Y cayó la noche como una sombra fúnebre sobre nuestras cabezas. Era tan oscura y tan fría que tan sólo se atrevian a brillar, tenues, las estrellas de los tímidos faroles.
Practicamos un sexo monótono, mecánico, y cerré los ojos por no verte.
Con la luz de la mañana, bajé a correr para sudar tu recuerdo agridulce, y las calles se me hacían más y más empinadas a medida que regresaba a esa casa en la que, con nuestra indiferencia, desconchamos las paredes.
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