miércoles, 28 de septiembre de 2011

La gloria del SúperVillano

Es ahora, al pulsar intro, cuando me doy cuenta de lo valiente que eres.

Gritas al mundo desde tu ventana del quinto piso. Gritas a pleno pulmón, con el corazón encogido. Como tú dirías, muerto por dentro.

Es al pulsar intro cuando me doy cuenta. Sonrío al mirarte, cuando fumas con esa expresión extraña, con la palma de la mano tan abierta, porque me hace gracia tu timidez, la fragilidad de tus ojos huidizos y de los silencios incómodos. Y sin embargo, es ahora cuando me doy cuenta de que tu timidez es la misma fachada que mi extroversión. Tú eres el valiente, yo la cobardica. A ti es al que, en realidad, no le da miedo nada. Ni los aviones, ni los cambios, ni los bichos.

Y aquí me tienes, en mi cueva, con la cabeza escondida, sonrojada y con el corazón latiendo a un ritmo más frenético que cuando me obligas a subir escaleras.

Por no parpadear al apretar el gatillo. Por eso tú te mereces la gloria, súpervillano.

Los 29 de septiembre

Canto fatal. Pataleo y lloro y grito. Y muchas veces llevo calcetines desparejados. Pero me gusta sentarme en el asiento del copiloto en tu coche de las excursiones, y señalar con el dedo las cosas que me parecen curiosas tras la ventanilla.

Canto fatal, y me enfado y no respiro y cuelgo el teléfono. Pero al menos mis canciones son también tus canciones, y al segundo exacto, llamo de nuevo. 

Sabes que soy inconstante, y un poco ciclotímica, pero sigo aquí, recordándote todos los días, como ahora, que dejes de comerte los dedos. 

Te sonrío. Aunque a veces te lloro, porque llegas cansado y triste. Y a veces te lloro sonriendo, como ahora, porque sabes que cocinar es algo que echo mucho de menos. 

Tu gata maúlla y se intuye el invierno. El otoño es gracias a ti mi estación favorita. Dentro de poco habrá fuego, castañas y fotos de setas. Bajaremos andando al lago del Forgoselo. Hablaremos de Londres. Seguirás diciendo que no a la maquinilla del pelo, e insistiré mil veces más en que compremos un cerdo. 


Hoy es otro año más. Y tú sigues siendo brillante, tenaz, paciente. Pedaleas más kilómetros y sigues sabiendo explicar todo lo que el periódico dice que yo no entiendo. Eres cada día más fuerte, más optimista y más entregado. Y eres cada día más sonriente. 

No sé si lo sabes.... pero te quiero.

Los gatos se volvieron locos

Así que con la llegada de la noche, de la oscuridad, ha salido la Luna. 

Al dibujarse su silueta en el empedrado de las aceras, los gatos se volvieron locos. Los maullidos se escuchaban más allá del muelle. 

Era una estampa, en principio, anecdótica. De aquí y de allá iban acercándose gatitos. Uno de debajo de un contenedor, otro que salta desde la copa de un árbol, algunos pequeños, curiosos, observándolo todo antes de acercarse. Uno se tumbó en el centro del cerco que dibuja la Luna llena de Julio sobre la acera, y unos cuantos le siguieron. 

Sigilosos noctámbulos escondidos entre los miles de recodos que forman la avenida, poco a poco fueron juntándose. Todos. Cada vez más. Sumando decenas. Todos amontonándose en el dibujo que la Luna, que salió hace un rato, dibuja en el suelo.

Hoy

Hoy sostuve durante un segundo el rifle en mis manos. Tomé un café inesperado a la hora del desayuno, metí los pies en el mar y, cuando ya era de noche, me balanceé en los columpios.

Los lobos

No tengo miedo a los lobos. No es cierto eso que dicen de que pueden oler tu miedo. Les miro a los ojos, en silencio, sin sonreír. Quizás tengo miedo, un poco, es posible, pero los lobos qué saben. Al cabo de un rato, si los miras fijamente, meten en rabo entre las piernas.

Es porque en el fondo, son sólo perros. Se mueren de miedo de que no les quieras.

Como disculpa

Al chiflado. Al poeta.
Como disculpa. Me puede la vida.

Quise quitarme la chaqueta, colgarla en el perchero en el que cuelgo los prejuicios, los llantos y esa mirada, y sentarme a escribirte algo de nuevo. 

Llevé a cabo todos los rituales. Las gafas, el café, la ventana. En orden, en orden inverso, y desordenados. Pero las teclas bailaban frenéticas, dibujando sombras tristes, gritos desesperanzados, sudores y terribles gemidos en su oreja.

Me odié por ello. Por haber atascado las palabras en mis venas. Por regalárselas al viento, cada segundo, en lugar de escupirlas con tinta, de manchar los muros con firma, en lugar de inventármelo todo. Ahí están los poemas, en mi retina. Perdidos en el océano negro en el que me sumerjo y me ahogo. Perdidos al final, cuando me fallan las piernas y ya no puedo ni derretirme. Tan dentro que más adentro no existe nada. Ahí los tengo. Escondidos, recogidos, apretados, explotando. Cada segundo, a intervalos intermitentes. 

Los lloro. Los beso. Los añoro y los temo. Me chillan, me ladran, me pegan, me muerden.

Y los callo y me ahogan. Y, sobre todo, me duelen.

El Joker

El Joker sembraba el pánico por toda la ciudad. Con trajes brillantes y manadas de lobos. Gotham estallando en llamas. La luna expectante... 

A vista de pájaro, parecía el escenario perfecto.

Martes

Salí de clase a las diez. Llovía. Para darle la vuelta a un martes que se vestía de trece, fui a comprar libros nuevos. Al salir, con mi tesoro y mi sonrisa, había escampado. Subí caminando por la calle Magdalena. En la última manzana, a lo lejos, creí escuchar los primeros acordes de Iberia Sumergida. Sonreí. Emilio es de los nuestros.

Las últimas moras del verano

Esta mañana me comí las últimas moras del verano. Las palas y las excavadoras arruinaron ligeramente el momento. Eché de menos a Roxana. Aprobó Equipos este año. Ella habría sabido saborear no sólo las moras, si no los brazos articulados y los cilindros hidráulicos.

As escaleiras do Rivendel

Un dia pregunteille ao Tono qué se fai cando morre alguén. E dixo que recordalo sempre e querelo moito. Contestoume coma se resposta aos pícaros, e logo faloume de seu avó, que fora mariñeiro e republicano, e ata finar tivera "El viejo y el mar" na mesilla de noite.

(...)

O soño

...A noite en Lugo é unha canella avesía do máis escuro dos negros. Pero cando remata e chega a mañán, un sinte que lle deixou no peito, a pesares de chover e do frío, unha pegada coma de leite morno,e xa non se pode ulir outra cousa que non seña o ulir da pedra secular e mollada...

O can da Escofina

No segundo exacto no que a Escofina deixaba cae-la pá ao chan, Suso o da Queira escribía cun bolígrafo bic azul o texto que pensaba enviar a unha revista de anuncios por palabras pra que lle publicasen: "Vendo picadoras de maiz autopropulsadas Class - New Holland - Jlhon Deere." 

Nese segundo exacto, seu pai, o da Escofina, pulsaba o botón número tres do mando a distancia, para sentarse no sofá un pedazo a ve-lo partido de futbol da galega, combinado de veteranos entrenados por Amancio (con Agulló, Buyo, Celeiro, Djorovic, Naybet, Radchenco, Shongo'o…) e o outro Superdépor ás ordes de Arsenio e Ballesta (con Aldana, Claudio, Mauro Silva, Bebeto, Fran, Liaño, Manjarín…) E nese segundo exacto, ao fondo da cociña, coma nun relato de Manuel Rivas, palillaba flores de encaixe a nai.

(...)

Historias de tejados

Es uno de esos días en los que entre el cielo mullido de nubes y el suelo empedrado se reproduce todo el espectro posible de grises. Sentada en la mesa, con los pies asomando timidamente por el alfeizar, contemplo el paisaje que dibuja ante mi la estampa de este nuevo cuarto: un mosaico eterno de tejados de pizarra.

Y en lo que quizás sea un suspiro que se me escapa entre los dientes, recuerdo con nostalgia la ventana de mi habitación de niña. En navidad, el ayuntamiento decora el gran abeto sobre el que se centra el paisaje que la cristalera me enseñaba, colgándole cientos de luces de colores centelleantes (o lo que a mi siempre me parecieron cientos), y la gente al pasar hurta pillabana las que cuelgan próximas a manos ajenas.

Ahora, en navidad de nuevo, a quilómetros insalvables de mi niñez, lo único que se desliza ante mis ojos es el tiempo esbozando remolinos al escaparse inquieto entre las chimeneas.

Se nos rompió el tiempo

Y si sabes cómo soy, ¿por qué me dejas jugar con cristales? El tiempo se me escapó de las manos y se estrelló en el suelo, rompiéndosenos en pedazos chiquitos como mis mentirijillas, en trocitos minúsculos e irreparables.

Y con los ojos empañados en lágrimas los barrí y así nos quedamos, con el tiempo entero entre las manos, y un segundo despues, hecho añicos, en mil pedazos.

Antología narrativa

En Comala fui como el rio que fluye, y en Bohemia me eduqué como sus mujeres. En la orilla de Kafka me hice gaviota de la mano de Juan Salvador, el pequeño ángel, y al desplegar mis alas me abrazaron cariñosos los cuerpos celestes que observaba Beatriz, la reina del Paramaribo, aquella olvidada ladrona de libros.. Momo me contó cuentos por palabras, y en la lectura comprendida en un minuto tuve sed incontenible de champán. Mis renglones, como los de dios, también se escribieron torcidos, y a través del espejo me asomé a la nada. Morel inventó para mi narraciones extraordinarias, y mis edades se sucedieron, frenéticas, para acabar consumidas en un delicioso suicidio en grupo en el café de Mike, con el tic-tac escalofriante del péndulo, dejando correr los segundos tras la sombra del obelisco.

Los besos del canelo

Este dedo me falta hace ya tiempo. Me lo corté en un accidente porque a él no le gustaba que le besase el cuello. Besos en el cuello no, decía, le daban como repelús. Aunque en la cara y en la boca tampoco creas que le gustaban demasiado. Bueno, no le gustaban los míos, porque al canelo si que no le hacía ascos. Ven canelo, decía. Y el canelo se acercaba meneando el rabo al butacón que él siempre tenía junto al fuego y le lamía toda la cara como un loco. Cómo se reía jugando con el canelo. A él sí que le dejaba, el canelo le bababa de arriba a abajo y no protestaba nunca, se reía y le rascaba la barriga. Qué rabia me daba a mi aquello. Mis besos no, pero al canelo todos los del mundo. Me daba tanta rabia que se me nublaba la vista y se me encendía la ira. Mientras lo sentía reirse deshuesaba con más y más fuerza, escupiendo a machetazos todo el rencor que me daban los dos. Y así fue como me corté este dedo que me falta. Porque a él no le gustaban mis besos en el cuello.

Palabras inventadas

Y me dijiste que no me investase palabras.

El viento gélido se coló de repente por la puerta que se abría, y se dirigió hacia mi, preciso. Se metió por mi nariz al tiempo que tomaba aire para suspirar por tu rencor incontenido, y me dejó muda.

Así que hablaste durante minutos distendidos en el tiempo hasta parecer horas. Y yo muda, la voz comida por el viento, dejé de invertarme palabras. Y como no podía cambiar los verbos feos por gotas de lluvia de colores, permanecí inmóvil, sentada en mi taburete, mientras tras tu espalda, caían en un horrible estrépito de ruidos indeseables, los restos de las ruinas en las que, con nuestro adiós, convertimos los palacios.

Locura también significa manía

Vivo en un estado alterado de consciencia permanente.

Vuelo con los pies en el suelo, sorteando los charcos. Escribo palabras sin soporte, escupiéndoselas al viento, cuando hablo sola por la calle. Rechazo las normas sociales establecidas. Hago punteos de guitarra en los semáforos y, a veces, me pongo las gafas de sol cuando llueve para ver las gotas de lluvia bajo filtros diferentes.

Soi inconstante, desuniforme y extravagante. Si no es obligado nunca escribo voi ni soi con i griega. Si es obligado, busco sinónimos. Me gusta lavarme los dientes con dentrífico infantil porque me recuerda al flúor que tanto odiaba en la escuela. Y recordar todas las cosas por las que solía decir: "pues ahora me enfado y no respiro!" me hacen reír a carcajadas.

Hablo con los perros y con los gatos, y a menudo con el espejo. Veo los colores como sólo yo los veo, y las voces en mi cabeza no paran de hacerme cosquillas. Ordeno los calcetines siempre de modo desparejado. Nunca verde con verde ni rojo con rojo. Es una manía. Locura también significa Manía.

Dualidad

Los días son negros y las noches lumínicas, y yo, aquí, sola entre el gentío, grito en silencio.

Andrea

Hizo un ligero ademán y se encogió de hombros. Arrugando la nariz en aquel gesto suyo tan aniñado, puso primero los ojos en blanco, y luego clavó en las mías sus pupilas incendiarias.

-¡Bah! -me contestó. -Te castigaré con el látigo de mi indiferencia.

Y cayó la noche

Y cayó la noche como una sombra fúnebre sobre nuestras cabezas. Era tan oscura y tan fría que tan sólo se atrevian a brillar, tenues, las estrellas de los tímidos faroles.

Practicamos un sexo monótono, mecánico, y cerré los ojos por no verte.

Con la luz de la mañana, bajé a correr para sudar tu recuerdo agridulce, y las calles se me hacían más y más empinadas a medida que regresaba a esa casa en la que, con nuestra indiferencia, desconchamos las paredes.

Agua

Mienten cuando dicen que el agua es inodora, incolora e insípida. De todo esto, lo único cierto es su condición de transparente. La casa duerme en silencio cuando yo me levanto. Descalza, dirijo mi sueño todavía en curso, al cuarto de baño. Abro la billa mientras hago pis y siento como la pequeña estancia azulejada se va llenando de olor a agua. El vapor tiñe de niebla el espejo, difuminando mi contorno. Al sentir su peso caer a chorro sobre mi, abro la boca todo cuando puedo. No hay sabor comparable al escurrir intrépido del agua garganta abajo. Tras mi ritual matutino, dilatado en el tiempo todo lo posible hasta que manos ajenas aporrean la puerta, extiendo el brazo a la búsqueda de una toalla.

40 grados de sol lucense

Aquella tarde, cuarenta grados de sol lucense caían como losas sobre nuestras cabezas. Los cristales de la biblioteca de Intercentros, empañados. En las mesas, collages de folios garabateados, botellas de agua, lápices y envoltorios arrugados de barritas energéticas.

Belén vagaba con su mirada tambaleándose entre los presentes; Esco permanecía inmutable, con la atención concentrada en los apuntes de epidemiología, traspasándolos con sus pupilas, reflejándose en su cerebro, quizás, las imágenes de una sombra fresquita en la orilla del río, mientras Nemo corre y chapotea, como si fuese un cachorrillo; y Clara, vestida de azul -porque es así como la recuerdo, vestida de azul-, con sus tapones para los oídos, aislada del mundo. Y yo en el medio, sintiéndome seguro como siempre me siento, cercada y sola entre el bullicio del gentío. El rozar de la hoja de un libro al ser pasada, el destapar de un bolígrafo, el tacto del rotulador permanente resbalando por el papel rayado, un sorbo de agua... Bullicio silencioso.

Hoy en mi invierno infinito de humedades marítimas vuelvo a la carga en tardes infernales de estudio ininterrumpido. Con otras compañías, con otros lápices y otros bullicios, las tardes son las mismas. Pero éstas, a diferencia de aquéllas pasadas, no hace tanto, pero que parecen pretéritas, el infierno es gélido, y ya no explota el termómetro al contacto con mis dedos.

Herramientas para la calidad

La hoja, que en su momento fue blanca y virgen, recoge los garabatos a boli que, con desgana, anoté entre las líneas impresas allá por las cuatro de la tarde, cuando la lucidez se asomaba a mi mesa de estudio a intervalos intermitentes.

Desde el reloj que me mira burlón crucificado en la pared, los minutos discurren entre gráficos de control y planillas de inspección, herramientas para la gestión de la calidad que espero tardar en olvidar tanto como tardo en aprender.

Las letras se separan, se emborronan, se despegan, se alejan años luz de mi capacidad de concentración hoy más limitada que nunca. Bailan los caracteres su fiesta de venganza mayo 2008, por haberlos obviado hasta este momento. El inefable tormento de la noche antes.

La tendencia central y los límites superiores e inferiores se entremezclan entre si, con mi mirada perdiéndose a ratos en la pantalla del ordenador, y los dedos escabulléndose traviesos hacia el teclado. Y los diagramas de dispersión, en mi, dibujan gráficas de desconcetración exponencial.

Vuelvo a los garabatos escritos a bolígrafo, y la mano se desentiende coloreando poesía. Intento centrarme. Y las pupilas comienzan a diluírse, inminente el desastre, para dejar paso al humor de mis ojos fluyendo desde las órbitas oculares, resbalando por las mejillas el iris, haciéndose agua el cristalino, empañando las hojas que un día fueron vírgenes en blanco.

En la Burg Platz

Estábamos sentados en las escaleras de la Burg Platz. Frente a nosotros, el Rin observaba atento al pasar nuestras caras mezclarse con las de los lugareños, rodeados de cervezas alemanas y conversaciones que oscilaban desde la media voz al algarabío más musical.

A nuestro lado, él. Recogía los cascos vacíos que dejaban a su paso inconscientes entre los presentes. Vino, y me trajo un refresco. Era viejo y estaba sucio. Pero sus ojos conservaban el azul oceánico de una juventud quemada en mil viajes, en mil rincones. Dijo, en un idioma que no pude identificar, que entendí por sus gestos, que era guapa, sin dejar de sonreirme. Contó historias, mirándome, para si mismo, mientras yo me bebía su regalo con un gesto de agradecimiento.

Luego se puso a diluviar, y, con una nueva sonrisa heredada pintada en la boca, eché a correr tras el grupo, guardando su cara en mi memoria, mientras su silueta se difuminaba entre el paisaje de la Burg Platz a principios de Junio.

Nada

Te prometo que no serán nada. Ni los viajes nocturnos, los espacios compartidos, los saltos en el tiempo, ni los minutos musicales.

La erótica de los Lunes de chubascos

El minuto que invierto en pensar en ti, es una sucesión de segundos chispeantes. Hoy que llueve a raudales, amparada por las buenas intenciones de la marquesina del autobús, las nubes dejan de llorar agua transparente y vomitan chorros de tinta cmyk que me tiñe por dentro y por fuera.

El segundo en el que te pienso, decía, es un chaparrón de cuatricromía que inunda las aceras. Es olor a pana marrón y tacto de venas palpitantes. Es una revolucíón hormonal y un síncope sin desfallecimiento.

El segundo en el que te pienso es cálida humedad y delirio estremecedor. Y vienes sigiloso y te acercas por la espalda. De un vuelco, el contenido del corazón se me desparrama por la mesa, salpicando el teclado, ahogando la sabiduría de los altavoces que me recuerdan aquello de que fuimos nubes con la mente. Y creo que voy a empezar a romperme.

Elevándome por encima de tus palabras, sorteando con mis ensoñaciones la razón y lo razonable, sonrío al pensarte. Es la erótica de los lunes de chubascos. 

La carta

Cuando sostuve el sobre entre los dedos me pregunté cuanto tiempo hacía que ni tu rostro ni tu nombre se me pasaban por la mente. La luz sangrante de la bombilla marchita del descansillo dibujaba extrañas formas en las paredes desconchadas.

Recuerdo haberle dado varias vueltas entre los dedos. Era un sobre corriente, de los que se pegan con la lengua, con una esquina doblada y caligrafía redonda de niña. Mientras metía la llave en la cerradura y le daba dos vueltas, me pregunté para qué me habrías escrito.

Pero ya no soy yo a quién tu escribes. No abrí la carta, rasgándola por la impaciencia, mientras permanecía inmóvil en el descansillo. No subí con ansia las escaleras y leí su contenido con la respiración agitada, mientras la puerta sujetaba mi impaciencia. No olí el sobre como lo hubiese olido quizás en otra época, por ver si aún conservaba alguno de tus olores. Alguno que yo pudiese recordar.

En lugar de todo aquello, todo lo que hubiese hecho en otro tiempo, princesa, dejé el sobre corriente abandonado a su suerte sobre el aparador de la entrada, y me fui directamente a la cocina a hervir un hueso de pollo con el que hacer sopa. Y luego limpié de modo sentido, del modo en el que se limpia cuando se quiere, el cajón de la arena del gato, cuya pestilencia inundaba ya todo el pasillo.

Y cuando me disponía a bajar la bolsa de arena sucia, reparé de nuevo en la carta sobre el aparador de la entrada. Ni siquiera sosteniéndola entre los dedos sentí nada. Y la tiré al contenedor después de tirar la bolsa de arena sucia.

Al subir de nuevo las escaleras que me llevan al ático, la luz sangrante de la bombilla marchita dibujaba extrañas formas en las paredes desconchadas.

Mi persona menguante

Un día me levanté por la mañana y noté que los brazos me pesaban más que de costumbre. La tarea cotidiana de lavarme el pelo se me antojó aquel día un periplo que terminó conmigo exhaústa, sentada desnuda sobre el frío azulejo del cuarto de baño.

Durante los días que siguieron a aquella extraña mañana, me dediqué a observar lo ralentizado de mis movimientos. Todo lo hacía más despacio que de costumbre. Caminar, masticar, hacerme la coleta, fumarme un cigarrillo, teclear tu nombre en la pantalla hasta que de tanto repetirlo ya no significa nada...

También la sombra bajo los ojos había crecido. Sin yo notarlo se había ido conviertiendo en una mancha petrolífera que nacía en el lagrimal y se extendía surcando media mejilla. Y el estómago, eso si que llegó a sorprenderme, porque él suele seguir siempre su propio criterio, comenzó a menguar de tal modo que ya ni siquiera me cabía en él la tostada de por las mañanas.

Y poco a poco me hice agua que se estancaba en charcos por las aceras. Poco a poco comenzaron a atropellarme los otros coches con sus claxones dementes. Poco a poco me escurrí de un lado a otro del reloj, escupiendo y tosiendo, con la arena anegando mis pulmones. Poco a poco me fui marchitando como los esqueletos de los geranios sobre la lavadora.

Poco a poco me puse el pijama, y la noche me meció mimosa, mientras yo me deshacía en lágrimas sabor a uva, sin saber ponerle nombre a la presión en el pecho que se extiende radial, doliéndome dentro.

Me gusta mi profe

Me gusta mi profe. Sus pantalones de pana y sus camisas de cuadros. Su boca de tinta y sus manos de tiza. La ambiguedad curvilínea de su sonrisa aritmética.

Grita el reloj anunciando las horas con un pitido continuado y estridente. Explota en mis sienes el vaivén cadencioso de la mañana y siento sus zapatos emergiendo de lo profundo de mis sueños de acetato.

La madrugada se hizo eterna porque últimamente padezco problemas de insomnio. Me reclino en la silla y entrecierro los ojos. Su boca dibuja los verbos que me transportan a una realidad en modelo de semitono.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Cascabeles de cuero

La cámara fotográfica, ser rebelde que seguía su propio criterio en cuanto a lapsos obturadores y aperturas diafragmáticas, explotó tras apretar el botón, y ardieron en un brillante caleidoscopio de colores todas sus vísceras metálicas.

Protestó impasible y dijo que no. Que jamás volvería a fotografiar otro cuero que el de sus manos ni otros cascabeles que no fuesen los de su lengua. Y no me quedó más que repasar con mis dedos de grafito el papel fotográfico que mantiene su recuerdo.

Los días posteriores al regreso seguían teñidos del mismo gris niebla que había acudido a la estación a despedirme. Quemé con mis suelas desgastadas las mismas aceras que anteriormente había pulido con mis pisadas, y no pude sino recordar los adoquines extranjeros maltratados por sus botas. La ciudad, a mi regreso, seguía oliendo a mar y a penumbra. Recordé entonces el olor del metro.

La concepción del tiempo es una herramienta de medición subjetiva. Recuerdo haber olido su hombro durante segundos interminables, y conversaciones secretas de horas, que se difuminaron tras el anochecer en un instante. Sin tiempo para ser consciente, explotó en mi interior el sentimiento indefinido, y al abrir los ojos, ya no pude encontrarlo.

Cuéntame cosas, le dije. Y me hablo del mundo a través de sus ojos. Deslizamos la espalda por las aceras, y caminamos despacito sobre canales contaminados. Nos rozamos las manos y nos sacamos la lengua. La catedral se escondió bajo la tierra para permitirnos una escapada. El tranvía chirriaba y las bocas de metro, laberínticas, se entremezclaron para confundir nuestras risas.

Se fue delgado, ligeramente encogido, escondido bajo la boina. Lo miré marcharse y me sumí en mi pena penita pena, en mi añoranza negra de altas densidades. Creo que le añoraba incluso antes de verle doblar la esquina.