De todos, el más tonto, es el domador. Se ríe como un energúmeno, muahahahahahaaa, con un chillido atronador y agudo, propio de las hienas. La gente carraspea y tose por lo bajo. Para desquitarse, zssssss, atiza el látigo frente a nuestras narices. Y los leones saltamos desganados de una plataforma a otra, con movimientos lentos, ensayados, por el bien del espectáculo, pero sin entusiasmo alguno.
Desde donde los observo, el resto de los integrantes del carromato de la farándula son de la misma especie babieca. Gentes dispersas, enterradas en otros lugares, vagabundos, trotamundos, golfantes. Los trapecistas en su élite de columpios en las nubes, provocando asombro con sus piruetas, tratados con deferencia. El payaso, el arlequín, el contorsionista y la polichinela, que son siempre diferentes y siempre los mismos, que hacen su actuación y se van, y vuelven, con otras caras, y el mismo nombre. La mujer barbuda, eterna y amargada, fumando en la esquina en la que perdió los sueños, mesándose la chiva, exhalando el humo por las orejas.
Y al fondo, en la jaula, nosotros, los leones. Agazapados y esqueléticos, esperando que salga el sol. Nos abren la puerta, nos tratan como a bestias, nos paseamos como bobos, saltamos dos o tres veces y hacemos alguna pirueta, como si la ordenase la vara de mando, y no nosotros a ella. Y volvemos a nuestras jaulas, el paso marcado con el vaivén cadencioso de nuestra cola peluda, tranquilos y despreocupados, ajenos a todo, para disfrutar lo único que merece la pena, los rayos de sol, a través de las rejas.
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