Repasé las cajas de las películas con el dedo. Algunas ni las había visto. Otras las había visto cientos de veces. Era un ritual como otro cualquiera. Hoy no estaba ni demasiado aburrida, ni demasiado cansada, y empecé a enumerar personajes principales.
El vendedor de discos pop que vi por primera vez en una ciudad europea perdida en los noventa. El que tiembla en el aeropuerto, el que bebe en un bar, el que no quiere dejar de autodestruirse. El que toca la trompeta en el entierro de su padre. El que acoge a la chica rusa mientras suena Cohen. El cabecilla de los dementes. El que dibujaba tonterías en el espejo mientras se lava los dientes, el que cree que tiene miedo al mar y encuentra unas escaleras.
El que no duerme. El que se enamora de la loca y busca deshacerse por dentro en cada desgracia y en cada puñetazo, y forma un ejército. El que mientras suenan los Pixies me coge de la mano, y el mundo explota, y se derrumba. Y da vueltas de campana.