La leche, casi en ebullición, dibuja nubes de vapor, risueña, que huelen a la combinación con el azúcar y el café. Dulce pero amargo. Las terminaciones nerviosas de las yemas de los dedos se exaltan al contacto con la cerámica caliente. Lentamente, comienza a desentumecérseme el cuerpo comenzando por las manos. Como si volviese a nacer desde la oscuridad de un profundo sueño, despierto.
Y a la derecha, los cristales lloran incansables sus lágrimas de lluvia.
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