domingo, 9 de octubre de 2011

3000 pasos

Caminaba contando sus pasos, con las pupilas clavadas en el suelo, como tratando de atravesar la superficie adoquinada por la que regresábamos, fracasados.

Cuando llegó a tres mil, le interrumpí.

-Córtate la melena y punto. -Sentencié. -No me gusta ver que te comportas como un crío.

A la mañana siguiente, con la mirada perdida, recorrió el pasillo arrastrando los pies, sujetando firmemente los mechones mutilados en una mano.

En la otra, las pruebas de su desgracia. Su cuaderno de notas con todos los nombres, con todos los mechones secos embalsamados, y las fechas de las catástrofes anotadas a bolígrafo, al lado de los titulares impresos en rotativa. Me las tendió sin mediar palabra, para que pudiese ver la certeza con mis propios ojos.

El primero se había quedado sin voz, el segundo sin cuerpo, y el tercero sin nada. Me estremecí al ver los mechones de pelo y las extrañas coincidencias, el diario de una peluquería macabra. Y me senté a escribir banalidades muerto de miedo.

No había duda, yo era el cuarto. 

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