Me detuve frente al pelotón, con sus gorras caladas y sus uniformes de camuflaje. A la orden en grito, hincaron rodilla en el suelo y me apuntaron con las ametralladoras. El sol me daba de frente, dibujando una extraña sonrisa cegada en mi cara. Me sentí en Saigón durante algo más de unos segundos. Seguí caminando. Sobrevolaron el cielo ejércitos de palomas. El olor a café inundaba las calles y, estridente, sonaba el chillido de acordes del Partido, como un hilo musical atronador y fuera de contexto. Algunos mendigos fumaban caballo en la plaza del Ayuntamiento. Feliz 1984, rezaban las paredes.
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