Se que no puedes verme, y aún así, escondo la cabeza bajo la manta. El teléfono en la mesilla repite estridente su melodía. Eres inagotable. En silencio, mientras poco a poco me asfixio escondida en mi fortín inventado de sábanas de franela, susurro muy bajito: por favor, por favor, que deje de sonar; mientras quieta, como si te creyese oliéndome, como si supieses intuirme, pudieses adivinar que estoy aquí, ridícula, en silencio, con la cabeza enterrada bajo las entrañas de las tierra.
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