Estábamos sentados en las escaleras de la Burg Platz. Frente a nosotros, el Rin observaba atento al pasar nuestras caras mezclarse con las de los lugareños, rodeados de cervezas alemanas y conversaciones que oscilaban desde la media voz al algarabío más musical.
A nuestro lado, él. Recogía los cascos vacíos que dejaban a su paso inconscientes entre los presentes. Vino, y me trajo un refresco. Era viejo y estaba sucio. Pero sus ojos conservaban el azul oceánico de una juventud quemada en mil viajes, en mil rincones. Dijo, en un idioma que no pude identificar, que entendí por sus gestos, que era guapa, sin dejar de sonreirme. Contó historias, mirándome, para si mismo, mientras yo me bebía su regalo con un gesto de agradecimiento.
Luego se puso a diluviar, y, con una nueva sonrisa heredada pintada en la boca, eché a correr tras el grupo, guardando su cara en mi memoria, mientras su silueta se difuminaba entre el paisaje de la Burg Platz a principios de Junio.
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