Explotan bombas en el pasillo. Al fondo la cocina se intuye como un oasis, con la música de la radio tratando de extenderse a través del estruendo de balas escupidas en ráfaga y de la larga alfombra de anillas de las granadas.
Entre el olor a cerrado, a pólvora y a desodorante, puedo intuir el del café, sutil pero intenso, que me susurra acobardado por mis voceríos, llamándome a la calma.
Me cruzo contigo y ni me miras, ni me hablas. Prefiero escurrirme debajo del suelo, deslizarme por las cañerías, sigilosa, con mis ojos miopes de soldado vietnamita.
Es mi guerra perdida. Mi mal humor matutino. El domingo estalla en llamas.
Odio las mañanas en las que no se madruga.
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