jueves, 6 de octubre de 2011

Alberto

Hoy le pedí a Alberto que leyese uno de sus poemas, y se puso nervioso. No quiso. No es ningún acto de cobardía. Yo leía por encima, al pedírselo, sus cientos de cadáveres escritos en folios, descuartizados, huérfanos y hermosos; y tampoco me atreví a leer ninguno.

Alberto es gracioso cuando está nervioso. Es tierno, como un abuelo, o como un niño. Basta un segundo para que desaparezca el brillo de lucidez y sarcasmo de sus ojos, y aparezca de pronto, gigante, el pequeño ratón asustado que intenta guardar para sus adentros. Y hace un gesto muy raro con la boca, una especie de risa contenida, que no es risa, sino miedo, y se enciende un cigarrillo. Yo no fumo, dice. 

Alberto se vomita a si mismo constantemente. En sus poemas, en sus recortes, quizá esta noche. Y pasa las manos, no temblorosas pero tampoco firmes, por las hojas de los álbumes que recogen su vida, y se queda callado, y no me atrevo a mirarle, porque es como verle desnudo. 

Y reina el silencio incómodo un sólo segundo, y en seguida se pasa. Y aunque está ahí sentado, sin saber muy bien qué decir, vuelve a ser lúcido y brillante de nuevo. 

El día menos pensado, cuando esté fumándome la sobremesa entre libros, o vinilos, o entradas de cine, le pediré otra vez que lea un poema. Se pondrá nervioso de nuevo. 

Lo más difícil es la primera frase. Dicen. 

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