomita a si mismo constantemente. En sus poemas, en sus recortes, quizá esta noche. Y pasa las manos, no temblorosas pero tampoco firmes, por las hojas de los álbumes que recogen su vida, y se queda callado, y no me atrevo a mirarle, porque es como verle desnudo. 

Y reina el silencio incómodo un sólo segundo, y en seguida se pasa. Y aunque está ahí sentado, sin saber muy bien qué decir, vuelve a ser lúcido y brillante de nuevo. 

El día menos pensado, cuando esté fumándome la sobremesa entre libros, o vinilos, o entradas de cine, le pediré otra vez que lea un poema. Se pondrá nervioso de nuevo. 

Lo más difícil es la primera frase. Dicen. 

lunes, 3 de octubre de 2011

Líneas paralelas

Debería extender los brazos y cerrar los ojos, y con un pie delante del otro, caminar hacia el infinito sobre esta paralela de funambulista, porque es allí donde se supone que debemos cruzarnos.

Pero las matemáticas me parecen mentirosas e inexactas y no entiendo las incógnitas, ni las parábolas, ni los números imaginarios. Y el profe de dibujo es rubio y tiene moto, y aún así sigo sin saber cómo colocar la escuadra y el cartabón para que todo quede perfecto, simétrico, proporcionado, armónico.

Soy una línea quebrada, doy tumbos, cambiando de rumbo sin sentido ni mapa cada vez que estornudo, dibujando polígonos imposibles sobre el asfalto. No me extiendo en ambos lados hacia el infinito. El infinito es inhóspito y oscuro, y huele a fregasuelos. El infinito es para los creyentes, no para los locos.

Yo soy una línea quebrada que gira y se retuerce. Mirarás a tu lado, intentando encontrarme, en Octubre, en Noviembre, en Julio, y quizás yo no camine a tu ritmo, estaré durmiendo en el sofá, o más allá de los Urales, o quizás en la Luna. Estaré nueva, o usada o rota.

Iré dibujando saltos, escondiéndome como el Guadiana, enterrando a veces la cabeza bajo la manta, como las avestruces de mis cuentos. Con mi largo cuello sembrado de cicatrices de dardos tranquilizantes.

Inconstante, irracional e incompleta. No pretendas encontrarme en tratados geométricos, búscame mejor en el zoco, en el callejón, en las tabernas. Y deja de decirme que no me quieres. Yo a ti tampoco. Un poeta dijo una vez que para eso no habrá paz, ni países, ni sexo que lo cambie.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

La gloria del SúperVillano

Es ahora, al pulsar intro, cuando me doy cuenta de lo valiente que eres.

Gritas al mundo desde tu ventana del quinto piso. Gritas a pleno pulmón, con el corazón encogido. Como tú dirías, muerto por dentro.

Es al pulsar intro cuando me doy cuenta. Sonrío al mirarte, cuando fumas con esa expresión extraña, con la palma de la mano tan abierta, porque me hace gracia tu timidez, la fragilidad de tus ojos huidizos y de los silencios incómodos. Y sin embargo, es ahora cuando me doy cuenta de que tu timidez es la misma fachada que mi extroversión. Tú eres el valiente, yo la cobardica. A ti es al que, en realidad, no le da miedo nada. Ni los aviones, ni los cambios, ni los bichos.

Y aquí me tienes, en mi cueva, con la cabeza escondida, sonrojada y con el corazón latiendo a un ritmo más frenético que cuando me obligas a subir escaleras.

Por no parpadear al apretar el gatillo. Por eso tú te mereces la gloria, súpervillano.

Los 29 de septiembre

Canto fatal. Pataleo y lloro y grito. Y muchas veces llevo calcetines desparejados. Pero me gusta sentarme en el asiento del copiloto en tu coche de las excursiones, y señalar con el dedo las cosas que me parecen curiosas tras la ventanilla.

Canto fatal, y me enfado y no respiro y cuelgo el teléfono. Pero al menos mis canciones son también tus canciones, y al segundo exacto, llamo de nuevo. 

Sabes que soy inconstante, y un poco ciclotímica, pero sigo aquí, recordándote todos los días, como ahora, que dejes de comerte los dedos. 

Te sonrío. Aunque a veces te lloro, porque llegas cansado y triste. Y a veces te lloro sonriendo, como ahora, porque sabes que cocinar es algo que echo mucho de menos. 

Tu gata maúlla y se intuye el invierno. El otoño es gracias a ti mi estación favorita. Dentro de poco habrá fuego, castañas y fotos de setas. Bajaremos andando al lago del Forgoselo. Hablaremos de Londres. Seguirás diciendo que no a la maquinilla del pelo, e insistiré mil veces más en que compremos un cerdo. 


Hoy es otro año más. Y tú sigues siendo brillante, tenaz, paciente. Pedaleas más kilómetros y sigues sabiendo explicar todo lo que el periódico dice que yo no entiendo. Eres cada día más fuerte, más optimista y más entregado. Y eres cada día más sonriente. 

No sé si lo sabes.... pero te quiero.

Los gatos se volvieron locos

Así que con la llegada de la noche, de la oscuridad, ha salido la Luna. 

Al dibujarse su silueta en el empedrado de las aceras, los gatos se volvieron locos. Los maullidos se escuchaban más allá del muelle. 

Era una estampa, en principio, anecdótica. De aquí y de allá iban acercándose gatitos. Uno de debajo de un contenedor, otro que salta desde la copa de un árbol, algunos pequeños, curiosos, observándolo todo antes de acercarse. Uno se tumbó en el centro del cerco que dibuja la Luna llena de Julio sobre la acera, y unos cuantos le siguieron. 

Sigilosos noctámbulos escondidos entre los miles de recodos que forman la avenida, poco a poco fueron juntándose. Todos. Cada vez más. Sumando decenas. Todos amontonándose en el dibujo que la Luna, que salió hace un rato, dibuja en el suelo.

Hoy

Hoy sostuve durante un segundo el rifle en mis manos. Tomé un café inesperado a la hora del desayuno, metí los pies en el mar y, cuando ya era de noche, me balanceé en los columpios.

Los lobos

No tengo miedo a los lobos. No es cierto eso que dicen de que pueden oler tu miedo. Les miro a los ojos, en silencio, sin sonreír. Quizás tengo miedo, un poco, es posible, pero los lobos qué saben. Al cabo de un rato, si los miras fijamente, meten en rabo entre las piernas.

Es porque en el fondo, son sólo perros. Se mueren de miedo de que no les quieras.

Como disculpa

Al chiflado. Al poeta.
Como disculpa. Me puede la vida.

Quise quitarme la chaqueta, colgarla en el perchero en el que cuelgo los prejuicios, los llantos y esa mirada, y sentarme a escribirte algo de nuevo. 

Llevé a cabo todos los rituales. Las gafas, el café, la ventana. En orden, en orden inverso, y desordenados. Pero las teclas bailaban frenéticas, dibujando sombras tristes, gritos desesperanzados, sudores y terribles gemidos en su oreja.

Me odié por ello. Por haber atascado las palabras en mis venas. Por regalárselas al viento, cada segundo, en lugar de escupirlas con tinta, de manchar los muros con firma, en lugar de inventármelo todo. Ahí están los poemas, en mi retina. Perdidos en el océano negro en el que me sumerjo y me ahogo. Perdidos al final, cuando me fallan las piernas y ya no puedo ni derretirme. Tan dentro que más adentro no existe nada. Ahí los tengo. Escondidos, recogidos, apretados, explotando. Cada segundo, a intervalos intermitentes. 

Los lloro. Los beso. Los añoro y los temo. Me chillan, me ladran, me pegan, me muerden.

Y los callo y me ahogan. Y, sobre todo, me duelen.

El Joker

El Joker sembraba el pánico por toda la ciudad. Con trajes brillantes y manadas de lobos. Gotham estallando en llamas. La luna expectante... 

A vista de pájaro, parecía el escenario perfecto.

Martes

Salí de clase a las diez. Llovía. Para darle la vuelta a un martes que se vestía de trece, fui a comprar libros nuevos. Al salir, con mi tesoro y mi sonrisa, había escampado. Subí caminando por la calle Magdalena. En la última manzana, a lo lejos, creí escuchar los primeros acordes de Iberia Sumergida. Sonreí. Emilio es de los nuestros.

Las últimas moras del verano

Esta mañana me comí las últimas moras del verano. Las palas y las excavadoras arruinaron ligeramente el momento. Eché de menos a Roxana. Aprobó Equipos este año. Ella habría sabido saborear no sólo las moras, si no los brazos articulados y los cilindros hidráulicos.

As escaleiras do Rivendel

Un dia pregunteille ao Tono qué se fai cando morre alguén. E dixo que recordalo sempre e querelo moito. Contestoume coma se resposta aos pícaros, e logo faloume de seu avó, que fora mariñeiro e republicano, e ata finar tivera "El viejo y el mar" na mesilla de noite.

(...)

O soño

...A noite en Lugo é unha canella avesía do máis escuro dos negros. Pero cando remata e chega a mañán, un sinte que lle deixou no peito, a pesares de chover e do frío, unha pegada coma de leite morno,e xa non se pode ulir outra cousa que non seña o ulir da pedra secular e mollada...

O can da Escofina

No segundo exacto no que a Escofina deixaba cae-la pá ao chan, Suso o da Queira escribía cun bolígrafo bic azul o texto que pensaba enviar a unha revista de anuncios por palabras pra que lle publicasen: "Vendo picadoras de maiz autopropulsadas Class - New Holland - Jlhon Deere." 

Nese segundo exacto, seu pai, o da Escofina, pulsaba o botón número tres do mando a distancia, para sentarse no sofá un pedazo a ve-lo partido de futbol da galega, combinado de veteranos entrenados por Amancio (con Agulló, Buyo, Celeiro, Djorovic, Naybet, Radchenco, Shongo'o…) e o outro Superdépor ás ordes de Arsenio e Ballesta (con Aldana, Claudio, Mauro Silva, Bebeto, Fran, Liaño, Manjarín…) E nese segundo exacto, ao fondo da cociña, coma nun relato de Manuel Rivas, palillaba flores de encaixe a nai.

(...)

Historias de tejados

Es uno de esos días en los que entre el cielo mullido de nubes y el suelo empedrado se reproduce todo el espectro posible de grises. Sentada en la mesa, con los pies asomando timidamente por el alfeizar, contemplo el paisaje que dibuja ante mi la estampa de este nuevo cuarto: un mosaico eterno de tejados de pizarra.

Y en lo que quizás sea un suspiro que se me escapa entre los dientes, recuerdo con nostalgia la ventana de mi habitación de niña. En navidad, el ayuntamiento decora el gran abeto sobre el que se centra el paisaje que la cristalera me enseñaba, colgándole cientos de luces de colores centelleantes (o lo que a mi siempre me parecieron cientos), y la gente al pasar hurta pillabana las que cuelgan próximas a manos ajenas.

Ahora, en navidad de nuevo, a quilómetros insalvables de mi niñez, lo único que se desliza ante mis ojos es el tiempo esbozando remolinos al escaparse inquieto entre las chimeneas.

Se nos rompió el tiempo

Y si sabes cómo soy, ¿por qué me dejas jugar con cristales? El tiempo se me escapó de las manos y se estrelló en el suelo, rompiéndosenos en pedazos chiquitos como mis mentirijillas, en trocitos minúsculos e irreparables.

Y con los ojos empañados en lágrimas los barrí y así nos quedamos, con el tiempo entero entre las manos, y un segundo despues, hecho añicos, en mil pedazos.

Antología narrativa

En Comala fui como el rio que fluye, y en Bohemia me eduqué como sus mujeres. En la orilla de Kafka me hice gaviota de la mano de Juan Salvador, el pequeño ángel, y al desplegar mis alas me abrazaron cariñosos los cuerpos celestes que observaba Beatriz, la reina del Paramaribo, aquella olvidada ladrona de libros.. Momo me contó cuentos por palabras, y en la lectura comprendida en un minuto tuve sed incontenible de champán. Mis renglones, como los de dios, también se escribieron torcidos, y a través del espejo me asomé a la nada. Morel inventó para mi narraciones extraordinarias, y mis edades se sucedieron, frenéticas, para acabar consumidas en un delicioso suicidio en grupo en el café de Mike, con el tic-tac escalofriante del péndulo, dejando correr los segundos tras la sombra del obelisco.

Los besos del canelo

Este dedo me falta hace ya tiempo. Me lo corté en un accidente porque a él no le gustaba que le besase el cuello. Besos en el cuello no, decía, le daban como repelús. Aunque en la cara y en la boca tampoco creas que le gustaban demasiado. Bueno, no le gustaban los míos, porque al canelo si que no le hacía ascos. Ven canelo, decía. Y el canelo se acercaba meneando el rabo al butacón que él siempre tenía junto al fuego y le lamía toda la cara como un loco. Cómo se reía jugando con el canelo. A él sí que le dejaba, el canelo le bababa de arriba a abajo y no protestaba nunca, se reía y le rascaba la barriga. Qué rabia me daba a mi aquello. Mis besos no, pero al canelo todos los del mundo. Me daba tanta rabia que se me nublaba la vista y se me encendía la ira. Mientras lo sentía reirse deshuesaba con más y más fuerza, escupiendo a machetazos todo el rencor que me daban los dos. Y así fue como me corté este dedo que me falta. Porque a él no le gustaban mis besos en el cuello.

Palabras inventadas

Y me dijiste que no me investase palabras.

El viento gélido se coló de repente por la puerta que se abría, y se dirigió hacia mi, preciso. Se metió por mi nariz al tiempo que tomaba aire para suspirar por tu rencor incontenido, y me dejó muda.

Así que hablaste durante minutos distendidos en el tiempo hasta parecer horas. Y yo muda, la voz comida por el viento, dejé de invertarme palabras. Y como no podía cambiar los verbos feos por gotas de lluvia de colores, permanecí inmóvil, sentada en mi taburete, mientras tras tu espalda, caían en un horrible estrépito de ruidos indeseables, los restos de las ruinas en las que, con nuestro adiós, convertimos los palacios.

Locura también significa manía

Vivo en un estado alterado de consciencia permanente.

Vuelo con los pies en el suelo, sorteando los charcos. Escribo palabras sin soporte, escupiéndoselas al viento, cuando hablo sola por la calle. Rechazo las normas sociales establecidas. Hago punteos de guitarra en los semáforos y, a veces, me pongo las gafas de sol cuando llueve para ver las gotas de lluvia bajo filtros diferentes.

Soi inconstante, desuniforme y extravagante. Si no es obligado nunca escribo voi ni soi con i griega. Si es obligado, busco sinónimos. Me gusta lavarme los dientes con dentrífico infantil porque me recuerda al flúor que tanto odiaba en la escuela. Y recordar todas las cosas por las que solía decir: "pues ahora me enfado y no respiro!" me hacen reír a carcajadas.

Hablo con los perros y con los gatos, y a menudo con el espejo. Veo los colores como sólo yo los veo, y las voces en mi cabeza no paran de hacerme cosquillas. Ordeno los calcetines siempre de modo desparejado. Nunca verde con verde ni rojo con rojo. Es una manía. Locura también significa Manía.

Dualidad

Los días son negros y las noches lumínicas, y yo, aquí, sola entre el gentío, grito en silencio.

Andrea

Hizo un ligero ademán y se encogió de hombros. Arrugando la nariz en aquel gesto suyo tan aniñado, puso primero los ojos en blanco, y luego clavó en las mías sus pupilas incendiarias.

-¡Bah! -me contestó. -Te castigaré con el látigo de mi indiferencia.

Y cayó la noche

Y cayó la noche como una sombra fúnebre sobre nuestras cabezas. Era tan oscura y tan fría que tan sólo se atrevian a brillar, tenues, las estrellas de los tímidos faroles.

Practicamos un sexo monótono, mecánico, y cerré los ojos por no verte.

Con la luz de la mañana, bajé a correr para sudar tu recuerdo agridulce, y las calles se me hacían más y más empinadas a medida que regresaba a esa casa en la que, con nuestra indiferencia, desconchamos las paredes.

Agua

Mienten cuando dicen que el agua es inodora, incolora e insípida. De todo esto, lo único cierto es su condición de transparente. La casa duerme en silencio cuando yo me levanto. Descalza, dirijo mi sueño todavía en curso, al cuarto de baño. Abro la billa mientras hago pis y siento como la pequeña estancia azulejada se va llenando de olor a agua. El vapor tiñe de niebla el espejo, difuminando mi contorno. Al sentir su peso caer a chorro sobre mi, abro la boca todo cuando puedo. No hay sabor comparable al escurrir intrépido del agua garganta abajo. Tras mi ritual matutino, dilatado en el tiempo todo lo posible hasta que manos ajenas aporrean la puerta, extiendo el brazo a la búsqueda de una toalla.

40 grados de sol lucense

Aquella tarde, cuarenta grados de sol lucense caían como losas sobre nuestras cabezas. Los cristales de la biblioteca de Intercentros, empañados. En las mesas, collages de folios garabateados, botellas de agua, lápices y envoltorios arrugados de barritas energéticas.

Belén vagaba con su mirada tambaleándose entre los presentes; Esco permanecía inmutable, con la atención concentrada en los apuntes de epidemiología, traspasándolos con sus pupilas, reflejándose en su cerebro, quizás, las imágenes de una sombra fresquita en la orilla del río, mientras Nemo corre y chapotea, como si fuese un cachorrillo; y Clara, vestida de azul -porque es así como la recuerdo, vestida de azul-, con sus tapones para los oídos, aislada del mundo. Y yo en el medio, sintiéndome seguro como siempre me siento, cercada y sola entre el bullicio del gentío. El rozar de la hoja de un libro al ser pasada, el destapar de un bolígrafo, el tacto del rotulador permanente resbalando por el papel rayado, un sorbo de agua... Bullicio silencioso.

Hoy en mi invierno infinito de humedades marítimas vuelvo a la carga en tardes infernales de estudio ininterrumpido. Con otras compañías, con otros lápices y otros bullicios, las tardes son las mismas. Pero éstas, a diferencia de aquéllas pasadas, no hace tanto, pero que parecen pretéritas, el infierno es gélido, y ya no explota el termómetro al contacto con mis dedos.

Herramientas para la calidad

La hoja, que en su momento fue blanca y virgen, recoge los garabatos a boli que, con desgana, anoté entre las líneas impresas allá por las cuatro de la tarde, cuando la lucidez se asomaba a mi mesa de estudio a intervalos intermitentes.

Desde el reloj que me mira burlón crucificado en la pared, los minutos discurren entre gráficos de control y planillas de inspección, herramientas para la gestión de la calidad que espero tardar en olvidar tanto como tardo en aprender.

Las letras se separan, se emborronan, se despegan, se alejan años luz de mi capacidad de concentración hoy más limitada que nunca. Bailan los caracteres su fiesta de venganza mayo 2008, por haberlos obviado hasta este momento. El inefable tormento de la noche antes.

La tendencia central y los límites superiores e inferiores se entremezclan entre si, con mi mirada perdiéndose a ratos en la pantalla del ordenador, y los dedos escabulléndose traviesos hacia el teclado. Y los diagramas de dispersión, en mi, dibujan gráficas de desconcetración exponencial.

Vuelvo a los garabatos escritos a bolígrafo, y la mano se desentiende coloreando poesía. Intento centrarme. Y las pupilas comienzan a diluírse, inminente el desastre, para dejar paso al humor de mis ojos fluyendo desde las órbitas oculares, resbalando por las mejillas el iris, haciéndose agua el cristalino, empañando las hojas que un día fueron vírgenes en blanco.

En la Burg Platz

Estábamos sentados en las escaleras de la Burg Platz. Frente a nosotros, el Rin observaba atento al pasar nuestras caras mezclarse con las de los lugareños, rodeados de cervezas alemanas y conversaciones que oscilaban desde la media voz al algarabío más musical.

A nuestro lado, él. Recogía los cascos vacíos que dejaban a su paso inconscientes entre los presentes. Vino, y me trajo un refresco. Era viejo y estaba sucio. Pero sus ojos conservaban el azul oceánico de una juventud quemada en mil viajes, en mil rincones. Dijo, en un idioma que no pude identificar, que entendí por sus gestos, que era guapa, sin dejar de sonreirme. Contó historias, mirándome, para si mismo, mientras yo me bebía su regalo con un gesto de agradecimiento.

Luego se puso a diluviar, y, con una nueva sonrisa heredada pintada en la boca, eché a correr tras el grupo, guardando su cara en mi memoria, mientras su silueta se difuminaba entre el paisaje de la Burg Platz a principios de Junio.

Nada

Te prometo que no serán nada. Ni los viajes nocturnos, los espacios compartidos, los saltos en el tiempo, ni los minutos musicales.

La erótica de los Lunes de chubascos

El minuto que invierto en pensar en ti, es una sucesión de segundos chispeantes. Hoy que llueve a raudales, amparada por las buenas intenciones de la marquesina del autobús, las nubes dejan de llorar agua transparente y vomitan chorros de tinta cmyk que me tiñe por dentro y por fuera.

El segundo en el que te pienso, decía, es un chaparrón de cuatricromía que inunda las aceras. Es olor a pana marrón y tacto de venas palpitantes. Es una revolucíón hormonal y un síncope sin desfallecimiento.

El segundo en el que te pienso es cálida humedad y delirio estremecedor. Y vienes sigiloso y te acercas por la espalda. De un vuelco, el contenido del corazón se me desparrama por la mesa, salpicando el teclado, ahogando la sabiduría de los altavoces que me recuerdan aquello de que fuimos nubes con la mente. Y creo que voy a empezar a romperme.

Elevándome por encima de tus palabras, sorteando con mis ensoñaciones la razón y lo razonable, sonrío al pensarte. Es la erótica de los lunes de chubascos. 

La carta

Cuando sostuve el sobre entre los dedos me pregunté cuanto tiempo hacía que ni tu rostro ni tu nombre se me pasaban por la mente. La luz sangrante de la bombilla marchita del descansillo dibujaba extrañas formas en las paredes desconchadas.

Recuerdo haberle dado varias vueltas entre los dedos. Era un sobre corriente, de los que se pegan con la lengua, con una esquina doblada y caligrafía redonda de niña. Mientras metía la llave en la cerradura y le daba dos vueltas, me pregunté para qué me habrías escrito.

Pero ya no soy yo a quién tu escribes. No abrí la carta, rasgándola por la impaciencia, mientras permanecía inmóvil en el descansillo. No subí con ansia las escaleras y leí su contenido con la respiración agitada, mientras la puerta sujetaba mi impaciencia. No olí el sobre como lo hubiese olido quizás en otra época, por ver si aún conservaba alguno de tus olores. Alguno que yo pudiese recordar.

En lugar de todo aquello, todo lo que hubiese hecho en otro tiempo, princesa, dejé el sobre corriente abandonado a su suerte sobre el aparador de la entrada, y me fui directamente a la cocina a hervir un hueso de pollo con el que hacer sopa. Y luego limpié de modo sentido, del modo en el que se limpia cuando se quiere, el cajón de la arena del gato, cuya pestilencia inundaba ya todo el pasillo.

Y cuando me disponía a bajar la bolsa de arena sucia, reparé de nuevo en la carta sobre el aparador de la entrada. Ni siquiera sosteniéndola entre los dedos sentí nada. Y la tiré al contenedor después de tirar la bolsa de arena sucia.

Al subir de nuevo las escaleras que me llevan al ático, la luz sangrante de la bombilla marchita dibujaba extrañas formas en las paredes desconchadas.

Mi persona menguante

Un día me levanté por la mañana y noté que los brazos me pesaban más que de costumbre. La tarea cotidiana de lavarme el pelo se me antojó aquel día un periplo que terminó conmigo exhaústa, sentada desnuda sobre el frío azulejo del cuarto de baño.

Durante los días que siguieron a aquella extraña mañana, me dediqué a observar lo ralentizado de mis movimientos. Todo lo hacía más despacio que de costumbre. Caminar, masticar, hacerme la coleta, fumarme un cigarrillo, teclear tu nombre en la pantalla hasta que de tanto repetirlo ya no significa nada...

También la sombra bajo los ojos había crecido. Sin yo notarlo se había ido conviertiendo en una mancha petrolífera que nacía en el lagrimal y se extendía surcando media mejilla. Y el estómago, eso si que llegó a sorprenderme, porque él suele seguir siempre su propio criterio, comenzó a menguar de tal modo que ya ni siquiera me cabía en él la tostada de por las mañanas.

Y poco a poco me hice agua que se estancaba en charcos por las aceras. Poco a poco comenzaron a atropellarme los otros coches con sus claxones dementes. Poco a poco me escurrí de un lado a otro del reloj, escupiendo y tosiendo, con la arena anegando mis pulmones. Poco a poco me fui marchitando como los esqueletos de los geranios sobre la lavadora.

Poco a poco me puse el pijama, y la noche me meció mimosa, mientras yo me deshacía en lágrimas sabor a uva, sin saber ponerle nombre a la presión en el pecho que se extiende radial, doliéndome dentro.

Me gusta mi profe

Me gusta mi profe. Sus pantalones de pana y sus camisas de cuadros. Su boca de tinta y sus manos de tiza. La ambiguedad curvilínea de su sonrisa aritmética.

Grita el reloj anunciando las horas con un pitido continuado y estridente. Explota en mis sienes el vaivén cadencioso de la mañana y siento sus zapatos emergiendo de lo profundo de mis sueños de acetato.

La madrugada se hizo eterna porque últimamente padezco problemas de insomnio. Me reclino en la silla y entrecierro los ojos. Su boca dibuja los verbos que me transportan a una realidad en modelo de semitono.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Cascabeles de cuero

La cámara fotográfica, ser rebelde que seguía su propio criterio en cuanto a lapsos obturadores y aperturas diafragmáticas, explotó tras apretar el botón, y ardieron en un brillante caleidoscopio de colores todas sus vísceras metálicas.

Protestó impasible y dijo que no. Que jamás volvería a fotografiar otro cuero que el de sus manos ni otros cascabeles que no fuesen los de su lengua. Y no me quedó más que repasar con mis dedos de grafito el papel fotográfico que mantiene su recuerdo.

Los días posteriores al regreso seguían teñidos del mismo gris niebla que había acudido a la estación a despedirme. Quemé con mis suelas desgastadas las mismas aceras que anteriormente había pulido con mis pisadas, y no pude sino recordar los adoquines extranjeros maltratados por sus botas. La ciudad, a mi regreso, seguía oliendo a mar y a penumbra. Recordé entonces el olor del metro.

La concepción del tiempo es una herramienta de medición subjetiva. Recuerdo haber olido su hombro durante segundos interminables, y conversaciones secretas de horas, que se difuminaron tras el anochecer en un instante. Sin tiempo para ser consciente, explotó en mi interior el sentimiento indefinido, y al abrir los ojos, ya no pude encontrarlo.

Cuéntame cosas, le dije. Y me hablo del mundo a través de sus ojos. Deslizamos la espalda por las aceras, y caminamos despacito sobre canales contaminados. Nos rozamos las manos y nos sacamos la lengua. La catedral se escondió bajo la tierra para permitirnos una escapada. El tranvía chirriaba y las bocas de metro, laberínticas, se entremezclaron para confundir nuestras risas.

Se fue delgado, ligeramente encogido, escondido bajo la boina. Lo miré marcharse y me sumí en mi pena penita pena, en mi añoranza negra de altas densidades. Creo que le añoraba incluso antes de verle doblar la esquina.

sábado, 9 de julio de 2011

Olvidar

Esta mañana me levanté con la decisión tomada la noche anterior palpitando inquieta en mis sienes.

Entre vueltas y más vueltas deshaciendo las sábanas, había concluído olvidarte.

Así que me levanté, me puse las zapatillas y abrí el primer cajón del escritorio.

Allí, observándome atenta desde su letargo, la goma de borrar me hizo un guiño caprichoso.

La mecí entre los dedos de camino al dormitorio, dilatando los segundos que preceden al instante preciso en el que borrarte de mi historia.

Me escapo

Con esos ojos inquisidores y las palabras escogidas con esmero para tratar de conmoverme, dices que vuelvo a las andadas. Mientras me llamas cobarde, me acusas de volver a escaparme.

Y comienza la retahíla. Repites una y otra vez en el mismo orden y en orden inverso todos mis defectos, todas las quejas y los despropósitos de los que se me acusa. Y vuelves a llamarme cobarde.

Deberías saber que no huyo. Simplemente me puede el hastío y me escapo por los tejados.

La casa

Truena y parece que la tempestad se desata sólo encima de mi cabeza. Llueve sobre mi esqueleto y me empapo al instante, para tiritar en un baile que sé intermitente pero constante. Interminable.

Las lágrimas van comiéndose ávidas las mejillas y grito, y me asfixio y muero de nuevo. La casa se cae encima de mi cabeza.

Abro la puerta y salgo a la calle. Un tímido sol de Marzo me acoge cálido y, al comenzar su paseo las zapatillas por la acera, comienza a calentarme los huesos que el temporal de la casa pretendió convertir en hielo un segundo antes.

Con la cabeza bajo la manta

Se que no puedes verme, y aún así, escondo la cabeza bajo la manta. El teléfono en la mesilla repite estridente su melodía. Eres inagotable. En silencio, mientras poco a poco me asfixio escondida en mi fortín inventado de sábanas de franela, susurro muy bajito: por favor, por favor, que deje de sonar; mientras quieta, como si te creyese oliéndome, como si supieses intuirme, pudieses adivinar que estoy aquí, ridícula, en silencio, con la cabeza enterrada bajo las entrañas de las tierra.

De pie bajo la lluvia

Es como quedarse de pie, paralizada, mientras la lluvia comienza por rozarme tímida, para acabar estallando sobre mi cabeza.

Es como saber que estoy ahí, de pie en medio de la calle, con la lluvia resbalando a sus anchas por el pelo, por las mejillas, por la chaqueta, empapando mis zapatillas siempre desgastadas.

Es como ver que estoy ahí quieta, bajo la tormenta, sin moverme. Sé que me mojo, que tengo que reaccionar, correr, ¡ya!, a cobijarme en los soportales. Pero pese a saberlo sigo ahí, de pie, quieta bajo la tormenta, sin moverme, mientras la lluvia campa a sus anchas empapando mi pelo, las mejillas y la chaqueta, y mis eternas zapatillas desgastadas.

Se abre la puerta y entras. Y es así como me siento. Como si estuviese paralizada librándose sobre mi una tormenta.

8:30 am

Al principio siempre hay un segundo para la pena. La puerta se cierra a mi espalda y la siento llorar porque me voy otra vez. Maulla bajito, en señal de protesta.

El frio me abofetea gratamente cuando cruzo la frontera del portal y la música explota, como cada mañana, en el umbral de mis tímpanos, envolviéndome en mi supernova matinal. Estridente. Atómica.

Al cruzar el puente sonrío, con la nariz congelada y el ansia de café apremiante, porque la veo mirarme, encaramada en la ventana. La saludo agitando la mano y la quiero con locura.

Y al recorrer mi sendero de cemento fundido para llegar a la octava casilla en la que ser reina, bailo con los charcos del camino, y la música se dibuja en el aire, curiosa, escapándoseme de entre los labios en forma de vaho.

Café

La leche, casi en ebullición, dibuja nubes de vapor, risueña, que huelen a la combinación con el azúcar y el café. Dulce pero amargo. Las terminaciones nerviosas de las yemas de los dedos se exaltan al contacto con la cerámica caliente. Lentamente, comienza a desentumecérseme el cuerpo comenzando por las manos. Como si volviese a nacer desde la oscuridad de un profundo sueño, despierto.

Y a la derecha, los cristales lloran incansables sus lágrimas de lluvia.

Llueve

Llueve. No importa que sean los charcos de la Avenida de Galicia, de las Fontiñas o de la carretera de la Gándara. No son los charcos en sí lo que me hace sonreír, si no la manera que tengo de pisarlos.

Y me inclino yo también en las tardes

Y me inclino yo también en las tardes. Aquí el aire no es glacial, como solía serlo en la ciudad de las murallas que aún late rebelde en mi recuerdo. Aquí el aire huele a mar olvidado, a historia recién sudada, y no puedo deslizar las yemas de los dedos sobre la piedra secular y mojada.

Me inclino yo también en las tardes sobre la barandilla de la terraza, dejando que me mezca ese abismo eterno que siempre separa mi cuerpo del suelo. Aquí los días son cortos, condensados en segundos inexactos que se escurren en el calendario con la arena entre los dedos. Las noches son cálidas, y el beso callado del rocío no acude como antes, a velar mis disertaciones. Aquí el fuego es eterno, y reside en lo que sueño. Y sueño con los bares donde antaño se incendiaba la noche, sembrando el corazón de recuerdos.

La caja de Pandora

Se abrió, sin quererlo, la caja de Pandora. Antes, en lo que ahora me parecen tiempos remotos, hacía falta un tormento, una desdicha, un sufrimiento, una hecatombe. En esa época pasada, y que semeja tan lejana ya, siempre hacía falta esa opresión en el pecho a modo de angustia, para vertirse, fluída, la tinta de un bolígrafo. En esos tiempos remotos de folios manchados de azul y lágrimas pudriéndose en los cajones.

Por la ventana entreabierta llegan, como en un suspiro, los vapores de la calle a mezclarse con la atmosfera del salón. Las mañanas son frías en Lugo. Pero lejos de hacerme sentir aterida, la sensación térmica me alivia los ojos, me despeja los pulmones y me hace sonreir mientras canturreo la ultima cancion que sonó en el radiocassette antes de salir, mientras espero el autobus. <<Será que apenas necesito respirar y me salgo con la mia. Dirán que apenas necesito respirar...>>

Se abrió la caja de Pandora de repente, y no podría explicar si lo hizo sigilosa o formando un gran estruendo. Sólo admiro,perpleja, al observarme, que las historias, que las palabras, salen por mi nariz al devolver el CO2 a la atmosfera, se cuelan entre los surcos que va dejando a su paso el bolígrafo y lo impregnan todo de esa sensación tan cálida que es la inspiración.

Escribo mucho ultimamente. No es que la imaginación se haya parado en mi puerta con ganas de charla y café. Son todas las notas, todas las secuencias almacenadas en el disco duro que alguien un dia dió en llamar cerebro. Todo estaba ahi, escondido, guardado. Y ahora todo está aqui, explotando ante mis ojos en un caleidoscopio de realidad infinita que me abofetea impasible. Sujeto palabras con las manos.

Y con mis palabras, sujeto el mundo.

Será... que apenas necesido respirar...

Sin saber cómo

Y sin saber cómo, me encontré inmersa en aquella ciudad oscura, bulliciosa, amenazante. Crucé sus angostos callejones y sus amplias avenidas, con paso apurado, como si huyese de algo. Huyendo de algo... en aquella ciudad a la que había decido escaparme.

Me crucé con decenas de transeúntes, y con ninguna mirada. Es inquietante el modo en el que me incomodan los hombres con gabardina.

Caminé en soledad por aquellas calles, oscuras, bulliciosas, amenazantes; que me instaban a prestar atención por doquier, reclamándole a mis ojos que se posasen en cada uno de sus neones brillantes.

Era cierto lo que mostraban las viejas películas: el corazón humeante de la urbe se escapaba a borbotones, escupido en forma de humo, por las alcantarillas.