viernes, 21 de octubre de 2011

Octava casilla

Y no llegaré jamás. Moriré desfallecida a medio camino. Los pulmones encharcados, las piernas agarrotadas, el sudor que se escapa a borbotones, en forma de lágrimas, seco de tanto derramarlo. No llegaré jamás a la octava casilla. Y el tablero es una escalera que no se termina. Y me pesa la mochila, y la pena, y el cansancio y el hastío. Y me pesan los besos que no tengo, y los que regalo, y me pesa todo y no me pesa nada.

Y subo y subo y subo, y no llego al descansillo.

Y aunque llegue, que no llego, que sé que muero ahora, justo ahora, a medio camino; aunque llegue con la lengua pastosa y el corazón en llamas, aunque lo consiguiese y lograse pensar: éste justo es el segundo antes.... Lo estropearía. Y no elegiría ser reina. Sería alfil, o caballo, o una estúpida torre lineal y predecible. Fuese lo que fuese, me equivocaría.

Pensar que lo estropearía me anima a seguir, sabiendo que no llegaré jamás a la octava casilla.

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