Con esos ojos inquisidores y las palabras escogidas con esmero para tratar de conmoverme, dices que vuelvo a las andadas. Mientras me llamas cobarde, me acusas de volver a escaparme.
Y comienza la retahíla. Repites una y otra vez en el mismo orden y en orden inverso todos mis defectos, todas las quejas y los despropósitos de los que se me acusa. Y vuelves a llamarme cobarde.
Deberías saber que no huyo. Simplemente me puede el hastío y me escapo por los tejados.
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