miércoles, 28 de septiembre de 2011

Como disculpa

Al chiflado. Al poeta.
Como disculpa. Me puede la vida.

Quise quitarme la chaqueta, colgarla en el perchero en el que cuelgo los prejuicios, los llantos y esa mirada, y sentarme a escribirte algo de nuevo. 

Llevé a cabo todos los rituales. Las gafas, el café, la ventana. En orden, en orden inverso, y desordenados. Pero las teclas bailaban frenéticas, dibujando sombras tristes, gritos desesperanzados, sudores y terribles gemidos en su oreja.

Me odié por ello. Por haber atascado las palabras en mis venas. Por regalárselas al viento, cada segundo, en lugar de escupirlas con tinta, de manchar los muros con firma, en lugar de inventármelo todo. Ahí están los poemas, en mi retina. Perdidos en el océano negro en el que me sumerjo y me ahogo. Perdidos al final, cuando me fallan las piernas y ya no puedo ni derretirme. Tan dentro que más adentro no existe nada. Ahí los tengo. Escondidos, recogidos, apretados, explotando. Cada segundo, a intervalos intermitentes. 

Los lloro. Los beso. Los añoro y los temo. Me chillan, me ladran, me pegan, me muerden.

Y los callo y me ahogan. Y, sobre todo, me duelen.

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