sábado, 9 de julio de 2011

Y me inclino yo también en las tardes

Y me inclino yo también en las tardes. Aquí el aire no es glacial, como solía serlo en la ciudad de las murallas que aún late rebelde en mi recuerdo. Aquí el aire huele a mar olvidado, a historia recién sudada, y no puedo deslizar las yemas de los dedos sobre la piedra secular y mojada.

Me inclino yo también en las tardes sobre la barandilla de la terraza, dejando que me mezca ese abismo eterno que siempre separa mi cuerpo del suelo. Aquí los días son cortos, condensados en segundos inexactos que se escurren en el calendario con la arena entre los dedos. Las noches son cálidas, y el beso callado del rocío no acude como antes, a velar mis disertaciones. Aquí el fuego es eterno, y reside en lo que sueño. Y sueño con los bares donde antaño se incendiaba la noche, sembrando el corazón de recuerdos.

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