viernes, 29 de junio de 2012

Personajes principales

Repasé las cajas de las películas con el dedo. Algunas ni las había visto. Otras las había visto cientos de veces. Era un ritual como otro cualquiera. Hoy no estaba ni demasiado aburrida, ni demasiado cansada, y empecé a enumerar personajes principales. 

El vendedor de discos pop que vi por primera vez en una ciudad europea perdida en los noventa. El que tiembla en el aeropuerto, el que bebe en un bar, el que no quiere dejar de autodestruirse. El que toca la trompeta en el entierro de su padre. El que acoge a la chica rusa mientras suena Cohen. El cabecilla de los dementes. El que dibujaba tonterías en el espejo mientras se lava los dientes, el que cree que tiene miedo al mar y encuentra unas escaleras. 

El que no duerme. El que se enamora de la loca y busca deshacerse por dentro en cada desgracia y en cada puñetazo, y forma un ejército. El que mientras suenan los Pixies me coge de la mano, y el mundo explota, y se derrumba. Y da vueltas de campana. 

La cuenta del tiempo

Bueno... ya que usted me pregunta con educación, y si he de decir la verdad, le diré que en realidad no, no éramos en absoluto eficientes. Pero llevar cuenta del tiempo es difícil, ¿sabe? Hace falta una metodología de trabajo estandarizada, y todo el mundo debe moverse como un suizo. Las cadenas se rompen siempre por el eslabón más débil, eso hay que tenerlo en cuenta. Y para llevar el control del tiempo, el trabajo en cadena es lo más importante.

Y nosotros, ¿pues qué decirle? Es difícil llevar la cuenta del tiempo. En un momento que usted se despiste, en un momento que va y vuelve y se tropieza, no le da tiempo. Y ¡ala!, a recoger la arena que se ha vertido, mientras empiezan a darse la vuelta los siguientes relojes, y más arena tirada en la esquina opuesta, y va usted y vuelve, y se tropieza, y ya la tenemos liada. 

Es difícil llevar la cuenta del tiempo. Hay tardes frenéticas en las que uno suda a mares, y la arena se le queda pegada a las manos, y el tiempo se ralentiza tanto que por momentos se detiene, y ni aún así es capaz uno de pillarle el ritmo. No es fácil, ¿sabe usted? Aunque eso no nos quite a nosotros, en este caso, una pizca de culpa. 

En el desván, fantasmas

Los fantasmas aguardan discretos, encerrados en el desván. No dan necesariamente miedo. Tan solo están ahí. Se sientan, recorren la pequeña estancia, fuman, ponen algún disco... Llevan siempre la misma ropa, ésa exacta que les diferencia. A veces, cuando hay que airear y quitar telarañas, sacudir el polvo y hacer sitio en el olvido inolvidable a los cachivaches que conformaron la vida y ahora van estorbando, a los trozos de vida antigua que se relegan al ático, los fantasmas desaparecen y, ellos solos, se encierran en el sótano. 

Supongo que no podrán sentir nada, o la humedad les carcomería por dentro.

Los fantasmas aguardan en mi desván discretos. Aguardan en el sótano en primavera. No dan necesariamente miedo. Inquietan con sus palabras, a veces, cuando hablan en voz alta.  Pero uno termina por acostumbrarse, termina por conocerles. Siempre dicen las mismas frases. Ésas exactas que les diferencian. 

miércoles, 27 de junio de 2012

Acepciones

Necesitaba escribir algo esperanzador, algo que me sirviese de consuelo y me diese ánimos, pero no me sentía inspirada. La semana había sido larga y sombría, y tan solo estábamos a miércoles. Aún quedaban por librar muchas batallas hasta tener que comenzar a librar las mismas de nuevo. Queriendo empezar por algún sitio, busqué esperanza en el diccionario. 

La esperanza es un estado de ánimo.

Espejos

Si soy lo que soy al mirarme al espejo, soy la arruga del entrecejo, que graba en mi rostro, en una marca heredada, todas las veces que arañar el mundo no ha sido suficiente. Si soy lo que soy en el espejo, soy el pelo asimétrico y cortado a trasquilones, que ilustra en diagonales de tijera la necesidad de sentarse, mirarse, y romperlo todo. Si soy lo que soy al mirarme al espejo, soy el tabique ligeramente torcido, los achinados ojos miopes, soy la constancia de que no somos perfectos. Si soy lo que soy al mirarme al espejo, soy sin duda también el brazo derecho. 

Girando en sentido invertido

Estática la pared que tengo al frente, como estático estoy tumbado en la cama. Por la ventana ligeramente abierta se cuelan los ruidos insignificantes de una calle residencial. Un coche que pasa discreto, pasos, ladridos de algún perro. Lo único que se mueve aquí dentro es mi pecho, subiendo y bajando cadencioso a medida que respiro, y la espigada aguja del segundero. La miro. Está en el siete. Y acompaso mi respiración a su ritmo de metrónomo mientras asciende por la esfera. Cuando llega al doce, se detiene.

Contengo la respiración un segundo, y se acompasa a mi ritmo de nuevo. La observo marcar los segundos, marchando ahora hacia atrás, volviendo al once, y al diez y al nueve. Girando en sentido invertido se mueve el reloj en mi barco a Venus.

Sin duelo

Sonaba insistente en mi cabeza, reproduciéndose en modo automático, como de forma automática se mueven mis manos entre las marchas, como de forma automática se mueven los pies en los pedales. Como de forma automática respiro y mi corazón bombea sangre. Se reproducía constante, creando un hilo musical en bucles de tres minutos cuarenta, girando dentro de todas mis espirales. 

Y si un día para mi mal, viene a buscarme la parca, empujad al mar mi barca, con un levante otoñal, y dejad que el temporal desguace sus alas blancas. Y a mi enterradme sin duelo, entre la playa y el cielo. 

martes, 26 de junio de 2012

Mientras me quede sangre

Y seguiré librando todas y cada una de las batallas. Y seguiré luchando. Pondré el pecho ante las espadas de acero, y chillaré consignas incendiarias bajo las hordas de lanzas. Seguiré luchando hasta que la guerra acabe. Mientras me quede sangre.

lunes, 25 de junio de 2012

por el camino que lleva a la presa

Me lo crucé. Venía corriendo con las manos en la espalda, y me pareció raro. Siempre me decís que no me gire a mirar a la gente, pero lo hago de igual modo. Y al girarme me di cuenta. Llevaba las manos llenas de sangre. Se me congeló algo por dentro y apuré el paso. Al llegar a la carretera general, vi un tumulto de gente que se agitaba nerviosa. Tragué saliva y me invadió esta sensación que no he podido arrancarme todavía. En una esquina, la chica acuchillada. 

viernes, 22 de junio de 2012

Y pienso y pasa. Y pasa y pienso

Y pienso y pasa. Y pasa y pienso. Tengo la manía de ir coleccionando las veces que altero mi libre albedrío, colocando en mi camino las cosas que sueño. Lo pienso y me araña, lo escribo y se olvida. Y al día siguiente, lo tengo en la puerta. Y así coleccioné animales de circo, y así maullaron los gatos y murieron los pájaros. Así se pasearon los zorros, así me miraron, así se sentaron a esperar a que llegases, y así aparecieron tumbados, tal como los había pensado, una mañana de junio. Tengo guardado un tesoro impreso, de hace ya varias eras, en el que me digo que locura también significa manía. 

Tengo la manía de ir coleccionando las veces que dibujo la realidad y la realidad ante mi se dibuja. Y así coleccioné fotos de mis pies en el suelo, y así estuve en todos los sueños. En la cima del mundo, en el castillo en ruinas, en el cuarto de baño, en todos los espejos. Y a veces, como ahora, mientras cambio de marcha y subo el volumen, mientras parece que vivo algo real, en realidad se deconstruye el mundo, y me miro las manos y las manos se hacen tinta, y ya no soy yo la que canta sino una ilustración de mi misma. 

Y pienso y pasa. Y pasa y pienso. Y tengo la manía de ir coleccionando las veces que rompo las secuencias del tiempo, las veces que la vida se transforma en mis cuentos. 

miércoles, 20 de junio de 2012

Los zorros muertos

Le quería muchísimo y aun así se me murió. Se fue quedando en los huesos, no se comía el pienso para perros. Había noches en las que no le encadenaba, aun con miedo de perderle, por si quería escabullirse y degollar gallinas. 

Le recuerdo con la correa al cuello, mojado en invierno, dando vueltas en círculos, escarbando el suelo. Le recuerdo gruñendo, enseñando los dientes. Una mañana de junio al salir, le encontré tumbado en su esquina. Aun sin acercarme, supe que estaba muerto.

lunes, 18 de junio de 2012

Los gatos bajo la escalera

De tanto empujar la tablilla, la metieron hacia dentro, y los gatos se colaron bajo un peldaño, hacia el interior de la escalera. Uno llevaba bufanda, y el otro sombrero. O eso le pareció cuando abrió de repente la puerta de la entrada, a tiempo para ver con nitidez el rabo del último, introduciéndose veloz por el agujero. 

Las comidas en casa de la tía Nieve era aburridas y todo olía a verdura cocida. La cocina, el espacio a cubierto en que el, en el jardín delantero, ya se encontraba la mesa preparada, y sus manos, cuando le agarraba la cara al llegar, para obligarla a darle un beso. Se había apurado a escabullirse cuando la mandaron a lavarse las manos. -Al lavabo de arriba, no. -había ordenado la tía Nieve. -Usa el que hay bajo la escalera. 

Abrió la puerta con sigilo, esperando sorprender a los gatos bebiendo en la pila, o enredados en el papel higiénico, pero se sorprendió al encontrarse que la puerta bajo la escalera no daba a ningún lavabo. Entró y los zapatos nuevos se mojaron por la hierba húmeda. Estaba en el jardín de atrás. A alguien se le había olvidado cortar el césped, y crecían por todas partes flores de colores desordenados, muchas con espinas. Algunas gigantescas, otras diminutas.

Y en el medio del jardín, otra puerta. Solitaria, montada en su dintel como si pudiese tener su presencia allí algún sentido. Como un centinela. Como una escultura. Cerrada. Esperándola.

La pequeña protagonista se acercó dudando y, como asumiendo como impensable otra cosa, empujó la manilla, abriéndola, y cruzó al umbral. Al cerrarla a su espalda todo se oscureció durante un segundo y, al hacerse la luz de nuevo, supo que tendría que atravesar muchas más puertas para recorrer el camino que había encontrado, o para encontrar el camino de vuelta. 

domingo, 17 de junio de 2012

Angosta y fría

Era como si, al adentrarse, la habitación se hiciese más y más larga. Al fondo seguía estático como un faro, el halo de luz que se colaba por debajo de la siguiente puerta. La pequeña protagonista dio un paso, y otro, y otro y otro y otro más, y la habitación, estrecha y húmeda como una gruta, le recordó una canción muy concreta. Poco a poco las baldosas se fueron cubriendo de grietas, y las grietas de hierba, y caminó todo el tiempo deslizando los dedos por la pared, como si pudiese sentir el puerto, como si pudiese sentir las gaviotas y los faroles, como si pudiese oler el cansancio y la derrota, hasta que llegó a la siguiente puerta.


Era pequeña, apenas un cuarto de su tamaño. Se arrodilló en el suelo y giró el pomo. Se abrió sin problemas, y una explosión de luz le tiñó la cara de naranja. 

sábado, 16 de junio de 2012

La habitación contigua

La estancia contigua era un angosto agujero sembrado de penumbra. Deslizó la mano por las húmedas paredes y achicó los ojos tratando de ver con nitidez el fino halo de luz que, a ras de suelo, parecía indicar una nueva puerta.

viernes, 15 de junio de 2012

Éramos lobos

Éramos cuatro, pero peleábamos como si fuésemos cientos. La vida no era fácil en los páramos, alrededor todo estaba yermo, baldío, y pasábamos más frío del que había llegado a imaginarme. Las manos amoratadas y yagas en los pies. Me dolía el estómago cien veces al día. Y aún así nos reíamos. Cuando la noche era tan oscura que más que noche era puro miedo, sentados en torno al fuego nos reíamos. Nos pasábamos el pipote y nos contábamos historias unos a otros. Tenían que oírse a kilómetros nuestras carcajadas atravesando la llanura desolada. No había ni luna, pero ahí seguíamos nosotros.

Éramos soldados. Nuestra propia Guardia de la Noche. Éramos los músicos del Titanic, tocando mientras el barco se hunde. Mordiendo, gruñendo, arañando. Éramos lobos. 

La habitación de rombos rojos

Las paredes eran un mosaico de rombos rojos que la hizo sentirse mareada al entrar. Con la respiración agitada, sintiendo la habitación dar vueltas lentamente sobre si misma, como si estuviese colocada en el centro de un eje, la pequeña protagonista se apoyó contra una pared a observar un segundo antes de decir nada. 

De repente, como un estallido que la hizo saltar de un respingo, comenzaron a chillar ensordecedoras las camas ardiendo de Midnight Oil. Sentado en el suelo, el grillo pintaba con tinta números gigantes en hojas de papel, amontonándolas formando un grotesco mosaico de verdes y rojos. La música sonaba estridente y tragó saliva intentado mantenerse erguida. La habitación la atraía hacia el suelo, como sometida a una gravedad irregular. 

En una esquina, pájaros chamuscados la hicieron sentir miedo. Se le encogió el estómago y se mareo de nuevo. 

martes, 12 de junio de 2012

Quemar los muertos

En las novelas que leíamos a oscuras, si no quemabas a tus víctimas, se levantaban de su sepultura y te perseguían como fantasmas, eternamente. Esta es la realidad, no es ninguna de aquellas novelas. Aquí cada uno de tus muertos te sopla en la nuca, con su aliento de ira y venganza, aunque les prendas fuego tras darles muerte. 

sábado, 9 de junio de 2012

... de ejercicio de memoria histórica

Me costó bajar la caja de lo alto del armario. Había tacos inmensos a mano, y también había muchos otros impresos, maquetados con un gusto que me hizo sentir un pinchazo de orgullo. Los había de todos los colores. Sobre todo malos. Sobre todo intensos. Me reconocí en los protagonistas cien veces. Y aunque me nombre figuraba en todos, al pie como firma, no podía recordar haber escrito ninguno.

viernes, 1 de junio de 2012

Cuéntame cómo ser optimista

Anoté en una libreta todas las veces que, entre estas paredes, he escuchado a alguien decir lo pésimos que somos, lo mal que lo hacemos. Hacerlo me llevó toda la noche. Cuando terminé, anoté todas las veces que, entre estas paredes, he visto con mis ojos lo pésimos que somos, lo mal que lo hacemos. Eso me llevó días. Así, hasta que se le acabaron las hojas. Cerré el cuaderno y le escribí el título en la portada. Cuéntame cómo ser optimista