El minuto que invierto en pensar en ti, es una sucesión de segundos chispeantes. Hoy que llueve a raudales, amparada por las buenas intenciones de la marquesina del autobús, las nubes dejan de llorar agua transparente y vomitan chorros de tinta cmyk que me tiñe por dentro y por fuera.
El segundo en el que te pienso, decía, es un chaparrón de cuatricromía que inunda las aceras. Es olor a pana marrón y tacto de venas palpitantes. Es una revolucíón hormonal y un síncope sin desfallecimiento.
El segundo en el que te pienso es cálida humedad y delirio estremecedor. Y vienes sigiloso y te acercas por la espalda. De un vuelco, el contenido del corazón se me desparrama por la mesa, salpicando el teclado, ahogando la sabiduría de los altavoces que me recuerdan aquello de que fuimos nubes con la mente. Y creo que voy a empezar a romperme.
Elevándome por encima de tus palabras, sorteando con mis ensoñaciones la razón y lo razonable, sonrío al pensarte. Es la erótica de los lunes de chubascos.
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