Hizo un ligero ademán y se encogió de hombros. Arrugando la nariz en aquel gesto suyo tan aniñado, puso primero los ojos en blanco, y luego clavó en las mías sus pupilas incendiarias.
-¡Bah! -me contestó. -Te castigaré con el látigo de mi indiferencia.
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