miércoles, 28 de septiembre de 2011

Mi persona menguante

Un día me levanté por la mañana y noté que los brazos me pesaban más que de costumbre. La tarea cotidiana de lavarme el pelo se me antojó aquel día un periplo que terminó conmigo exhaústa, sentada desnuda sobre el frío azulejo del cuarto de baño.

Durante los días que siguieron a aquella extraña mañana, me dediqué a observar lo ralentizado de mis movimientos. Todo lo hacía más despacio que de costumbre. Caminar, masticar, hacerme la coleta, fumarme un cigarrillo, teclear tu nombre en la pantalla hasta que de tanto repetirlo ya no significa nada...

También la sombra bajo los ojos había crecido. Sin yo notarlo se había ido conviertiendo en una mancha petrolífera que nacía en el lagrimal y se extendía surcando media mejilla. Y el estómago, eso si que llegó a sorprenderme, porque él suele seguir siempre su propio criterio, comenzó a menguar de tal modo que ya ni siquiera me cabía en él la tostada de por las mañanas.

Y poco a poco me hice agua que se estancaba en charcos por las aceras. Poco a poco comenzaron a atropellarme los otros coches con sus claxones dementes. Poco a poco me escurrí de un lado a otro del reloj, escupiendo y tosiendo, con la arena anegando mis pulmones. Poco a poco me fui marchitando como los esqueletos de los geranios sobre la lavadora.

Poco a poco me puse el pijama, y la noche me meció mimosa, mientras yo me deshacía en lágrimas sabor a uva, sin saber ponerle nombre a la presión en el pecho que se extiende radial, doliéndome dentro.

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