miércoles, 28 de septiembre de 2011

La carta

Cuando sostuve el sobre entre los dedos me pregunté cuanto tiempo hacía que ni tu rostro ni tu nombre se me pasaban por la mente. La luz sangrante de la bombilla marchita del descansillo dibujaba extrañas formas en las paredes desconchadas.

Recuerdo haberle dado varias vueltas entre los dedos. Era un sobre corriente, de los que se pegan con la lengua, con una esquina doblada y caligrafía redonda de niña. Mientras metía la llave en la cerradura y le daba dos vueltas, me pregunté para qué me habrías escrito.

Pero ya no soy yo a quién tu escribes. No abrí la carta, rasgándola por la impaciencia, mientras permanecía inmóvil en el descansillo. No subí con ansia las escaleras y leí su contenido con la respiración agitada, mientras la puerta sujetaba mi impaciencia. No olí el sobre como lo hubiese olido quizás en otra época, por ver si aún conservaba alguno de tus olores. Alguno que yo pudiese recordar.

En lugar de todo aquello, todo lo que hubiese hecho en otro tiempo, princesa, dejé el sobre corriente abandonado a su suerte sobre el aparador de la entrada, y me fui directamente a la cocina a hervir un hueso de pollo con el que hacer sopa. Y luego limpié de modo sentido, del modo en el que se limpia cuando se quiere, el cajón de la arena del gato, cuya pestilencia inundaba ya todo el pasillo.

Y cuando me disponía a bajar la bolsa de arena sucia, reparé de nuevo en la carta sobre el aparador de la entrada. Ni siquiera sosteniéndola entre los dedos sentí nada. Y la tiré al contenedor después de tirar la bolsa de arena sucia.

Al subir de nuevo las escaleras que me llevan al ático, la luz sangrante de la bombilla marchita dibujaba extrañas formas en las paredes desconchadas.

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