Al principio siempre hay un segundo para la pena. La puerta se cierra a mi espalda y la siento llorar porque me voy otra vez. Maulla bajito, en señal de protesta.
El frio me abofetea gratamente cuando cruzo la frontera del portal y la música explota, como cada mañana, en el umbral de mis tímpanos, envolviéndome en mi supernova matinal. Estridente. Atómica.
Al cruzar el puente sonrío, con la nariz congelada y el ansia de café apremiante, porque la veo mirarme, encaramada en la ventana. La saludo agitando la mano y la quiero con locura.
Y al recorrer mi sendero de cemento fundido para llegar a la octava casilla en la que ser reina, bailo con los charcos del camino, y la música se dibuja en el aire, curiosa, escapándoseme de entre los labios en forma de vaho.
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