Y sin saber cómo, me encontré inmersa en aquella ciudad oscura, bulliciosa, amenazante. Crucé sus angostos callejones y sus amplias avenidas, con paso apurado, como si huyese de algo. Huyendo de algo... en aquella ciudad a la que había decido escaparme.
Me crucé con decenas de transeúntes, y con ninguna mirada. Es inquietante el modo en el que me incomodan los hombres con gabardina.
Caminé en soledad por aquellas calles, oscuras, bulliciosas, amenazantes; que me instaban a prestar atención por doquier, reclamándole a mis ojos que se posasen en cada uno de sus neones brillantes.
Era cierto lo que mostraban las viejas películas: el corazón humeante de la urbe se escapaba a borbotones, escupido en forma de humo, por las alcantarillas.
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