miércoles, 28 de septiembre de 2011

40 grados de sol lucense

Aquella tarde, cuarenta grados de sol lucense caían como losas sobre nuestras cabezas. Los cristales de la biblioteca de Intercentros, empañados. En las mesas, collages de folios garabateados, botellas de agua, lápices y envoltorios arrugados de barritas energéticas.

Belén vagaba con su mirada tambaleándose entre los presentes; Esco permanecía inmutable, con la atención concentrada en los apuntes de epidemiología, traspasándolos con sus pupilas, reflejándose en su cerebro, quizás, las imágenes de una sombra fresquita en la orilla del río, mientras Nemo corre y chapotea, como si fuese un cachorrillo; y Clara, vestida de azul -porque es así como la recuerdo, vestida de azul-, con sus tapones para los oídos, aislada del mundo. Y yo en el medio, sintiéndome seguro como siempre me siento, cercada y sola entre el bullicio del gentío. El rozar de la hoja de un libro al ser pasada, el destapar de un bolígrafo, el tacto del rotulador permanente resbalando por el papel rayado, un sorbo de agua... Bullicio silencioso.

Hoy en mi invierno infinito de humedades marítimas vuelvo a la carga en tardes infernales de estudio ininterrumpido. Con otras compañías, con otros lápices y otros bullicios, las tardes son las mismas. Pero éstas, a diferencia de aquéllas pasadas, no hace tanto, pero que parecen pretéritas, el infierno es gélido, y ya no explota el termómetro al contacto con mis dedos.

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