La cámara fotográfica, ser rebelde que seguía su propio criterio en cuanto a lapsos obturadores y aperturas diafragmáticas, explotó tras apretar el botón, y ardieron en un brillante caleidoscopio de colores todas sus vísceras metálicas.
Protestó impasible y dijo que no. Que jamás volvería a fotografiar otro cuero que el de sus manos ni otros cascabeles que no fuesen los de su lengua. Y no me quedó más que repasar con mis dedos de grafito el papel fotográfico que mantiene su recuerdo.
Los días posteriores al regreso seguían teñidos del mismo gris niebla que había acudido a la estación a despedirme. Quemé con mis suelas desgastadas las mismas aceras que anteriormente había pulido con mis pisadas, y no pude sino recordar los adoquines extranjeros maltratados por sus botas. La ciudad, a mi regreso, seguía oliendo a mar y a penumbra. Recordé entonces el olor del metro.
La concepción del tiempo es una herramienta de medición subjetiva. Recuerdo haber olido su hombro durante segundos interminables, y conversaciones secretas de horas, que se difuminaron tras el anochecer en un instante. Sin tiempo para ser consciente, explotó en mi interior el sentimiento indefinido, y al abrir los ojos, ya no pude encontrarlo.
Cuéntame cosas, le dije. Y me hablo del mundo a través de sus ojos. Deslizamos la espalda por las aceras, y caminamos despacito sobre canales contaminados. Nos rozamos las manos y nos sacamos la lengua. La catedral se escondió bajo la tierra para permitirnos una escapada. El tranvía chirriaba y las bocas de metro, laberínticas, se entremezclaron para confundir nuestras risas.
Se fue delgado, ligeramente encogido, escondido bajo la boina. Lo miré marcharse y me sumí en mi pena penita pena, en mi añoranza negra de altas densidades. Creo que le añoraba incluso antes de verle doblar la esquina.
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